Tercer Domingo de Pascua. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

Difundimos la reflexión del Tercer Domingo de Pascua por Luis Fernando Crespo titulada “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado”.

Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.  

 

“Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado”

Luis Fernando Crespo

No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario

Lecturas: Hechos 2, 14.22-33; 1Pedro 1,17-21; Lucas 24,13-35

Este domingo nos propone una de las lecturas más conocidas y entrañables de los evangelios: la manifestación de Jesús resucitado a los discípulos de Emaús. Vale la pena una lectura sosegada y atenta a los detalles del texto, dejándose introducir en ese halo de misterio que la presencia y los diálogos del Resucitado van suscitando. El relato constituye también una catequesis y un itinerario hacia la fe, que el Señor mismo con su iniciativa conduce.

Las tres lecturas se mueven en un clima en torno a la resurrección. El texto de Hechos se centra en el discurso de Pedro en el día de Pentecostés. Lo principal es dar cuenta de que “a Jesús, el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante ustedes… ustedes lo mataron clavándole en la cruz por manos impías, a este Dios le resucitó… Así pues, exaltado por la diestra de Dios…”. Está bien que durante estos domingos del Tiempo Pascual se nos repita con insistencia esta proclamación de la resurrección de Jesús. Luego ocurrió que se fue relegando, quedándose nuestra fe casi focalizada en la pasión y muerte de Jesús por nosotros. Vamos aprendiendo que muerte y resurrección constituyen inseparablemente el misterio pascua y la salvación. El Jesús histórico, el crucificado, sólo existe ya como Resucitado, en la gloria del Padre

La lectura de la Primera carta de Pedro propone a las comunidades a las que se dirige una conducta coherente con la fe en Dios. “Si llaman Padre a quien, sin acepción de personas…” indica un rasgo fundamental de la fe cristiana en Dios: su amor no discrimina a nadie, todas las personas le son igualmente queridas. La consecuencia ética es clara, en contraposición “a la conducta necia heredada de sus padres”. El argumento se ahonda con otra consideración: han sido rescatados “con una sangre preciosa” -el amor hasta el extremo- de Cristo. Y se completa con la siguiente afirmación: “Por medio de él creen (creemos) en Dios, que le ha resucitado de entre los muertos y le ha dado la gloria”. La resurrección de Jesús es la acción que especifica nuestra fe en Dios: Así como en el Primer Testamento Dios se presentaba como “el que los liberó de la esclavitud en Egipto”, en el Nuevo o Segundo Testamento Dios se ha manifestado como “el que resucitó a Jesús de entre los muertos”.

El evangelio nos sitúa dentro del “primer día de la semana”, que comenzó temprano: algunas mujeres, “muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado” (24,1). Allí, “asustadas”, recibieron el asombroso anuncio: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (24,6). De regreso, “anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás… Pero a ellos todas aquellas palabras les parecían desatinos y no las creían” (24,9.11). ¡Lamentable!

“Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús”. Uno de ellos se llamaba Cleofás, no era del grupo de los Once. Del otro, -posiblemente la otra, la mujer de Cleofás- no se menciona el nombre, aunque evidentemente también era discípula. Parece que, decepcionados por el final del asunto de “Jesús el Nazareno”, han decidido regresar a su casa y dedicarse de nuevo a sus asuntos. Van conversando y discutiendo sobre lo que ha pasado, cuando un desconocido “se acercó y caminó a su lado”. Lucas, y nosotros gracias a él, sabemos que era “el mismo Jesús”, pero ellos no: “estaban, sus ojos, como incapacitados para reconocerlo”. El desconocido toma la iniciativa y les pregunta: “¿De qué discuten por el camino?” Ellos, “con aire entristecido” se detuvieron y le informaron que hablaban sobre “Jesús el Nazareno”. En pocas palabras le cuentan lo que le había ocurrido –su muerte, crucificado- y lo que había significado para ellos: “fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo”, de manera que “nosotros esperábamos que sería él el que iba a liberar a Israel”. A veces convertimos demasiado rápidamente una decepción en argumento para dejar un compromiso o una responsabilidad.

El desconocido toma de nuevo la iniciativa y se dirige a ellos de una manera aparentemente poco amable: “Él les dijo: ‘¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar en su gloria?”. Emaús distaba de Jerusalén unos once kilómetros. Hubo tiempo para un buen repaso por toda la Biblia. Ellos escucharon al maestro desconocido sin rechistar, pero, como reconocerían más tarde, sintiendo que “¿no estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” Había sido más que una excelente clase de Biblia, toda una catequesis para abrir su corazón a la fe.

Un tercer momento en el relato: llegando ya al pueblo donde iban, Emaús, el desconocido “hizo ademán de seguir adelante”. Ellos, ya atrapados por sus palabras, toman la iniciativa: “le rogaron insistentemente: ‘quédate con nosotros porque atardece”. Justo lo que esperaba el desconocido para darse a conocer plenamente con un gesto que los dos caminantes –y los futuros lectores del evangelio también- identificarían: “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición y se lo iba dando”. ¿Quién otro podía ser sino Jesús? El camino había concluido: “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista”. Ya no era preciso verlo, habían creído. La alegría había que compartirla con los demás y, llegados a Jerusalén, se produjo un intercambio de experiencias y de fe. “ellos contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan”.

Como en los otros relatos de “apariciones”, los discípulos no están esperándole, deseando verlo. Estos dos se retiran tristes y decepcionados. La iniciativa para el encuentro proviene del Resucitado. La fe es siempre un don –gracia- que invita a ser acogido con libertad. Se entromete en nuestras vidas, a veces con rostro desconocido, pero es él mismo. Los dos discípulos, aun sin reconocerlo, se dejan acompañar e interrogar por el caminante. Excelente y desafiante punto de partida para reconocer al Señor. Cuando rechazamos al desconocido, al migrante, al extraño, nos incapacitamos para encontrar a Dios. En el relato hacia la fe plena de Cleofás y de su acompañante se nos ofrecen dos pasos más para nuestra propia experiencia creyente: la escucha atenta de la Escritura que, según el Resucitado (24,27), nos hablan del Cristo, de su muerte y glorificación. Y el sacramento del pan, repartido por Jesús y compartido con los hermanos.

Finalmente se completa en la vida comunitaria; el descubrimiento de Jesús resucitado produce una alegría que no se puede callar. En la comunidad fraternalmente escuchamos el testimonio de los demás y compartimos el nuestro. La conjunción de estos momentos configura y hace plena nuestra experiencia de fe. Cuando alguno de ellos falta, se empobrece y queda raquítica. Tampoco son etapas que, logradas una vez, resultan ya superadas: Siempre hay que estar atentos y abrir bien los ojos para acoger y dejarnos interpelar por las y los desconocidos, que con sus preguntas y demandas –a veces incómodas- nos abordan en el camino. Es el caso de los migrantes, extranjeros o nacionales, que se hacen presentes, suscitando reacciones de incomodidad y recelo. Nuestros ojos están incapacitados para reconocer en ellos el rostro del Señor. Leer y releer la Escritura, participar con las y los hermanos en la Cena del Señor, volver reiteradamente a la comunidad y salir de ella –“Iglesia en salida” e “Iglesia de los pobres”- constituyen y fortalecen la fe adulta, que hoy se nos reclama en los diversos caminos de la vida: con el papa León rechazar enérgicamente la guerra, anunciar y promover incansables la paz

El relato constituye toda una catequesis. El mismo Jesús, resucitado en la gloria del Padre, sigue saliendo a darnos alcance en nuestro caminar. Se pone a nuestro lado y acompaña, comparte nuestras alegrías y nuestros sufrimientos, escucha nuestras dudas y cansancios, valora nuestros pequeños gestos de acogida al vecino y al extraño, nos recuerda sus palabras y acciones, y con ellas alienta nuestras iniciativas de solidaridad y organización. Presencia discreta que acompaña, no se impone ni soluciona con su poder los problemas, haciéndonos sentir inútiles e irresponsables; no apoya, poderoso, a los suyos en competencia con otros poderes, más bien libera del egoísmo, de la indiferencia, de instalarse en el confort del propio interés para por amor hacernos servidores (Gal. 5,13) de quienes necesitan y son vulnerables.

Y en los momentos de oscuridad –personal o de los tiempos– no dejemos de rogar al Señor: “quédate con nosotros porque atardece” y ya no reconocemos con claridad tu presencia.

Categorías