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Domingo XIII del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Domingo XIII del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO*
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del comentario.
Lecturas: 2Reyes 4,8-11.14-16; Romanos 6,3.4.8-11; Mateo 10,37-42
Continuamos, como haremos en los siguientes domingos de este año, con la lectura del evangelio según san Mateo. De manera más precisa este domingo seguimos leyendo una parte de las recomendaciones de Jesús a los apóstoles antes de enviarlos en misión. Mateo no sólo recuerda palabras dichas por Jesús en aquella ocasión. Escribe para su comunidad, que ha vivido situaciones concretas de persecución que él conoce bien y a las que trata de atender recordando, reformulando y adaptando a las nuevas circunstancias, advertencias y consejos de Jesús. Nuestra lectura hemos de hacerla además atentos a las situaciones en que vivimos hoy el seguimiento de Jesús.
El evangelio de Mateo parece tomar en cuenta una doble fuente de preocupación: por un lado amenazas que les vienen de fuera de la comunidad como incomprensión y persecuciones, a las que se refería la insistente exhortación “no les tengan miedo” que leíamos el domingo pasado; pero también peligros que se van presentando en el proceso mismo de la vida de los discípulos, principalmente otras prioridades, afectos o intereses que, siendo en sí mismos legítimos, relativizan la primacía o centralidad de la referencia a la persona de Jesús y a su evangelio. Peligros que se vivían en la comunidad de Mateo, ante los que él reacciona. Y muy posiblemente las descubrimos también en nuestras comunidades, ya que de hecho vivimos insertos en una trama de relaciones y de necesidades familiares, de proyectos personales y colectivos que demandan atenciones y dedicaciones. Si bien no necesariamente entran en oposición, sí pueden disminuir el fervor de la entrega al proyecto de Jesús. La cuestión a revisar honestamente es qué lugar ocupan en mi vida y en la de mi comunidad Jesús y su proyecto del Reino de Dios como buena noticia para los pobres. Y en qué medida las otras relaciones, proyectos e intereses están articulados a ese eje central o lo relativizan y posponen.
Las expresiones de Jesús: “el que ama a su padre o a su madre… a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” resultarían en su mundo –y en el nuestro–, por lo menos, chocantes y difíciles de aceptar, casi escandalosas. No obstante, el relato del llamado a los primeros discípulos menciona de manera sencilla que Pedro y Andrés “dejaron las redes y lo siguieron”, Santiago y Juan “dejaron la barca y a su padre y lo siguieron” (Mt.4,18-22). No parece tratarse de una ruptura traumática. Han descubierto un sentido nuevo para sus vidas en el seguimiento y en el proyecto de Jesús: hacer cercano el Reino de Dios a los pobres y a los que sufren, para que experimenten el amor de Dios, su justicia y el ser reconocidos como humanos y hermanos. Les debió parecer algo fascinante como para replantear sus dedicaciones, relaciones y prioridades. Más que de una renuncia se trataba de un reordenamiento de sus “amores” –sentidos, afectos, trabajos– incluso de los más naturales. La expresión empleada por Jesús: “amar más”, no niega ni excluye otros amores; más bien los incluye, pero los subordina y relaciona. El llamado de Jesús a su seguimiento conlleva una nota de radicalidad, que reclama coherencia y fidelidad. Si no se asume de esta manera, repite: “no es digno de mí”.
La propuesta de Jesús a los discípulos es de un gran apasionamiento. Se juega en el registro de un amor mayor e incomparable, se trata de una decisión, por supuesto en plena conciencia y libertad, por su persona. A veces descuidamos esta dimensión tan personal del discipulado. Pero para Jesús parece muy importante. En la Cena de despedida lo plantea con vehemencia: “como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor”, concluyendo con la confidencia: “ustedes son mis amigos” (Jn.15,9.14). El amor al que invita es respuesta a su amor primero y al del Padre. Cuando restablece a Pedro en la condición de discípulo, la pregunta reiterada es: “¿me amas?” (Jn.21,15-17). Evidentemente no se trata de un amor como simple cuestión afectiva, sentimental; está fuertemente ligado al compromiso con lo que su persona significa y propone: “si hacen lo que les mando” (Jn. 15,14).
Jesús concluye la secuencia de esos tres “no es digno de mí” con la promesa alentadora: “el que pierda su vida por mí, la encontrará”. El “por mí” engloba la persona y el proyecto por el que Jesús mismo perdió su vida. De hecho, en Marcos se explicita: “el que pierda su vida por mí y por el evangelio” (Mc.8,35). De esa manera reconocerse cristiana o cristiano trasciende el plano puramente personal y religioso, apunta a dar un sentido a la vida como le dio Jesús, una vida para la vida de todos en justicia y fraternidad. Sólo “perdiéndola”, es decir dándola con sentido, se la “encuentra” y –podría añadir– se la disfruta. La exigencia de “cargar la cruz detrás de mí”, en labios de Jesús, es algo más que una metáfora sugerente, reviste la seriedad de quien por su manera de vivir terminó colgado en ella. Pero tampoco es tremendismo, conlleva una promesa: “encontrará” la vida en su plenitud de sentido, como él la encontró en la resurrección.
El “discurso” y el capítulo concluyen con una nota de esperanza para dar ánimo: “quien los reciba, me recibe a mí y a Aquel que me envió”. La misión encargada a los discípulos apunta, pese a las dificultades antes señaladas, -y que son reales-, a ser bien acogida. La confianza en que el mensaje de Jesús y “de Aquel que me envió” tiene sentido como “buena noticia” de salvación y liberación es muy importante, especialmente en tiempos como los actuales. Percibimos en actitudes y en declaraciones públicas que para muchas personas los “otros” y las “otras” no son personas y hermanos. Pero la acogida del mensaje también dependerá de que los mensajeros, con su testimonio de vida, podamos ser percibidos como auténticos “profetas”, “justos” y “discípulos”. Lo cual plantea una honesta revisión de nuestro actuar y nuestro estilo de vida.
Algo de esto viene a aclarar la primera lectura. El relato sobre la acogida del profeta Eliseo por una familia de Sunem subraya el motivo de la disposición de aquel matrimonio para recibirlo con tanta generosidad: “Estoy segura de que es un santo hombre de Dios”.
La segunda lectura, tomada de la carta a los Romanos, nos invita a ahondar en nuestra condición de discípulos y discípulas de Jesucristo, adquirida en la recepción del bautismo. Nos coloca en una relación íntima con el misterio de su muerte y resurrección: “muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”, lo que ha de traducirse en que “así nosotros vivamos una vida nueva”. Novedad de vida llamada a recrearse en lo que cada situación requiere. Hoy, ciertamente, estamos en una situación que demanda renovar proyectos y estilos de vida: libres de egoísmo insensible ante carencias crecientes de las personas y de los pueblos más abandonados; críticos e indignados ante la desmesurada desigualdad entre las pocas personas más ricas y la pobreza extrema de muchísimos; listos para repensar y diseñar nuestras instituciones al servicio de toda la población con preferencia por los más débiles y hasta ahora postergados. ¿No habrá ahí una “novedad” –humana y ética– que ofrecer desde nuestra condición cristiana a la conciencia ciudadana de hombres y mujeres de nuestro país y del mundo? El “tomar su cruz”, asumiendo el lenguaje radical de Jesús, ¿no implicaría cargar con esta tarea desafiante: vivir y anunciar el amor de Dios de tal manera que ayude a transformar esta sociedad nuestra, desigual, injusta y cruelmente violenta, en la humanidad fraterna que Dios quiere?
* Ciclo A
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