Domingo de Pascua. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

Difundimos la reflexión de Domingo de Pascua por Luis Fernando Crespo titulada “A éste, Dios le resucitó al tercer día”.

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DOMINGO DE PASCUA*

“A éste, Dios le resucitó al tercer día”

Luis Fernando Crespo

 

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Lecturas: Hechos 10,34.37-43; Colosenses 3,1-4; Juan 20,1-9.

¡Feliz Pascua! Es lo que nos deseamos los cristianos como saludo en el Domingo de Resurrección; o también ¡Cristo ha resucitado! ¡Resucitemos con él! Es el grito de la vida, cuando el Viernes Santo parecía que habíamos enterrado con el cuerpo muerto de Jesús todas nuestras esperanzas. En la Vigilia Pascual se hizo un breve recorrido por la historia de la salvación. Comienza recordando, con la lectura del Génesis, la acción creadora de Dios, ratificada al final de cada día con el “Y vio Dios que era bueno”. Se continúa con la lectura del Éxodo haciendo memoria de la salvación de Dios como acción liberadora de su pueblo. La lectura de Ezequiel 36 confirma la presencia renovadora de Dios en las personas y en su pueblo: “les daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un espíritu nuevo”. Se cierra la secuencia de lecturas con la proclamación del evangelio de san Mateo, en el que resuena la voz reveladora del ángel a las mujeres: “Ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, ha resucitado”.

La resurrección de Cristo es el acontecimiento salvífico que da sentido a toda la historia. En él somos capacitados, como dice Pablo en la Carta a los Romanos, también leída en la Vigilia, para que “vivamos una vida nueva”. La resurrección de Jesús es acción exclusiva de Dios, levantándole de entre los muertos, pero que se prolonga ya en nuestras vidas “nuevas”. La resurrección de Jesús que celebramos no es un suceso más de la historia, que podemos mirar objetivamente, desde fuera; se cree en la fe y nos implica personalmente como creyentes, viviendo la vida de Cristo –su confianza en el Padre y su amor por los demás– en nuestra propia vida.

Las lecturas de hoy nos ayudan. En los domingos del tiempo de Pascua la primera lectura se toma del libro de los Hechos de los Apóstoles. Hoy escuchamos al apóstol Pedro proclamar en casa del centurión romano Cornelio la Buena Nueva de Jesucristo. Tras una breve, pero significativa, referencia a su vida – “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo”- y a su muerte –“a quien llegaron a matar colgándole de un madero”–, les transmite la confesión de fe, en una de sus fórmulas más antiguas: “a éste, Dios le resucitó al tercer día”. La misma fe que hoy nosotros confesamos, en referencia al mismo Jesús de Nazaret en el que hoy nosotros también creemos. En esa muy breve biografía de Jesús, Pedro ofrece una clave explicativa fundamental: “porque Dios estaba con él”. La acción de Dios que lo resucita de entre los muertos confirma definitivamente su presencia en la vida tan humana de Jesús. La cristología posterior tratará de formular adecuadamente el sentido y la forma de esa presencia.

El evangelio está tomado de san Juan. Siendo el último en escribirse, se siente libre para no repetir lo que los sinópticos han narrado y nos ofrece otras aproximaciones. Hay un protagonismo de María Magdalena, que va sola, de madrugada, al sepulcro y “ve la piedra quitada del sepulcro”. No hay, como en los sinópticos, ángeles que le revelen la resurrección, y corre a dar cuenta “a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús quería”. No hay ángeles, pero sí, más tarde, la presencia y palabras consoladoras y reveladoras de Jesús mismo. Será la primera en ver y reconocer al resucitado (20,11-18). Simón Pedro y el otro discípulo corren. Ven “los lienzos en el suelo”, Pedro entró primero y “ve”, el otro discípulo “vio y creyó”; se entiende que la resurrección, “pues –aclara el evangelista– hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos”. No se trata propiamente de un relato de aparición, ni se escuchan palabras reveladoras. Es más bien un acto de fe iluminado por las Escrituras, no un determinado texto que lo afirme explícitamente, sino el sentido global de las mismas: que Dios no abandonará a su Mesías y que finalmente se impone la vida, que es Dios, por encima de las fuerzas de la muerte. La vida tan “humana” de Jesús, que ellos habían compartido –y que las autoridades habían condenado–, queda definitivamente aclarada y comprendida como la vida humana del Hijo de Dios, el Cristo. La resurrección es acción de Dios, no está sometida para su aceptación a pruebas humanas, es acto de fe que se fundamenta en la vida y en las palabras de Jesús, interpretadas a la luz de toda la Escritura. Jesús, el crucificado, vive para siempre en el misterio de Dios. El texto del evangelio continúa diciendo: “Los discípulos, entonces, volvieron a casa” (20,10). Y en la casa debieron compartir su experiencia de fe y su alegría, de tal manera que en el relato de la “aparición” de Jesús a los discípulos reunidos ya no hay dudas, sino alegría: “Los discípulos se alegraron de ver al Señor” (20,20).

La segunda lectura, de la carta a los Colosenses, se refiere más a los creyentes en el Resucitado, del que se dice que está “sentado a la diestra de Dios”, expresión que conservamos en el Credo. Sin duda, es una manera de expresar en nuestro lenguaje humano, el lugar privilegiado y singular de Cristo en el misterio de Dios. Es otra manera de expresar la vida nueva y definitiva, como Señor, de Jesús el crucificado. Jesús no es para las personas creyentes un ilustre antepasado difunto, sino el Viviente, “el primogénito de entre los muertos (Col. 1,18), de manera nueva e indescriptible en la vida gloriosa de Dios.

“Busquen las cosas de arriba donde está Cristo… aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra”. La vida nueva de la persona creyente está orientada por la pertenencia a Cristo por la fe y el bautismo; lo que implica que la vida de Jesús ha de manifestarse en nuestra manera de vivir, guiada no por los criterios y aspiraciones que se promueven como los más valiosos en nuestro mundo –“de abajo”–: riqueza, poder, éxito competitivo, superioridad sobre los demás, etc., sino los criterios y actitudes que reconocemos en la vida de Jesús, “arriba”: solidaridad y servicio a los demás, a los que la sociedad considera inferiores, sencillez y capacidad de compasión, igualdad y fraternidad en la consideración y respeto por las otras personas y pueblos. Esta manera de vivir y de valorar no parece ser hoy muy apreciada y podemos sucumbir ante las otras propuestas. Continúa el autor de la carta: “Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también ustedes aparecerán gloriosos con él”. Por eso “si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba”. No se trata de olvidarse y dar la espalda a lo que está en juego en este mundo, sino en estar seguros de que las cosas pueden ser de otra manera, como las vivió y las propuso Jesús en su mundo. Resurrección significa que Jesús vive y que vive su proyecto de humanidad nueva. Es, por tanto, un llamado poderoso a la esperanza. No podemos dejarnos abatir por las dificultades y las formas de violencia creciente. Creer en Jesús, el Crucificado Resucitado, significa creer en la vida y vivir activos y creativos en la esperanza. No es el sepulcro, sino la resurrección lo que celebramos y lo que nos convoca,

Si hemos resucitado con Cristo, hay que poner todo el empeño –con alegría y esperanza– en contribuir a transformar este mundo nuestro, “de abajo”, y desde abajo, en el mundo “de arriba”, en que reine la justicia, el amor fraterno, la igualdad, la paz.

¡Una feliz Pascua! ¡Pasar con Cristo de la muerte y la guerra a la vida y la paz!

 

* Ciclo A

 

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