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Domingo XIV del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Domingo XIV del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo, titulada “Aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO*
“Aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón”
Luis Fernando Crespo
Nota: No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del comentario
Lecturas: Zacarías 9,9-10; Romanos 8,9.11-13; Mateo 11,25-30
No es fácil encuadrar a Jesús con un solo calificativo. El evangelio de la semana pasada nos confrontaba con un Jesús exigente, que reclamaba una opción personal y un seguimiento radicales: “cargar con la cruz”, “perder la vida por mí”. Y no era por gusto. Él mismo estaba convencido de la importancia benéfica y liberadora del anuncio del Reino de Dios para los seres humanos y estaba del todo entregado a su realización, sin que la crítica y el rechazo de los sectores más representativos de la religión le hicieran detenerse. Más bien los enfrentaba y cuestionaba por su resistencia a acoger la buena nueva (11,16-24).
El evangelio que leemos hoy nos ofrece otros aspectos relevantes de su personalidad. No todo era rechazo y obstinación lo que encontraba. Pescadores, recaudadores de impuestos, enfermos, gente sencilla del pueblo, incluidas mujeres, niños y pecadores, le escuchaban con gusto, se acercaban y le seguían. No eran precisamente los “sabios e inteligentes”, los entendidos de religión y los poderosos, sino precisamente los “pequeños”, sin relevancia social ni jerarquía religiosa. Curiosamente esa realidad le alegra y emociona. No se trata de una casualidad o de una cuestión de disposición subjetiva, manifiesta una peculiar “voluntad del Padre” para ocultar o revelar “estas cosas”, que son “los misterios del Reino de los Cielos” (13,11). En “estas cosas” del Reino hay algo perturbador que no calza con un saber que se engríe, impone, se cree superior, desprecia. Jesús fue implacable con esa pretensión que personificaba en escribas y fariseos (ver Mt. 23). Son, por el contrario, los “pequeños”, expresión que abarca a los “niños” pequeños en edad y también a los adultos, pequeños en importancia social, es decir los que no son ni se creen más y por tanto están dispuestos a la acogida fraterna sin desprecio a los demás, los que “se hacen como niños” (18,3), lo que no es sinónimo de infantilismo. En ellos es en quienes piensa el Padre para revelar y hacer presente su Reino.
Jesús vive tan identificado con esa manera de ser del Padre que le produce un gran gozo. Lucas 10,21 lo formula así: “se llenó Jesús de gozo en el Espíritu Santo y dijo…”. Por eso estalla en una oración de alabanza y de acción de gracias. Lo que hemos venido en llamar “opción preferencial por los pobres” encuentra acá su fundamento y sentido: preferidos del Padre no sólo para ser objeto de atención social, sino para ser protagonistas del Reino de Dios –la nueva humanidad justa y fraterna que Dios quiere–, y de su anuncio. Con razón Puebla habló del “potencial evangelizador de los pobres” y hoy se reclama “una Iglesia con rostro amazónico”. El versículo 27 ha sido designado por algún comentarista como “un aerolito joánico en el evangelio de Mateo” por su manera de formular la relación recíproca de conocimiento del Hijo y del Padre. Si Jesús se alegra e identifica con la voluntad del Padre del modo expresado en el versículo anterior. es porque vive y se reconoce en íntima relación con su “Abbá”. Y, precisamente por ello, es el único que puede revelar a Dios como Padre. Su identidad como “el Hijo” y su misión como “revelador del Padre” serán más explícitamente desarrolladas en el cuarto evangelio. El mismo Jesús lo expresará afirmando, ya al final de su vida: “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14,9). Jesús en su modo de ser tan humano, que es lo que los discípulos habían podido ver, nos revela el ser de Jesús como Hijo y el ser de Dios como Padre.
Y ese “ser tan humano”, él mismo lo resume presentándose como “sencillo y humilde de corazón”, dispuesto a acoger y alentar a los “fatigados y sobrecargados”, tanto por las duras condiciones de vida impuestas por la dominación romana como por la carga de una Ley complicada con múltiples prohibiciones y obligaciones.
Es lo que viene a aclarar la primera lectura, tomada del profeta Zacarías. Nos prepara para entender bien el evangelio. En ella se habla de ese rey futuro “justo y victorioso, humilde y montado en un burrito”, sin pompa ni violencia, como será descrita la entrada de Jesús en Jerusalén (Mt. 21,1-11). “Proclamará la paz a las naciones”, anuncia Zacarías del futuro rey mesiánico. Jesús, con su actitud humilde y acogedora a la que invita a los discípulos, ofrece esa paz que libera de opresión y de humillaciones que causan sufrimiento y desaliento en las personas consideradas menos importantes. La humildad de corazón no significa debilidad o apocamiento; es lo contrario del orgullo y de la prepotencia, del creerse más que los demás. Es virtud cristiana, es decir inspirada en Jesús, y también necesaria actitud cívica, condición para una sociedad de iguales en dignidad y derechos.
“Vengan a mi” para que “aprendan de mí”, nos sigue repitiendo hoy Jesús. No nos propone aceptar una doctrina religiosa, sino algo más decisivo: aprender a vivir como él vivió. ¿Cómo traducir y concretar hoy esas sus actitudes para que nuestra humanidad, agobiada y sobrecargada de desigualdad, de injusticias, de desprecio y de egoísmo, pueda encontrar “descanso”, es decir “paz”, mutuo reconocimiento y fraternidad? No parece tarea fácil para asumir, pero mirando lo que de fatiga agobiante e injusta tiene la vida de los pobres y de quienes sufren la violencia destructiva y humillante de las guerras, podríamos atrevernos a aceptar la tarea como “yugo suave y carga ligera”. Reconocer y promover en los “pequeños” su “magnifica humanidad” demanda conversión y humildad, rechazo de la “cultura del poder”. “Sencillo y humilde de corazón” no significa cobardía y resignación ante la prepotencia de los poderosos y opresores; reclama libertad, audacia y fortaleza para denunciar y oponerse a la justificación de la violencia, así como solidaridad efectiva y organizada con los más débiles y vulnerables, personas y naciones. ¿No es eso lo que hizo y predicó Jesús? En la Iglesia ciertamente, y en la sociedad nacional e internacional, autoridad no puede ser sinónimo de poder avasallador, sino de servicio que promueve vida y participación, ejercido con humildad y dedicación.
La segunda lectura, tomada de la carta de Pablo a los Romanos, merece una detenida meditación. El capítulo 8 lo leeremos durante cuatro domingos más. Contrapone el “vivir según la carne” al vivir “según el Espíritu de Dios”, al que llama también “el Espíritu de Cristo”. Dejarse llevar por la carne conduce a la “muerte”, mas guiarse por el Espíritu aporta “vida y paz” (8, 6). Estamos en el meollo de la espiritualidad cristiana. Seguir a Jesús y “aprender de él” –como leíamos en el evangelio– no es dejarse guiar por un referente externo, sino por su Espíritu, que “habita en ustedes” y “dará la vida a sus cuerpos mortales”. Se trata de la “vida”, la que vivimos ya en esta vida mortal, para no dejarnos llevar por las obras de la carne que dan muerte, sino por las de su Espíritu, que “es vida a causa de la justicia” (8, 10).
La alternativa carne-Espíritu no es algo abstracto y ahistórico, ni se limita al ámbito de lo puramente religioso. Planteárnosla en el contexto que vivimos en nuestro tiempo, de hambre y de violencia, de incertidumbre y de temor, de amenaza permanente a una convivencia fraterna y democrática, cobra una gran relevancia: o continuar con el egoísmo de los individuos, con la idolatría del dinero y del poder, con la discriminación y exclusión de los “otros”, o apostar por la vida, la dignidad y los derechos de todas y de todos, por el amor y la solidaridad para con los hasta ahora excluidos; en una palabra, por una fraternidad concreta y expansiva. Dejarse habitar y conducir por el Espíritu de Cristo implica tomar posición decidida ante esta alternativa, como opción personal y como decisión comunitaria y política.
* Ciclo A
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