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Domingo de Ramos. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión de Domingo de Ramos en la Pasión del Señor por Luis Fernando Crespo titulada “Bendito el que viene en nombre del Señor”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
“Bendito el que viene en nombre del Señor”
Luis Fernando Crespo
No olviden leer los Textos Bíblicos antes del comentario
Lecturas: Procesión: Mateo 21,1-11
Misa: Isaías 50, 4-7; Filipenses 2,6-11; Mateo 26,14-27,66 (o 27,11-54)
Con la liturgia del Domingo de Ramos se da inicio a la Semana Santa. Comienza con la bendición de los ramos y una procesión previa a la Misa. Es un recuerdo de la bulliciosa entrada de Jesús en Jerusalén, donde en los siguientes días ocurrirán la acción en el Templo expulsando a los mercaderes, una serie de discusiones con sacerdotes, saduceos y fariseos, y finalmente, tras una cena de despedida con los discípulos, su condenación a muerte y ejecución en la cruz. Días intensos en los que se va cerrando el cerco de oposición al profeta de Galilea. Las lecturas de la Misa, tras el breve momento de la bendición de los ramos y la procesión, nos hacen entrar de lleno en el ambiente de la pasión, que domina toda la Semana Santa hasta la Vigilia Pascual.
Mateo, siguiendo con bastante fidelidad a Marcos, pero sin olvidar su referencia constante al cumplimiento de las Escrituras, nos ofrece su relato de la entrada de Jesús en la Ciudad santa. Los discípulos colocan sus mantos sobre una burra y su burrito, “y él se sentó encima”. La gente corta ramas de los árboles y aclama: “Hosanna al Hijo de David”, título que hace pensar en salvación que trae alguien con dignidad real; pero en tiempos en que en Judea no hay rey, sino procurador romano, resulta peligroso. Proclaman: “Bendito el que viene en nombre del Señor” como expresando que Dios está con él. Repiten: “Hosanna en las alturas”, en el cielo, es decir, en Dios. En contraste, la gente de Jerusalén, “toda la gente se conmovió”. Los de Jerusalén, sorprendidos y temerosos, preguntan: “¿quién es éste?”. Les responden: “Éste es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”. Lo que sigue son una serie de enfrentamientos y conflictos, que concluirán pocos días después con los gritos de la gente, azuzada por los sumos sacerdotes: “sea crucificado”.
Siempre, al llegar este momento, uno se extraña y se pregunta por ese cambio de la gente respecto a lo que siente por Jesús. ¿Falta de convicciones seriamente maduradas, que se quiebran ante la presión de las autoridades judías? ¿O la aclamación “Hijo de David” estaba cargada de ambigüedad, con expectativas políticas a las que Jesús no correspondía? ¿Incoherencias, como cuando ahora se afirma creer en Jesucristo, pero se es indiferente ante el maltrato y el desprecio a “estos, mis hermanos más pequeños”, olvidando el “conmigo lo hicieron”? (Mt. 25,40).
Las tres lecturas de la Misa nos sitúan de lleno en el clima de la pasión. Las dos primeras lecturas se repiten cada año. El relato de la pasión se toma del evangelio sinóptico propio de cada ciclo de lecturas. Este año corresponde leer el de san Mateo. En líneas generales sigue el texto del evangelio de Marcos, con algunos matices y añadidos propios, como el referente a la muerte de Judas (27,3-10). Me fijo en algunos de ellos, pero insistiendo en invitarles a una lectura reposada y meditada de todo el relato.
En la oración en Getsemaní, Jesús se dirige a Dios como “Padre mío”, explicitando la singularidad personal con que vive su experiencia filial, incluso en ese momento de “tristeza y angustia”, reafirmando su “hágase tu voluntad”, como había enseñado a todos en la oración del Padrenuestro. En el juicio ante el Sanedrín llama la atención la premeditada intención para “condenarle a muerte” (26,59). ¿Era realmente un asunto de hablar mal de Dios –“blasfemia”– o es que el hablar de Dios de otra manera, como lo hacía Jesús, resultaba especialmente peligroso para los privilegiados del viejo orden religioso y social? Haber proclamado que Dios es bueno –“Padre”– con todas las personas y que tiene especial cuidado con los pobres e insignificantes resultaba blasfemo y sobre todo perturbador: “Es reo de muerte”.
En la comparecencia ante Pilato, además del silencio de Jesús, que dejó al procurador “muy sorprendido”, el relato de la preferencia popular por Barrabás nos deja muy sorprendidos. Anunciar el “Reino de Dios y su justicia”, proclamar el amor fraterno, incluso a los enemigos, es juzgado más peligroso e inaceptable que Barrabás, “un preso famoso”. Por eso las autoridades religiosas convencieron a la gente para que gritara contra Jesús. No dejemos de revisar si seguimos anunciando y viviendo el “evangelio” o lo acomodamos eliminando su peligrosidad. Mateo incluye en el desarrollo del proceso la lavada de manos y de responsabilidad de parte de Pilato, cargándola toda sobre las autoridades y “todo el pueblo”, lo que históricamente dio lugar a un antisemitismo cruel. De todas formas, había que dejar claras las responsabilidades. Hoy ocurren muertes, violentas e injustas de inocentes, sin que nadie sienta que hay que asumir y cargar con la responsabilidad y la culpa. De manera extrema y planificada con sofisticada crueldad, lo mismo ocurre en las guerras actuales en las que nadie se reconoce culpable, la maldad siempre proviene del enemigo.
Mateo, como los otros evangelistas, menciona los maltratos humillantes: “se pusieron a escupirle en la cara y abofetearle” (26,67) y los ultrajes y desafíos: “sálvate a ti mismo”, “que baje de la cruz ahora y creeremos en él” (27,40.42). Más que detenerse en los sufrimientos físicos y en la crueldad de la crucifixión, insiste en los insultos hirientes de sus enemigos, sin que le arranquen alguna palabra de venganza. Antes ya había consignado la soledad desoladora y el abandono de los suyos: “todos los discípulos lo abandonaron y huyeron”. Mateo retoma de Marcos –Lucas y Juan no lo hacen– el inquietante grito de Jesús: “clamó Jesús con fuerte voz: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”. No es fácil de comprender la hondura de aquella experiencia de abandono, precisamente de Aquél a quien experimentaba y llamaba “Abbá”. No es un grito desesperado, sino el de quien reclama, desde una profunda desolación, la atención del único en quien ya puede confiar. Por eso, y pese a todo, invoca y grita con su mayor acto de fe: “Dios mío, Dios mío”.
No obstante, Mateo, como los otros evangelios, al final del relato, no deja de mencionar la presencia fiel de “muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle”. Las mismas que serán las primeras en recibir el anuncio de la resurrección. Mateo, de manera singular, con una intención apologética, añade el episodio del pedido a Pilato para que ponga una guardia especial en “el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, lo roben y luego digan al pueblo: Resucitó”.
La primera lectura está tomada del tercer canto del Siervo, en el libro de Isaías. Pronto los primeros cristianos lo interpretaron en referencia a Jesús: su disponibilidad para escuchar y seguir la voluntad del Padre: “El Señor Yahvé me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me eché atrás”. La influencia del versículo siguiente: “ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban… mi rostro no hurté a los insultos y salivazos” resulta fácil descubrirla en el relato de la pasión de Mateo y de los otros sinópticos. En realidad, ya el mismo Jesús se había identificado con el siervo, al decir a los discípulos: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida como rescate por muchos”, en clara alusión al Cuarto canto del Servidor (Is. 53), que se leerá en la Acción litúrgica del Viernes Santo.
La segunda lectura se toma de la Carta a los Filipenses. Parece ser un himno litúrgico, quizá con algún retoque de Pablo. Constituye una rica síntesis de todo el misterio de Jesús: su origen divino y su auténtica condición humana, asumida hasta la muerte, y “una muerte de cruz”. Dios irrumpe para convertir su humillación en glorificación: “Por eso Dios lo exaltó”, de manera que Cristo es confesado como “el Señor para gloria de Dios Padre”. La lectura de este himno expresa bien en pocas palabras lo que llamamos el “misterio pascual”, y nos orienta en la Semana Santa a no concentrarnos en la celebración dolorida de pasión y muerte de Jesús del Viernes Santo, –como de hecho todavía ocurre en muchos cristianos–, sino encaminados a la celebración gozosa de la Pascua de Resurrección. Son dos acontecimientos que Dios ha vinculado inseparablemente: “por eso”. No sólo son dos momentos sucesivos en el tiempo, sino que esa muerte como entrega suprema, el Padre la convierte en vida definitiva, resucitada.
La vida “cristiana” encuentra su sentido en la celebración del “misterio pascual”. Por el bautismo –recuerda Pablo en Rom. 6,3-4– hemos sido incorporados a la muerte de Jesús, muriendo al pecado, al egoísmo y a la injusticia para que “vivamos una vida nueva”, en la fraternidad, la justicia y la paz.
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