Blog
Cuarto Domingo de Pascua. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Cuarto Domingo de Pascua por Luis Fernando Crespo titulada “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario.
Lecturas: Hechos 2,36-41; 1Pedro 2,20b-25; Juan 10,1-10
La lectura de Hechos 2,36-41 nos mantiene en el contexto de la proclamación del kerigma pascual que hizo Pedro en la mañana de Pentecostés: “a este Dios le resucitó… Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien ustedes han crucificado” (Hech. 2,24. 36). La gente escuchó con atención: “Con el corazón compungido dijeron: … ¿Qué hemos de hacer, hermanos?”. La proclamación pascual no reclama sólo una simple adhesión de la razón, apunta al corazón como centro del que provienen las grandes opciones y decisiones que transforman la vida de las personas. De la misma manera habían reaccionado ante la predicación de Juan Bautista en el desierto (Lc.3,10). Pedro respondió “conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo”. La conversión es la misma expresión a la que había acudido Jesús para significar el cambio de mentalidad, de actitudes y comportamiento ante el anuncio de la llegada del Reino de Dios (Mc 1,15). Ahora la “buena noticia” (evangelio) es que Dios ha resucitado a este Jesús a quien ustedes crucificaron y le ha constituido Señor y Mesías. La acogida de ese anuncio reclama también un cambio radical de vida. El bautismo en el nombre de Jesucristo significa la configuración de la vida con la de Jesús. Vale la pena dedicar unos minutos a considerar el alcance que podría tener esta afirmación en algunos aspectos de nuestra vida personal, especialmente en la calidad de nuestras relaciones con los demás. ¿Qué hemos de hacer? ¿Qué he de hacer?
Es buena la oportunidad pascual para plantearnos y dar respuesta a esas preguntas. En la simbología del Bautismo, Pablo explica que hemos sido sepultados en la muerte de Jesús para resucitar con él a una vida nueva. “Considérense como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rom.6,11). ¿A qué manifestaciones de pecado hemos de morir y a qué signos de vida nueva hemos de resucitar? Sin duda hay que desterrar viejas y resistentes formas de egoísmo individualista y de conformismo ante la desigualad, en una palabra: de pecado, para resucitar con Cristo a la novedad de una manera de vivir fundamentada en el amor, hecho preocupación y servicio a la promoción de los derechos de los que siempre fueron olvidados. Y esto tanto en la dinámica de las relaciones en el ámbito de nuestra vida personal cotidiana y en nuestra manera de relacionarnos con los demás. ¿Podemos permanecer insensibles ante el drama de las poblaciones andinas y amazónicas, de las periferias urbanas y de los migrantes, que nadie quiere acoger en sus ciudades?
El texto propuesto como segunda lectura, tomado de la Primera carta de Pedro, puede ayudar a profundizar lo dicho en el párrafo anterior. Nos habla de “Cristo (que) sufrió por ustedes, dejándoles un modelo, para que sigan sus huellas… llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia”. En el texto se alude al “siervo sufriente” de Isaías 53, que la comunidad cristiana pronto reconoció realizado en Jesús. No es una exaltación masoquista del sufrimiento por sí mismo. Constituye más bien el “modelo” de una vida “pascual”: cargar con la realidad dura de una sociedad injusta de la que de alguna manera somos cómplices, para asumirla en la denuncia y en la solidaridad, para alumbrar, no sin contradicción y sufrimiento, como Jesús, la humanidad nueva, justa y fraterna. Y al llegar acá surge de nuevo la pregunta “¿qué hemos de hacer?” y se escucha la misma respuesta “conviértanse”, miren a Jesús, su vida entregada por la causa del Reino de Dios y su justicia. Esa opción, de hecho, supuso el sufrimiento y la muerte, no buscados por sí mismos, sino asumidos como una consecuencia histórica de su entrega. En definitiva, uno vive para sí mismo, centrado en sí mismo y en sus intereses, o se abre a los demás y se realiza en el amor hecho servicio y don de sí mismo. Eso era fundamental en el “modelo” que Jesús vivió y nos dejó para seguir sus huellas. ¿Cómo tenerlo creativamente en cuenta y concretarlo hoy y para mañana? Eso es lo que está en juego cuando se nos invita a la conversión y al bautismo en el nombre de Jesucristo.
El evangelio (Juan 10,1-10) resulta claro en lo que quiere proponer, quizá no tanto en la imagen que Jesús eligió. No se preocupen. Tampoco lo fue para los oyentes directos de Jesús. “Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba”. Tuvo que repetir para aclarar: “En verdad, en verdad les digo: ‘Yo soy la puerta de las ovejas” (v.7): Extraña imagen. Es una metáfora, como cuando dijo a los discípulos: “Yo soy el camino…” (Jn. 14,6). Es fácil relacionarla con la idea del “seguimiento”. Entrar a la vida por la puerta que es Jesús, seguir a Jesús por el camino de la vida, son maneras de expresar la decisión de tomar a Jesús como referente de sentido, de criterios y de actitudes prácticas para vivir.
Más allá de la imagen de la puerta, en realidad todo el tiempo está hablando del “pastor”: “el que entra por la puerta… las ovejas escuchan su voz… las ovejas le siguen… Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (v, 2; 3; 4; 10). El que entra por la puerta es el “pastor de las ovejas”, los otros son salteadores y ladrones. Al pastor las ovejas lo reconocen y “escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una… y las ovejas le siguen, porque conocen su voz”. La imagen quiere expresar el mutuo conocimiento y la relación íntima del Pastor –Jesús– y sus discípulos, quienes le siguen. Para Jesús resulta muy importante esta relación personal, mucho más que el reconocimiento de una doctrina. No se cansará de repetirlo. En la Cena de despedida lo expresará con mucha mayor claridad y sin metáforas; “ustedes son mis amigos” (Jn. 15,14). Con la imagen del pastor Jesús ha querido expresar el cuidado que él tiene por los discípulos, nosotros, y también el cuidado que hemos de tener, a su imagen, unos por otros. El texto leído hoy concluye con una frase decisiva: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. No se trata simplemente de una promesa para el futuro último, más bien resume lo que había sido su vida: sanar enfermos, acoger a la gente despreciada, poner la vida por encima de la Ley, compartir el alimento –pan y pescado– con los hambrientos, dar aliento y esperanza a pecadores y atribulados, levantar el ánimo de los decaídos y desesperanzados, proclamar que el amor y el servicio al prójimo es lo más importante para una vida y una sociedad humana, justa y feliz.
De esta imagen pastoril viene el término “pastoral” para hablar de la actividad en la Iglesia, que procura el cuidado de la vida de los fieles y la gráfica expresión de Francisco “pastores con olor a oveja”. Pero que de ninguna manera ha de servir de pretexto para justificar el clericalismo que trata a los laicos como “borreguitos”, sin personalidad y sin iniciativa.
Lo que Jesús afirma de sí mismo, siempre a la vez lo propone a quienes le siguen. Todas y todos –y más en esta situación donde acechan el hambre, la falta de trabajo, las condiciones precarias de salud– somos llamados a ser “pastores”, cuidadores de la vida de los demás, a dar vida dándola, estableciendo con amor relaciones mutuas de reconocimiento y de servicio, para que la nueva normalidad nos encamine al proyecto de Jesús: “una vida en abundancia”, de calidad humana y de fraternidad. “Vida en abundancia” no se refiere a la prosperidad económica, al avance tecnológico, al poder militar que han logrado algunos países. Apunta a la plenitud del amor fraterno, a la capacidad de respeto a la dignidad de las otras personas y pueblos por muy distintos que sean, a una justicia que no excluya a los más débiles, a una paz “desarmada y desarmante” (León XIV). Es la vida que Jesús califica de “vida eterna”, plena, que traspasará las barreras de la muerte, que se inserta en la vida del Resucitado. Preguntémonos, como la gente que escuchó a Pedro, en este caso desde la gente que sufre el hambre, el desprecio y la guerra, y ante el Señor, lo que, de alguna manera, según Jesús, viene a ser lo mismo: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? y de manera más personal ¿Qué he de hacer yo?
Categorías
- Artículos (262)
- Documentos (71)
- Noticias (68)
- Sin categoría (12)



