Quinto Domingo de Pascua. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

Difundimos la reflexión del Quinto Domingo de Pascua por Luis Fernando Crespo titulada “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”.

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QUINTO DOMINGO DE PASCUA*

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”

 

Luis Fernando Crespo

No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario.

Lecturas: Hechos 6,1-7; 1Pedro 2,4-10; Juan 14,1-12

Continuamos en el tiempo pascual. En las lecturas de los domingos anteriores se nos han proclamado reiteradamente las confesiones de fe –“a este Dios le resucitó”, “ha sido constituido Cristo y Señor”, etc.– en las que las comunidades cristianas expresaban su fe en Jesús muerto y resucitado. En torno a esa fe, comenzando por Jerusalén y Galilea, los discípulos y las discípulas fueron estableciendo vínculos comunitarios, como lo recuerdan algunos textos del libro de los Hechos (2,42-47; 4,32-35).

La primera lectura de este domingo, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, da cuenta de un episodio que resultó más que anecdótico. Al ir creciendo el número y la diversidad de origen de los miembros de la comunidad vinieron también algunas tensiones, que exigieron repensar con creatividad los carismas y los servicios comunitarios. “Hubo quejas” de parte de los judíos de origen helenista, que se sentían postergados en la atención a “sus viudas”, personas más necesitadas. La respuesta fue rápida. Los apóstoles decidieron que la asamblea eligiera y propusiera a siete hombres “llenos de Espíritu y de sabiduría”, que se dedicaran a atender al servicio (diakonía) de esas personas. Era importante mantener “la oración y el ministerio de la palabra”, pero igualmente importante y urgente era atender a las necesidades de los pobres. Reconocer los problemas permite encontrar soluciones consensuadas, no impuestas. Una primera decisión que hoy llamaríamos sinodal. La sinodalidad no es una propuesta audaz y novedosa, pertenece a la más antigua tradición.

En la segunda lectura, tomada de la Primera Carta de Pedro, encontramos afirmaciones sobre la identidad de la comunidad cristiana que hoy redescubrimos muy significativas e importantes en la fundamentación teológica de la sinodalidad en la Iglesia: “Ustedes son linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido… ustedes que en un tiempo no eran pueblo y que ahora son Pueblo de Dios…”. Ya en el Concilio Vaticano II fue decisivo y orientador de una nueva eclesiología el considerar, antes de toda distinción por razón de autoridad y de carisma, la condición de “Pueblo de Dios”, al que se integran por igual todos los bautizados. Recién, y no sin algunas resistencias, se van precisando las consecuencias para una reformulación de las relaciones y de las responsabilidades compartidas en la Iglesia.

La lectura del evangelio proviene de las palabras de Jesús a los discípulos en la Última Cena, tal como las presenta el evangelio de Juan. El momento está cargado y tenso por las amenazas de muerte recibidas en los últimos días. Pero el cuarto evangelio está especialmente iluminado por la fe pascual de que Jesús es el Hijo de Dios y el revelador del Padre. Con esa perspectiva es preciso leer el texto que se nos propone. Ante la inminencia de la Pasión, Jesús invoca a la serenidad: “No se turbe su corazón… crean también en mí”. La muerte no significará un fracaso, ni para él, ni para los que han creído en él. Sin mencionar explícitamente la palabra “resurrección”, promete vida en Dios para él y para los suyos: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas…Voy a prepararles un lugar… para que donde esté yo estén también ustedes”. Se produce un diálogo con los discípulos, inquietos y deseosos de mayor claridad. Jesús responde confirmando su relación singular con Dios como “el Padre”: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Siguiendo a Jesús con su manera de vivir, sus criterios y opciones, llegamos a descubrir la verdad de Dios, su amor incondicional de Padre, y el sentido auténtico de la vida, cuando por amor se entrega para el bien y la alegría de los que viven en la precariedad y el abandono.

Los discípulos, entre deslumbrados por las palabras de Jesús y queriendo superar el misterio, se atreven, por medio de Felipe, a plantear la cuestión definitiva: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. La respuesta de Jesús, tras un inicial y comprensivo reproche: “¿Tanto tiempo con ustedes y no me conoces, Felipe?”, termina aclarándole: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Jesús en su existencia tan humana es la mejor y definitiva revelación de Dios como Padre.

El problema o la cuestión de Dios es ardua, lo ha sido siempre, y se levanta hoy con fuerza, tanto en tiempos marcados por una alta exigencia de racionalidad, como en situaciones muy afectadas por el sufrimiento y la incertidumbre. Se reclaman pruebas y definiciones que respondan a nuestras necesidades e impotencias o a nuestros temores y miedos, que abaten y despersonalizan. Se imponía la imagen de un Dios todopoderoso que garantice orden y cumplimiento de su voluntad. Y a partir de esa imagen supuesta de Dios se configuraba, deduciéndolo, cómo tuvo que ser Jesús. Pero el camino marcado por Jesús va en el otro sentido. Para llegar a descubrir el verdadero rostro de Dios, Padre/Madre, hay que pasar por Jesús, por su vida y verdad, hay que hacer la experiencia del seguimiento, tener vida en su nombre, aprender de él a vivir con sentido, con las opciones y con las prioridades que él fue marcando, recreándolas en las circunstancias concretas de nuestra situación.

A la petición del apóstol Felipe que habría seguido bien atento toda la explicación anterior, Jesús respondió y sigue respondiéndonos: “el que me ha visto a mí ha visto al Padre”. No le demos más vueltas, Jesús es el rostro humano de Dios, el que mejor trasluce y traduce al Padre. Jesús en sus rasgos tan humanos (y podríamos recordar tantos encuentros, actitudes, gestos, parábolas de los relatos evangélicos) nos “cuenta” quién es el Padre y cómo situarnos ante él como hijas e hijos. Lo que nos falta es contemplarlo, comprenderlo y sobre todo vivirlo. Y algo más, como discípulas y discípulos de Jesús estamos llamados a prolongar hoy el ser nosotros mismos rostros humanos del Padre. Y hacerlo como Jesús en su tiempo, acercándonos, consolando, alentando, colaborando y ayudando, también hoy reclamando y exigiendo un trato humano y una solución justa para quienes, como los migrantes, en su mayoría pobres, sin papeles, están abandonados en medio de tanta precariedad y desamparo. Si no, ¿cómo descubrir desde el sufrimiento y el abandono que Dios es Padre/Madre a quien podemos confiarnos? En ésta, como en tantas otras situaciones de sufrimiento surge de nuevo la pregunta y el desafío que planteó Gustavo Gutiérrez en el título mismo de su libro “Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente”.

La experiencia pascual fue un tiempo de gozo –“¡Es verdad, el Señor ha resucitado!”– y de recuerdo interpretativo de todo lo vivido con Jesús: su presencia, sus acciones, sus palabras. Ya no se trata de seguirlo por los caminos de Galilea, comenzaba un tiempo nuevo: seguirlo por los caminos de la vida de cada uno en su tiempo y lugar histórico. Él seguía –y sigue– presente, de manera nueva, resucitada, saliendo al encuentro de quienes le buscaban con ardor, como María Magdalena, y de los que se retiraban decepcionados, como los dos de Emaús. Dejémonos encontrar por el Resucitado y escuchemos su voz: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Siguiéndolo llegaremos al Padre.  

 

* Ciclo A

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