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Sexto Domingo de Pascua. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Sexto Domingo de Pascua por Luis Fernando Crespo titulada “…Siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida dar razón de su esperanza”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
SEXTO DOMINGO DE PASCUA*
“…Siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida dar razón de su esperanza”
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario Lecturas: Hechos 8.5-8.14-17; 1Pedro 3,15-18; Juan 14,15-21 La lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos acompaña durante el tiempo de Pascua, nos va presentando los pasos iniciales de la comunidad cristiana. El capítulo 8 es sumamente importante. Se inicia contando que a raíz de la muerte de Esteban “se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría” (8,1). La dispersión resultó la ocasión para que “fueran por todas partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra” (8,4). En ese contexto se sitúa la lectura que hoy se nos ofrece, la predicación de Felipe en Samaría y la implantación de una comunidad fuera de Judea con el bautismo “en el nombre del Señor Jesús” y la imposición de las manos para recibir el Espíritu Santo.
Me parece importante resaltar cómo un contexto de hostilidad y persecución se convirtió en oportunidad para salir, anunciar el evangelio y formar iglesia. Hoy quizá más que hostilidad y persecución –que también se dan– encontramos indiferencia, crítica y desconfianza, en ocasiones bien justificada. El desafío para nosotros en este tiempo radica en no desoír el llamado urgente al reconocimiento de las malas prácticas (abusos, encubrimientos, inercias) y a una auténtica conversión para redescubrir el verdadero sentido de la Iglesia que, al decir de Medellín, ha de ser: “pobre, misionera y pascual”. Es decir, desapegada del poder, “de y para los pobres” (Francisco), centrada en la evangelización y en la promoción de la vida y de la paz, muriendo a viejos estilos para renovarse en mayor fidelidad a Jesús, y las personas y pueblos más olvidados y maltratados. Pero eso pasa por ir haciendo esa conversión y recreación en nuestras vidas personales y en nuestras comunidades: parroquias y movimientos.
El texto de la segunda lectura, tomada de la Primera Carta de san Pedro, hay que situarlo –como siempre debe hacerse– en su contexto textual inmediato. Se habla de “sufrimiento por causa de la justicia” (3,14), de “críticas por su buena conducta en Cristo” (3,16), ante lo que no hay que dejarse atemorizar. “Al contrario, den culto al Señor, Cristo” (3,15). Así traduce la Biblia de Jerusalén el original “santifiquen al Señor, Cristo”, de la misma manera que en el Padrenuestro se dice “Santificado sea tu Nombre”. Es decir, reconozcan la “santidad” del Señor, Cristo. Aun en medio del cuestionamiento y de la crítica por su conducta fundada en el seguimiento de Jesús, pongan su confianza plena en él y no se retraigan de “obrar bien” como cristianos. El sentido de “den culto a Cristo” no tiene que ver en este caso con un ritual religioso sino con la vida; con una conducta confiada no en los criterios egoístas que imponen el poder dominante, el mercado y el lucro, sino en lo que aprendemos de Jesús, de su práctica y de su palabra: el amor, la solidaridad, la preocupación por la vida de los más débiles y dejados de lado. Y hacerlo con la convicción de que esa es la “voluntad de Dios” y de que eso es justo y bueno para una convivencia humana más dichosa.
La lectura invita además a “estar dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza”. Es importante en el presente. Este tiempo está poniendo en cuestión estilos de vida, costumbres, criterios, valores, aceptados en el pasado como normales y buenos. Ha llegado el momento de cuestionar y de proponer, de “dar razón de nuestra esperanza”, de explicitar cómo Jesús da sentido y sostiene nuestro sentido de vida, nuestras maneras de relacionarnos y tomar en cuenta a los demás, nuestra apuesta por una humanidad nueva más equitativa y fraterna. Por supuesto –como dice el texto– “con dulzura y respeto”, pero también con la “parresía” (valentía, audacia, creatividad) propia del tiempo pascual, para anunciar que la vida nueva del Resucitado tiene que traducirse en formas nuevas de vida de quienes creen en él.
El evangelio, tomado del capítulo 14 de san Juan, continúa con las palabras de Jesús en la Cena de despedida con los discípulos. El domingo pasado se trataba de “conocer” a Jesús y en él al Padre. Hoy se trata de “amar” y de “ser amados” por Jesús y por el Padre. Es interesante constatar cómo Jesús va haciendo evolucionar su manera de plantear la relación con los discípulos: de llamados a seguirle como discípulos a elegidos para ser “amigos” (Jn.15,14), de desafiarles a que le conozcan (14,9) a invitarles a que “permanezcan en mi amor” (15,9), un amor recíproco: “el que me amé, será amado de mi Padre y yo le amaré y me manifestaré a él” (14,21). El discipulado que Jesús propone es de una gran hondura humana, no apunta sólo a la realización de un proyecto, en primer lugar, invita a una relación personal de reconocimiento mutuo y de amor recíproco. Nos llama “amigos”. Y en razón de esa opción personal se asume su proyecto: “por mí y por el evangelio” (Mc. 8,35). Es lo que expresan bien el primero y el último versículo del texto leído hoy: “si me aman, guardarán mis mandamientos” y “el que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama”. Es un amor auténtico a la persona de Jesús y a lo que él significa y propone: su proyecto de que el Reino de Dios, la humanidad nueva y fraterna, se vaya haciendo realidad gozosa para todas las personas, especialmente y con mayor urgencia para los pobres y excluidos. Es un amor íntimo y recíproco: “y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él”.
Amar a Jesús, acogiendo su proyecto en la historia de cada uno y en cada momento de la historia, no parece tarea fácil. Por eso promete “otro Paráclito”, que esté al lado y acompañe, “el Espíritu de la verdad”. Más adelante precisa la función del Paráclito: “les recordará todo lo que yo les he dicho” (14,26), “les guiará hasta la verdad completa” (16,13). En el evangelio de Juan la verdad no es algo abstracto que se piensa o se dice. Jesús habla más bien de “el que obra la verdad” (3,21) y “la verdad les hará libres” (8,32). La “verdad” en Juan es el proyecto de Dios para los seres humanos, lo que en los sinópticos Jesús llama el Reino de Dios. Obrar la verdad es guardar y poner en práctica las palabras de Jesús, hacer presente el Reinado de Dios, aportar a la construcción de una humanidad de hermanas y hermanos, hijas e hijos del Padre. Discernir y concretar las exigencias en cada momento de la historia para llegar a la “verdad plena” es lo que la comunidad cristiana espera de la presencia del Espíritu que Jesús promete: “para que esté con ustedes”.
Vivimos tiempos de incertidumbre –cambio climático, guerras y hambre, desprotección respecto a derechos elementales, dificultad creciente para escuchar y aceptar a quienes piensan, sienten y reclaman desde identidades diferentes–, tiempos en los que no sabemos bien cómo habrá que seguir como humanidad. Son más los temores y las dudas que las seguridades para el futuro inmediato. Haremos bien en orar para que el Espíritu de la verdad nos recuerde y actualice todo lo que Jesús nos dijo, y nos guíe para “obrar la verdad”, donde la vida de todos sea igualmente valiosa y reconocida, donde los derechos elementales a la salud, educación, trabajo y vivienda sean promovidos con prioridad, lo que Francisco llamaba “caridad política” para el “bien común”. Sería una manifestación de que hemos aceptado con consecuencia aquello que Jesús nos pide: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn.15,12). A mayor exigencia de amor, mayor y más urgente necesidad de Espíritu. Nos vamos así preparando para la próxima celebración de Pentecostés.
* Ciclo A
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