Blog
Domingo XXX del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Domingo XXX del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo, titulada “Amar a Dios y al prójimo con todo el corazón”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO*
Amar a Dios y al prójimo con todo el corazón
Luis Fernando Crespo
No olviden leer las Lecturas bíblicas antes del Comentario
Lecturas: Éxodo 22,20-26; 1Tesalonicenses 1,5c-10; Mateo 22,34-40
El evangelio del domingo pasado nos dejaba pensando en la cuestión: ¿qué es “lo de Dios”? Las lecturas de este domingo nos ayudan a precisar la respuesta. Lo de Dios es el amor. Amor a Dios con todo el corazón y amor al prójimo también con todo el corazón.
Los fariseos continúan tercos en poner en aprietos a Jesús. De nuevo se reúnen para sorprenderle con una nueva pregunta, y esta vez es la fundamental y definitiva: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?”. Cualquier chibolo judío lo sabía responder de memoria, en la familia lo recitaban al menos tres veces al día. La pregunta escondía casi una acusación: el Maestro de Galilea estaría tergiversando la Ley y confundiendo a la gente. Jesús les responde con mucha paciencia y claridad: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”, corroborando, para que no quedara duda, que “éste es el mayor y el primer mandamiento”. Pero, conociendo la sospecha insidiosa escondida en la pregunta que le han planteado, quiere ser totalmente transparente y leal con lo que él vive y piensa. Añade con toda intención, y sin que se lo hayan preguntado, “el segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Cuál era el primero y cuál el segundo, de hecho, todo el mundo lo sabía. Lo nuevo y propio de Jesús radica en decir que “el segundo es semejante al primero”. Le han preguntado por el “primero” y, según Jesús, la respuesta no es completa ni precisa si no se incluye el “segundo”. Algo así como en “la marinera” peruana: no hay primero sin segundo. Y además con la precisión añadida: “es semejante”. No hay tergiversación, el amor a Dios es “primero”, pero no es auténtico –ni cristiano–, si se le pretende separado del “segundo”. Amar a Dios con todo el corazón se manifiesta en amar al prójimo también con todo el corazón. Una buena muestra práctica de ello lo constituyen las curaciones en sábado, realizadas por Jesús en la sinagoga. Esa es su experiencia y su convicción.
Jesús vive su relación íntima con Dios sintiéndolo e invocándolo como su “Abbá”, expresión que condensa con hondura y sencillez su experiencia filial. Su saberse “hijo amado” del Padre (Mc.1,11) imprime un toque de gratuidad y gratitud a su “amar a Dios con todo el corazón”. Lo expresa en largos tiempos ocupados “en la oración de Dios” (Lc.6,12), en la disposición total para cumplir su voluntad, la que entiende y vive como amorosa entrega de servicio liberador, en estado permanente de “buen samaritano”, a quienes sufren y necesitan. Es precisamente su mirada de amor lo que convierte al prójimo, cualquiera que sea su situación, en sus hermanas y hermanos. Más aún, para él, porque mira con amor a los más desgraciados, hambrientos, enfermos, encarcelados los considera “estos hermanos míos más pequeños” (Mt.25,40).
Jesús cierra su respuesta sentenciando: “en estos dos mandamientos se resume toda la Ley y los profetas”. Los fariseos y escribas habían complicado la vida de la gente multiplicando preceptos y prohibiciones, haciendo de la Ley –y en última instancia de Dios– una carga insoportable. Para Jesús todo resulta más claro y sencillo: siendo Dios quien es, el Abbá, todo encuentra su sentido en el amor. No es el cumplimiento estricto y formal de todos los preceptos de la Ley, como sí lo sabían hacer y exigir los fariseos de entonces –y también pretenden saberlo muchos cristianos de hoy–, lo que nos acerca más a Dios, sino el amor que anima y concreta lo que hacemos con respeto y solidaridad a los demás.
En realidad, ese amor por Dios y por las personas, que explicita Jesús como fundamento de la observancia de todo mandamiento, ya había sido intuido en los profetas y en el Pentateuco. La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, nos recuerda con mucha precisión la original preocupación de Dios por la vida y los derechos de los más débiles: el forastero (hoy: “migrantes”), la viuda y el huérfano. Dios se ocupa, porque ama y libera, del derecho de los pobres para protegerlos de los abusos prepotentes y despiadados de los más fuertes: préstamos con intereses imposibles de asumir para recuperar lo que los pobres empeñaron en la angustia por subsistir. Imposible no pensar en el empobrecimiento sufrido –y acrecentado– por mucha gente en el tiempo de la pandemia mientras otros inmisericordes e injustos se aprovechaban con la necesidad y desamparo de los más pobres. Parafraseando este texto del Éxodo, escribía Gustavo Gutiérrez hace unos años su desafiante pregunta: “¿Dónde dormirán los pobres?”. Hoy se nos amontonan las preguntas: ¿dónde trabajarán, donde estudiarán, donde se curarán, ¿dónde comerán… cómo vivirán? El Dios del Éxodo, que se define “soy compasivo” y recuerda su acción liberadora, reacciona: “si los maltratan y claman a mí, yo escucharé su clamor, se encenderá mi ira…”.
En estos días los pobres y mucha gente han vuelto a salir a acompañar al Señor de los Milagros y clamar en sus oraciones por sus sufrimientos, sus quejas y sus esperanzas. El Señor no se desdice, “yo escucharé su clamor”, aunque sea de modo silencioso y escondido. Y “se encenderá mi ira” –aunque quizá nos desconcierte la expresión– si nos quedamos insensibles, inertes, insolidarios. Como Jesús en la sinagoga, a causa del silencio indiferente de los presentes ante el hombre de la mano paralizada, “mirándolos con ira por la dureza de su corazón” (Mc.3,5). La ira de Dios es la indignación como consecuencia de su compasión y del amor al injustamente afligido y despreciado.
La segunda lectura de este domingo continúa con la carta Primera a los Tesalonicenses. Pablo elogia la respuesta de aquella comunidad a la predicación del evangelio: “abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones”. De manera muy serena Pablo reconoce que la acogida coherente del evangelio conlleva exigencias, incomprensiones y, a veces, persecución; pero que es posible vivirlas “con gozo” por el aliento y ánimo que produce la presencia del Espíritu del Señor. Lo podemos seguir reconociendo, si abrimos bien los ojos, en tantas expresiones de vitalidad generosa y solidaria de muchas comunidades cristianas en el tiempo de la pandemia y ahora con muchas formas de participación en voluntariados, organizaciones, servicios en medio de tantos problemas e incertidumbres, que afectan el bienestar y la tranquilidad psicológica y espiritual de las personas y de las familias. ¿No es posible reconocer la presencia del amor al Señor en la participación de mujeres solidarias en las ollas comunes y comedores populares, en colaboraciones generosas de muchas personas para ayudar en situaciones de desastre con la provisión de oxígeno, medicinas y alimentos, en el acercamiento y apoyo a personas afectadas o a familias que perdieron un ser querido, en la formación de grupos virtuales de oración y lectura de la Biblia? ¿No son otras tantas expresiones de “acogida de la Palabra en las tribulaciones con gozo del Espíritu Santo”? Como Pablo reconozcamos y demos gracias a Dios por este “obrar de su fe, el trabajo difícil de su caridad y la tenacidad de su esperanza en Jesucristo nuestro Señor” (1,3).
La respuesta de Jesús a los fariseos es clave para definir y entender lo más importante en la espiritualidad cristiana: el amor a Dios se vive en la vida y en la práctica cotidiana del amor al prójimo, tanto en su dimensión directa personal como en sus expresiones de solidaridad social organizada y en la práctica política, como bien recordaba el papa Francisco en su encíclica “Fratelli Tutti”.
________
* Ciclo A
Categorías
- Artículos (276)
- Documentos (71)
- Noticias (70)
- Sin categoría (14)



