V Domingo de Cuaresma. Reflexión de Luis Fernando Crespo. 2026

Difundimos la reflexión del Quinto Domingo de Cuaresma por Luis Fernando Crespo, titulada “Yo soy la Resurrección y la Vida. ¿Crees esto?”.

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V DOMINGO DE CUARESMA*

Yo soy la Resurrección y la Vida. ¿Crees esto?”

Luis Fernando Crespo

No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario

Lecturas: Ezequiel 37,12-14; Romanos 8,8-11; Juan 11,1-45.

Las lecturas del evangelio de Juan en estos últimos tres domingos de preparación para la Pascua nos han permitido acercarnos progresivamente al misterio de Jesús con tres símbolos, que él mismo planteó en tres acontecimientos –“signos”–: el “agua viva” en el encuentro con la samaritana, la “luz del mundo” en la curación del ciego de nacimiento y la “vida” en la resurrección de Lázaro.

Las tres lecturas de este domingo giran en torno al tema de la resurrección. El profeta Ezequiel en un impresionante texto se dirige al pueblo desalentado, como muerto, en el destierro. Le anuncia que Dios, como expresión de su poder y de su amor, dará vida nueva a aquellos “huesos secos”, que representan al pueblo de Israel, sumido en fracaso y decepción. “Voy a abrir sus tumbas, pueblo mío, … Infundiré mi espíritu en ustedes y vivirán; los estableceré en su suelo, y sabrán que Yo, Yahvé, lo digo y lo hago”. El Dios de la vida nunca abandona, es fundamento seguro de esperanza y de liberación. En momentos tan difíciles, como los que hoy se viven en el mundo, es saludable contar con ese “espíritu” (fuerza) de Dios, que impulsa hacia la justicia y la fraternidad: la vida. Pero no olvidemos que el Espíritu actúa “inspirando”, no sustituyendo, nuestra propia libertad y responsabilidad.

La idea de una resurrección personal fue un descubrimiento tardío en la historia de la fe bíblica, en el libro de Daniel. Antes, en algún salmo y en los profetas estaba ya como intuido. En tiempo de Jesús ya era una creencia compartida, salvo por el grupo de los saduceos; se esperaba una resurrección al fin de los tiempos, como acción de justicia de Dios. En los evangelios sinópticos se habla de algunas resurrecciones realizadas por Jesús: la hija de Jairo (Mc, 5,38-42), el hijo de la viuda de Naín (Lc. 7,11-16). Pero es el evangelio de Juan el que resalta una resurrección, la de Lázaro, como uno de los “signos”, el mayor, que Jesús realiza. Paradójicamente es el que provoca la reacción del Sanedrín y de Caifás, condenando desde entonces a muerte a Jesús (Ver Jn. 11, 47-53)

El relato comienza con el aviso a Jesús de parte de María y de su hermana Marta: “aquél a quien tú quieres, está enfermo”. (¡qué breve y hermosa oración de petición!). Su reacción ante la noticia es parecida a la que tuvo ante el ciego de nacimiento: “es para gloria de Dios”. Y decidió “permanecer dos días más en el lugar donde se encontraba”. Habiendo aclarado a los discípulos que Lázaro había muerto, se ponen en camino y llegan a Betania cuando “Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro”. Las dos hermanas, primero Marta, luego María, salen al encuentro de Jesús. Las dos le dicen, con un cierto tono de reproche: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Marta añadió: “Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá”. La respuesta de Jesús: “Tu hermano resucitará”, Marta la interpreta según la creencia general: “Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día”. Jesús añade algo definitivo y revelador: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá”. La muerte no será ya la palabra última y definitiva. Hay resurrección, hay vida, que serán participación en la resurrección y vida nueva de Jesús, el Resucitado. “¿Crees esto?” La respuesta de Marta va al fondo. “Le dice ella: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo”. Podríamos hacer un alto en la lectura para hacer nuestra y repetir la confesión de fe de esta mujer, y regocijarnos creyendo que nuestro vivir no tiene como horizonte la muerte sino una vida plena y definitiva.

Avisada la otra hermana, María, corre donde Jesús, Ante su llanto desconsolado, Jesús “se conmovió interiormente y se turbó… Y Jesús lloró”. “Los judíos decían: miren cómo lo quería”. El que acaba de ser confesado como “Hijo de Dios” es verdaderamente un hombre de profundos afectos humanos: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”, se conmueve y llora. No se detiene, se dirige a la puerta del sepulcro, hace remover la piedra, da gracias anticipadas al Padre “por haberme escuchado” y “gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, sal afuera! Y salió el muerto”. ¡Qué bien se conjugan en Jesús lo humano y lo divino!

La afirmación central del relato es que Jesús es “la resurrección y la vida”. Su propia resurrección es la garantía anticipada de nuestra propia resurrección y vida eterna. Pero hay otra afirmación repetida en el relato por las dos hermanas: “Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. La afirmación no vale sólo para el caso de Lázaro. Muchas muertes siguen ocurriendo porque Jesús no está presente en quienes –cristianos o no creyentes– deciden y ejecutan órdenes de represión violenta o de acciones de guerra que causan miles de muertes de inocentes, o en quienes imponen políticas económicas o migratorias discriminadoras, o en quienes permanecen indiferentes ante la pobreza y la precariedad de situaciones humanas que acarrean muertes.

Este último “signo” de Jesús en el cuarto evangelio, la resurrección de un muerto, lo revela ya no sólo como “luz” para un mundo que se mueve dominado por las tinieblas de la mentira y de las idolatrías del poder y del dinero, sino como “vida y resurrección” –y, por tanto, como esperanza– para un mundo que parece sucumbir bajo el temor y la impotencia ante la violencia de las guerras que declaran los más poderosos. El relato continúa con la reacción alarmada de los sumos sacerdotes y de los fariseos porque “realiza muchos signos… y todos creerán en él…. Les conviene que muera uno solo por el pueblo… Desde este día decidieron darle muerte”. (11,47-53). La afirmación y defensa de la vida eran y son peligrosas. Siguiendo a Jesús muchos en América Latina desafiaron la muerte, defendiendo la vida de los pobres. Resultaron ser los más fidedignos testigos –“mártires”– del que es la Resurrección y la Vida.

En la segunda lectura, tomada de la Carta a los Romanos, Pablo incluye una reflexión sobre la resurrección: “Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a sus cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes”, no sólo después de la muerte, sino ya desde ahora. Un poco antes en la misma carta, Pablo había insistido en que, participando por el bautismo en la resurrección de Cristo, “nosotros vivamos una vida nueva” (Rom. 6,4). Somos llamados a vivir habitados por el Espíritu, que inspira “vida y paz”, “vida a causa de la justicia”. ¿Cómo recuperar hoy en nuestra realidad, en la que parece dominar la muerte y la injusticia, la fe en Jesucristo, “la resurrección y la vida” y concretarla en opciones, compromisos y formas de vida, que aporten a construir fraternidad y justicia, único camino hacia la paz? Se trata ciertamente de una cuestión política, y más allá de ella, pero no al margen de ella, de una ética y de una espiritualidad. El seguimiento de Jesús. “la resurrección y la vida”, pasa por resucitar ya desde ahora la vida humillada y amenazada de muerte de tantos hermanos y hermanas. El desafío consiste en cómo irlo haciendo. La comunidad es el espacio donde podemos compartir nuestras búsquedas y concreciones. Y la cuaresma un tiempo apropiado para reflexionarlo, rezarlo y practicarlo.

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* Ciclo A

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