Domingo XII del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

Difundimos la reflexión del Domingo XII del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo titulada “No tengan miedo” “La gracia de Dios se ha desbordado sobre todos”.

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DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO*

“No tengan miedo” “La gracia de Dios se ha desbordado sobre todos”

 

Luis Fernando Crespo

No dejen de leer los Textos bíblicos antes del Comentario

Lecturas: Jeremías 20,10-13; Romanos 5,12-15; Mateo 10,26-33

Continuamos este domingo con las lecturas del evangelio según san Mateo, y de la carta de Pablo a los Romanos. El evangelio que hoy leemos forma parte de un “discurso” de Jesús a los recién elegidos apóstoles antes de enviarles en misión a anunciar el Reino de Dios, realizando los signos que a él mismo le habían visto realizar (10,1-8). El capítulo recoge una serie de recomendaciones y advertencias a los discípulos. Les previene de incomprensiones y de persecuciones, que irán encontrando en ese momento y seguramente más tarde, como en el tiempo en el que Mateo escribe para sus comunidades, que habían sido perseguidas y expulsadas de la sinagoga.

Las incomprensiones y persecuciones pueden desalentar y atemorizar a los discípulos, paralizando la misión encomendada. El recuerdo de la entereza y de las palabras de Jesús servirá de ánimo para no sucumbir en el desaliento o en el temor. Unas líneas antes les había recordado como él mismo fue rechazado y hasta calumniado; por eso les advierte: “no está el discípulo por encima del maestro… Si al dueño de casa le han llamado Beelzebú…” (10,24-25), en alusión a una crítica que anteriormente le habían hecho los fariseos (9,34). El discípulo debe aprender a mirarse y comprenderse en referencia al maestro. Es la clave del “seguimiento”, al que como cristianas y cristianos estamos llamados.

Seguir a Jesús es continuar su misión y su práctica respondiendo a las situaciones y desafíos de cada momento y circunstancia: hacer presente el Reino de Dios con palabras y acciones que, a la manera de Jesús, acompañan y consuelan, dan aliento y ánimo para vivir con alegría, crean vínculos de fraternidad; expresan bien la cercanía y presencia de Dios mismo en la trama de las vidas humanas. La misión realizada por Jesús –y, por tanto, la que habrán de realizar sus discípulos de ayer y de hoy- implicó también la crítica y la indignación ante la injusticia, desprecio y abandono de personas marginales, que no eran tomadas en cuenta. Esa combinación de crítica y de exigencia de cambio explica bien el cuestionamiento y el rechazo progresivo que fue articulándose en torno a la persona de Jesús. Volvió a repetirse en los primeros tiempos de la comunidad cristiana y lo hemos visto concretarse hoy también en nuestra iglesia latinoamericana y en otros continentes.

Nunca ha sido fácil seguir a Jesús con coherencia. Por una razón muy sencilla. Se trata de seguir a alguien que por su manera de vivir, hablar y actuar terminó crucificado. Como lo calificó bien el teólogo J. B. Metz, el recuerdo de Jesús es “memoria peligrosa”. Además, no se trata de seguirlo y testimoniarlo de manera privada, o en el ámbito de lo puramente religioso. Al contrario, Jesús insistía: “lo que yo les digo en la oscuridad, díganlo ustedes a la luz; y lo que oyen al oído, proclámenlo desde las azoteas”. Anunciar y hacer presente el evangelio del “Reino de Dios y su justicia” y todo lo que significa, tanto de denuncia como de afirmación de verdadera igualdad y fraternidad, tiene una dimensión pública irrenunciable. Por eso mismo resulta peligroso, como lo muestra bien la experiencia martirial de quienes entre nosotros trataron abiertamente de vivirlo.

Jesús, previniéndoles y adelantándose, los conforta con triple insistencia: “No les tengan miedo, “no les teman”, “no teman”. Lo mismo que se le había dicho siglos antes al profeta Jeremías cuando se le confiaba una misión semejante: “no les tengas miedo” (Jer, 1,8). La primera lectura, tomada del libro de Jeremías, nos ofrece unas palabras de las llamadas “Confesiones” -una especie de diario espiritual del profeta-, que comenzaban así: “me has seducido, Yahvé, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido” (20,7), expresión de la intensa y atormentada relación personal de Jeremías con Dios. En su coloquio-oración trasluce su angustia a causa de la persecución, las amenazas y calumnias; pero sobre todo su confianza en el Dios que no le abandona: “pero Yahvé está conmigo, cual campeón poderoso… canten a Yahvé, alaben a Yahvé, porque ha salvado la vida de un pobrecillo”. También Jesús, a la exhortación “no teman”, añade un motivo para confiar: “hasta los cabellos de su cabeza están todos contados”, nada les ocurrirá “sin el consentimiento del Padre”.

Habría que preguntarnos ¿cuáles son hoy nuestros temores a tomar en serio el seguimiento de Jesús y a continuar anunciando que el Reinado de Dios está cerca y quiere hacerse presente entre nosotros? A veces el temor a no ser bien acogidos en una generación de personas donde lo de Dios ha perdido significación. ¿O quizá es el temor a que anunciarlo implica vivirlo y, por tanto, confrontarnos y contraponernos a proyectos y estilos de vida que, como en tiempo de Jesús, en la práctica se oponen a lo que el Reino de Dios propone: justicia y fraternidad, dignidad, derechos y vida de los pobres? También puede ocurrir que el miedo lo disimulemos con una cierta mediocridad o tibieza en el seguimiento de Jesús, tratando de limar su radicalidad, condescendiendo para no chocar y provocar. En las palabras finales del evangelio leído Jesús deja las cosas bien claras: “declararse en favor mío” o “negarme”. Es una exhortación a seguir la coherencia y fidelidad con la que él asumió su vida y misión.

En ese camino y en toda circunstancia hay una realidad que nos envuelve y sostiene. Como leemos en la segunda lectura tomada de la carta a los Romanos: “la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos” (Rom.5,15). La debilidad y el pecado, que nos acechan como posibilidad, han quedado superadas por la gracia que nos desborda. Las primeras líneas del texto leído de Pablo sirvieron de base para fundamentar la doctrina del “pecado original”. Nacíamos ya marcados por el pecado, inclinados y frágiles para no hacer el bien; una visión pesimista de la vida, que arraigó con fuerza en la mentalidad cristiana. Pero, si leemos bien las palabras de Pablo, lo que quiere dejar bien claro es que estamos marcados por la “gracia”, es decir por el amor primero de Dios que nos hace hijos y hermanos, capacitados para hacer el bien y amar. Más que de “pecado original” habría que hablar mejor de “gracia original”. Aún conscientes de que el egoísmo, la injusticia y la mentira están tan presentes en nuestro mundo, confiamos en la gracia salvadora de Dios, que trajina desde dentro personas y comunidades impulsando hacia la fraternidad, la bondad y la justicia. La existencia humana se desarrolla en tensión permanente, pero desigual, entre el bien y el mal. La “gracia” de Dios por Jesucristo “se ha desbordado sobre todos”. No tenemos que dejarnos desalentar ante las diversas formas, a veces tan poderosas y destructoras, de la presencia del mal. Los miedos y las incoherencias son reales, pero estamos llamados a superarlos por la gracia desbordante del Señor que prometió: “Yo estoy siempre con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt.28,20). Más que de obstáculos se trata de desafíos, que hemos de afrontar con la confianza en la desbordante gracia de Dios. No sugiere un optimismo ingenuo que justifica indiferencia y pasividad, reclama, más bien, una confianza que compromete a reaccionar y a actuar con inteligencia y eficacia.

  * Ciclo A

 

 

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