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Segundo Domingo de Pascua. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Segundo Domingo de Pascua por Luis Fernando Crespo titulada “Los discípulos se alegraron de ver al Señor”, “Dichosos los que no han visto y han creído”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
“Los discípulos se alegraron de ver al Señor”
“Dichosos los que no han visto y han creído”
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario
Lecturas: Hechos 2,42-47; 1Pedro 1.3-9; Juan 20,19-31
Los domingos que siguen al de Pascua están orientados a celebrar el acontecimiento de la resurrección de Jesús –central en la revelación de Dios– y a interiorizar su significado para nuestra vida cristiana. Las lecturas se toman del libro de los Hechos de los Apóstoles, de una carta apostólica –este año de la Primera carta de Pedro– y de un evangelio.
En el evangelio según san Juan, que hoy leemos, podemos distinguir tres partes. La primera es el relato de la manifestación del Resucitado a los discípulos reunidos. Ya antes se había señalado que “el otro discípulo” –“a quien Jesús quería”– “vio y creyó”; y, cuando “volvieron a casa” (él y Pedro), sin duda lo habrían compartido con los demás (Jn. 20, 8-10). A continuación, se había narrado el encuentro de María Magdalena con el Resucitado, con aquel diálogo singular y entrañable: “María – Rabbuní”. Ella “fue y dijo a los discípulos: ‘He visto al Señor y me ha dicho estas palabras”.
La visita del Resucitado a los discípulos no era especialmente esperada: “estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos”; pero tampoco lo acogen en medio de dudas, como en el evangelio de Lucas (24,37-38). Les saluda con “La paz con ustedes”, repetido tres veces, y les mostró las señales de su identificación con el Jesús crucificado: “las manos y el costado”. No les costó reconocerlo, más bien “se alegraron de ver al Señor”. En un momento –podemos imaginar– cómo pasarían por su mente tantas imágenes y recuerdos dolorosos de la vida y de la muerte de Jesús, tantos episodios de sus propias vacilaciones para aceptarlo y seguirlo. Ahora se han cumplido las palabras de Jesús, que habían anunciado –sin que ellos hubieran llegado en su momento a comprenderlas– su resurrección. La alegría será en adelante una nota específica de la experiencia pascual, llamada a inundar toda nuestra vida. No significa que se acabaron los problemas, sino que, aun en los más amenazantes y dolorosos, es posible afirmar el triunfo de la vida, la esperanza de que todo lo que implica muerte, como la injusticia, el desprecio, la enfermedad, la prepotencia avasalladora, las guerras, no tienen la última palabra. Tiene sentido, entonces, trabajar desde ahora, con los materiales de la vieja humanidad, para adelantar el advenimiento de la humanidad nueva, que se insinúa en la sencillez del trato horizontal y fraterno, en el respeto y la valoración de quienes son y piensan distinto, en el servicio profesional de quienes tuvieron mejores oportunidades.
El Resucitado saluda dos veces: “la paz con ustedes”. En sus labios es más que un saludo cortés. En la cena de despedida les había dicho: “Les dejo la paz, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo”. La paz que da el mundo resulta muchas veces una caricatura, imposición del más fuerte, silencio humillado de los más débiles, en las relaciones sociales y políticas entre los pueblos, y también en las relaciones personales –¡tantas mujeres que callan para mantener una apariencia de paz familiar!– La paz que desea el Resucitado constituye la misión de los cristianos en el mundo: “Como el Padre me envió, también yo los envío”. ¿Cómo llevar adelante esta misión? Ciertamente con el testimonio personal, pero requiere algo más: la presencia activa de cristianas y cristianos en instituciones sociales y políticas que trabajen con espíritu de servicio y con creciente sentido ético por el bien común, no sólo reunidos entre ellos mismos, sino colaborando con proyectos más amplios de tanta gente que de verdad quiere la paz con justicia. Para que esa misión, siempre ardua y difícil, pueda ser realizada, Jesús “sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo”. Podrán así perdonar y reconciliar, superar rencores y prejuicios, discernir los caminos de “amistad social” y de convivencia justa y fraterna, de “caridad política”. Recordar y hacer posible la paz en este tiempo de guerra y violencia constituye tarea obligatoria para toda comunidad cristiana.
El relato se completa con dos pequeños episodios: Tomás no estuvo presente ese día y no compartió la experiencia del encuentro con Jesús. Se puso crítico, hasta terco y exigente. El domingo siguiente se presentó de nuevo Jesús y le tomó la palabra a Tomás: Éste se rindió expresando en una hermosa fórmula su plena confesión de fe, que todavía hoy repetimos: “Señor mío y Dios mío”. Jesús correspondió con una de sus frases geniales: “Dichosos los que no han visto y han creído”. La frase haría felices a los de las comunidades de Juan. Ellos ya no habían visto a Jesús, pero creían en él. Y también nos hace felices a nosotros: no hemos visto y creemos. No es en el aislamiento, sino en la comunidad donde se afirma y consolida la fe. De todas formas, hay que agradecerle a Tomás su sentido crítico y exigente para creer. No siempre es fácil creer, ni se trata de una credulidad barata, ni gregaria. No es malo tener dudas y preguntas. Pero agradecemos también su explosión de fe: “Señor mío y Dios mío”. El texto no dice que tocó las llagas de las manos y del costado de Jesús como pruebas para su fe. La confesión de fe no es resultado de humanas evidencias comprobadas, siempre es don y gracia que se acoge con libertad, agradecimiento y compromiso.
La primera lectura, tomada del libro de los Hechos no habla propiamente del anuncio de la resurrección (2,14-36). Pero sí nos presenta las repercusiones de la fe en el Resucitado en la vida de las comunidades. ¿Se idealiza la vida de las primeras comunidades o se nos quiere presentar la experiencia comunitaria a la que de todas formas se quiere aspirar, a pesar de los problemas a los que de hecho se alude en los capítulos siguientes? La descripción las presenta en primer lugar como comunidades de fe, que acogen “la enseñanza de los apóstoles” y participan activamente “en la fracción del pan y en las oraciones”. Se indica también que “tenían todo en común… y repartían (sus bienes) entre todos, según la necesidad de cada uno”. ¿Cómo redescubrir hoy esta dimensión solidaria –no sólo en lo espiritual, también en lo material– de la comunidad y cómo encauzarla generosa y creativamente? Finalmente, en la vida cotidiana: vivían “con alegría y sencillez”, de tal manera que “gozaban de la simpatía de todo el pueblo”, aunque también se dirá más adelante que eran perseguidos. Su testimonio y estilo de vida resultaba convocador y “el Señor agregaba al grupo a los que cada día se iban salvando”. Creer en la resurrección de Jesús se traduce en una experiencia de vida comunitaria, solidaría y convocadora.
La segunda lectura, en éste y en los siguientes domingos, estará tomada de la Primera Carta de Pedro. La Carta no se dirige a una comunidad determinada, sino a cristianos “que viven como extranjeros en la Dispersión”. El autor se presenta como “Pedro, apóstol de Jesucristo”, aunque su autenticidad es discutida por algunos biblistas; otros la aceptan, aun reconociendo que puede haber sido escrita o actualizada años después de la muerte de Pedro por “Silvano, a quien tengo por hermano fiel” (5,12).
Tras la presentación y el saludo, la lectura comienza con una invocación de alabanza: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”, que “mediante la Resurrección de Jesucristo nos ha reengendrado a una esperanza viva…. Por lo cual rebosan de alegría” aunque aún tengan que vivir un tiempo “con diversas pruebas”. Nuestra vida cristiana la vivimos compartiendo con toda la gente “diversas pruebas”, sufrimientos y dificultades, pero con una esperanza y alegría que alienta y da sentido para no sucumbir en el desaliento y el pesimismo radical. Como si hubiera podido tener delante la respuesta de Jesús a Tomás, dice a los destinatarios de su carta –y nosotros podríamos apropiárnoslo– “Jesucristo, a quien aman sin haberlo visto, en quien creen, aunque de momento no lo vean” Más adelante dirá que de esa esperanza hemos de estar “dispuestos a responder a todo el que les pida razón de su esperanza” (3,15). Nuestra sociedad anda hoy necesitada, cansada y desmotivada para esperar, carece de utopía movilizadora para un cambio hacia un modelo más justo y fraterno de humanidad. ¿No sería éste un aporte –pese a todo– de esperanza y alegría a nuestra propia generación? La alegría y la esperanza pascual se nos han dado para, viviéndolas, comunicarlas.
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