Blog
Domingo XX del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Domingo XX del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo, titulada “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO*
“Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas”
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del comentario.
Lecturas: Isaías 56,1.6-7; Romanos 11,13-15; 29-32; Mateo 15,21-28
La lectura continuada del evangelio de Mateo a lo largo de los domingos del año nos permite encontrarnos con un Jesús más real, con una diversidad de facetas y reacciones que enriquecen nuestra percepción de su verdadera humanidad, tan compleja como puede ser la nuestra. Y eso resulta alentador cuando él mismo nos propone que le sigamos.
El relato que hoy hemos leído no deja de ser sorprendente. Al menos en una primera leída, la valentía y viveza de la mujer cananea para pelear por la salud de su hija nos cae mejor que la reticencia inicial y el prejuicio de Jesús para escucharla.
Jesús había abandonado por un momento el territorio judío. Antes había estado discutiendo con los fariseos sobre temas de costumbres y tradiciones judías de menor trascendencia (15,1-20), y ahora una mujer, extranjera y pagana, le confronta “a gritos” con una situación real, de la máxima importancia para ella: “mi hija está malamente endemoniada”. Conocemos por otros textos la gravedad de esa situación. Jesús reacciona con un silencio evasivo al que no nos tiene acostumbrados y que en otros momentos él mismo había duramente criticado (Mc.3,4-5; Lc.13,15). Los discípulos -ya los conocemos- no quieren problemas: “Despídela”; la misma reacción que anteriormente habían tenido ante la multitud hambrienta (14,15). Jesús -pienso yo- por su propia reacción y la de los discípulos, como que intenta disculparse: “no he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel”.
La mujer, terca y confiada, da un paso audaz de pura fe: “vino a postrarse ante él y le dijo: ‘¡Señor, socórreme!”. Jesús, todavía marcado por su mentalidad judía y por la, hasta entonces, comprensión de su misión, le responde aquello de “no tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”. La mujer, que ha ido creciendo en su confianza en que aquel hombre, pese a sus palabras, será capaz de entenderla y ayudarla, no duda en replicar convencida: “también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Jesús se reconoce derrotado ante la fe de aquella mujer con el elogio más alto salido de su boca: “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas”.
¿Con qué cara escucharían Pedro y los discípulos esa palabra de Jesús a una mujer, y además extranjera y pagana, ellos, judíos y seguidores del Maestro, del que poco antes habían oído el reproche de “hombres de poca fe”? Pero quiero fijarme en Jesús, en su capacidad de escuchar, aprender y dejarse convencer, él, “el Maestro y el Señor” (Jn.13,13-14), por los argumentos sencillos, nacidos del amor de madre a su hija enferma, y de la fe, también sencilla, de una mujer extranjera y pagana. Jesús lo añadiría a su experiencia de que “estas cosas se las ha revelado el Padre a los pequeños” (11,25). Esta actitud, sin duda, no figuraba en el manual de comportamientos de un maestro en Israel. Tampoco en nuestros manuales eclesiásticos (¡y sociales!). Habrá que aprender de Jesús e ir poniéndolos al día. Él acepta a las mujeres como discípulas y seguidoras: más aún, como las primeras testigos del Resucitado, incluso antes de los apóstoles elegidos.
Recuerdos como éste debieron ayudar a las primeras comunidades a abrirse, no sin tensiones, como se percibe en las cartas de Pablo y en el libro de los Hechos, para acoger en la comunidad a las mujeres y a quienes no procedían de una tradición judía.
En verdad la acogida a los extranjeros era ya señalada como imperativo en los viejos textos de la fe bíblica. Formaban parte de la célebre trilogía: huérfanos, viudas y extranjeros. En ellos se ponía nombre a los débiles e indefensos por los que el Dios misericordioso prioritariamente se preocupa. Igualmente era conocida la resistencia a practicar la norma. A partir del Exilio los profetas, a la vez que confiesan a Yahvé como único Dios, no dejan de insistir en su universalidad, en el sentido de su acogida misericordiosa a los que hasta entonces se consideraba excluidos.
La actitud inclusiva y acogedora de Jesús hacia la fe de aquella mujer pagana es un modelo de escucha y de superación de prejuicios, presentes en su pueblo y tan arraigados aun entre nosotros. Convertimos cruelmente la diversidad en diferencias culpables y excluyentes, que separan, marginan y rechazan. Cuando esta actitud se convierte en cultura y modo de ser en los sectores poderosos, genera desprecio y muertes injustificables, de las que nadie se hace cargo. En nuestro país y en el mundo se ha hecho muy grave y desafiante la llegada de extranjeros, migrantes. Cuesta reconocerlos, acogerlos e incorporarlos en nuestra sociedad. Pero seamos honestos: el problema no es que sean extranjeros, sino que sean pobres, migrantes. Los extranjeros, por el contrario, son bien acogidos, incluso estimulados a venir, cuando llegan como turistas o inversores que dejan su dinero. Jesús, ante la presencia de la mujer acongojada que le suplica, descubrió que también, siendo extranjera, era “hija” y merecía compartir “el pan de los hijos”. Seguir a Jesús implicará generar actitudes personales de reconocimiento y acogida, inspirar políticas migratorias de protección e incorporación de las personas migrantes, así como programas pastorales de cuidado y de solidaridad.
En la primera lectura, tomada de la tercera parte del libro del profeta Isaías, encontramos una buena muestra de ello: los extranjeros serán bienvenidos. Al regreso del exilio en Babilonia, frente a tendencias nacionalistas que se acentuaban, el profeta proclama de parte de Dios que “en cuanto a los extranjeros (venidos a participar en la vida y el culto de Israel): ‘Yo los traeré a mi monte santo y los alegraré en mi Casa de oración… mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos”. Texto que será invocado por Jesús para justificar su acción en los atrios del Templo donde se discriminaba a mujeres y extranjeros (Mc.11,17). El mismo Jesús explicita la acogida al forastero como criterio para recibir la herencia final del Reino (Mt.25,35.38). Por tanto, ante Dios ninguna clase de discriminación se justifica, más bien nos invita a ser promotores de buena y amistosa acogida a quienes llegan de otros lugares del país o de otros países, buscando oportunidades para una vida más humana y saludable.
Finalmente, en el texto de Pablo, preocupado por la situación de sus hermanos judíos, encontramos una afirmación que igualmente nos concierne: “que los dones y la vocación de Dios son irrevocables”. Les costaba a los primeros cristianos reconocer como tales a quienes provenían del mundo helenista y luego a éstos seguir admitiendo al pueblo de Israel como “pueblo de la elección, amados en atención a sus padres”. Dios no rechaza, sino que reconoce y ama a todas las personas y a todos los pueblos independientemente de cualquier condición nacional, social, incluso religiosa. Y en tiempos como los que estamos viviendo, ¡qué bueno es saberlo, recordarlo y ponerlo en práctica!, siempre que no lo vivamos de manera egoísta, sino como acicate para acercarnos y ayudar a todas las personas y pueblos que Dios ama. Constituye el fundamento más hondo para negar toda pretensión de superioridad sobre los otros, para rechazar cualquier forma de explotación, toda guerra, y para comprometerse con la causa de la paz.
Jesús, buen judío, aprendió del sufrimiento y de la fe “tan grande” de aquella mujer pagana. ¡Aprendamos nosotros –¿buenos cristianos?– de la fe misericordiosa y acogedora de Jesús!
———–
* Ciclo A


Libros del CEP en la 9.a Feria de Editoriales Peruanas

Libros del CEP en la XVI FELIZH

Salió Páginas 282: La Iglesia y la paz en el mundo
Categorías
- Artículos (265)
- Documentos (71)
- Noticias (68)
- Sin categoría (14)