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Domingo XVII del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Domingo XVII del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo, titulada “Por la alegría que le da” “En todo interviene Dios para el bien de los que lo aman”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO*
“Por la alegría que le da” “En todo interviene Dios para el bien de los que lo aman”
Luis Fernando Crespo
Nota: No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario
Lecturas: 1Reyes 3,5-12; Romanos 8,28-30; Mateo 13,44-52
El evangelio de este domingo nos ofrece como lectura las tres últimas parábolas que Mateo reunió en este capítulo, introducidas como las tres anteriores con la fórmula “El Reino de los Cielos es semejante a…”. Tanta insistencia deja claro que para Jesús el centro de su misión era hacer presente y anunciar la cercanía del Reino de Dios. Y que, según su convicción, esa presencia constituía la mejor noticia que las personas, especialmente los pobres, enfermos, insignificantes, despreciados, podían recibir: “el Evangelio –buena noticia– de Dios” (Mc.1,14-15). Por eso no se cansaba de proclamar: “felices ustedes los pobres, los que pasan hambre, los que lloran, porque de ustedes es el Reino de Dios, se saciarán, reirán” (Lc. 6,20-21). Que Dios reine, que el proyecto de Dios para los seres humanos se haga realidad, conlleva una transformación profunda, una liberación de todo lo que impide la realización de una vida digna y feliz de las personas, sin discriminación ni exclusión de nadie.
La primera parábola de la colección, la de la tierra que acoge la semilla, había dejado planteado algo muy importante y desafiante: que la semilla del Reino necesita ser acogida para que dé buen fruto, es decir que los seres humanos nos hagamos responsables y colaboradores de la fecundidad histórica del Reino. Esa acogida, también según Jesús, reclama “conversión” (Mt. 4,17), mentalidad nueva y prácticas nuevas, que prioricen la vida, la dignidad, los derechos fundamentales de todas las personas y de manera preferente de los pobres. Conversión, por tanto, que de hecho implica opciones, renuncias, conflictos.
La parábola de la red que atrapa peces buenos y malos – como la de la cizaña– nos recuerda que el proyecto de Dios en su realización histórica comparte la escena con otros proyectos antagónicos que priorizan el enriquecimiento, el dominio, el bienestar, la buena vida de algunos, pocos, con frecuencia a costa de la inmensa mayoría. Propuesta que, como experimentamos cotidianamente, no deja de atraer y tener entusiastas seguidores y promotores. Puede valer la pena preguntarnos en qué medida nosotros mismos no somos sensibles o condescendientes con sus guiños.
Seguramente pensando en esa posibilidad, Jesús, un convencido de lo bueno del proyecto de Dios, dedica dos parábolas, la del “tesoro escondido” y la de “la perla de gran valor” para insistir en que vale la pena decidirse y anteponer la acogida del Reino de Dios a cualquier otro proyecto: “vende todo lo que tiene”. Me gusta subrayar, porque me parece que es intencional en la parábola, la motivación: “por la alegría que le da”. No se trata de una imposición que viene de fuera reclamando exigencias o mandamientos, es el valor en sí mismo de la propuesta el que atrae y motiva para acogerla e identificarse con ella, para asumirla como proyecto y sentido de la vida. El Reino de Dios –o como bien explica Jesús: “que tu voluntad se haga en la tierra como en el cielo”– implica hacer de esta humanidad un mundo de hermanas y hermanos, de hijas e hijos del Padre. Y eso es bueno y hermoso –como un “tesoro escondido”, como una “perla de gran valor”– para las mujeres y los hombres de todos los tiempos y especialmente para quienes vienen sufriendo las consecuencias nefastas de lo que Jon Sobrino ha llamado acertadamente el “anti-reino”. Es la alegría de ver una humanidad más humana, fraterna y feliz. Hacer de ese proyecto de Dios un sentido para vivir con plenitud y alegría no constituye una bella aspiración idealista; reclama una opción comprometedora: “vende todo lo que tiene y compra el campo aquel… la perla de gran valor”. Alegría y compromiso histórico se acompañan y enriquecen. En el canto de María –el Magnificat– se conjugan alegría y transformación histórica liberadora. ¿Es la alegría, como la de María, un rasgo explícito de nuestra espiritualidad?
La secuencia de las parábolas concluye con una pregunta de Jesús que podemos aceptar también como dirigida a nosotros: “¿Han entendido todo esto?”. No respondamos con un “sí” apresurado. Haber entendido implica la disposición para acogerlo y realizarlo con voluntad y coherencia. Y, como el “escriba”, aprendamos a vivir sacando del tesoro, –nuestra vida– “las cosas viejas”, el evangelio, y “las nuevas” que nos ofrecen las necesidades, inquietudes y esperanzas de este tiempo.
Orientar la vida hacia la consecución del “tesoro escondido” supone, como recuerda la primera lectura, una sabiduría como la del joven Salomón: poner el sentido de la vida no en las riquezas, ni en el poder, sino en lograr “un corazón sabio e inteligente para hacer justicia a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal”. En el contexto de estar celebrando las Fiestas Patrias, esta lectura del Primer libro de los Reyes puede ayudarnos a orientar nuestra celebración hacia un proyecto nacional, cuya prioridad sea “hacer justicia a este pueblo tan grande” y diverso, con tantas desigualdades y derechos postergados y a la vez con tantas expectativas y esperanzas. Ocasión también oportuna para reclamar una mayor exigencia de comportamiento ético a quienes han decidido intervenir en la actividad pública, especialmente en el terreno de la economía y de la política, con la clara conciencia de que discernir entre lo que está bien y lo que está mal en la búsqueda del bien común es de la mayor urgencia y trascendencia en nuestro país.
Se dice que el momento presente que se vive en el Perú y en el mundo es sumamente incierto. El camino por el que transitamos no conduce a una sociedad más humana y justa. Amenaza un cambio climático de consecuencias incontrolables, se desarrolla un proceso de creciente desigualdad, algunas naciones se enredan en conflictos bélicos cada vez más destructivos y mortales, que nadie sabe cómo –ni al parecer quiere– detener. El horizonte se pinta oscuro. La lectura de la carta a los Romanos, escrita en medio de una situación no menos sombría, ofrece una afirmación luminosa: “sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que lo aman”. Puede ser que ese “bien” no coincida, ni se reduzca a los “bienes” que de manera inmediata pretendemos. Puede ser también que “los que le aman” sean muchos más de los que pensamos. Pero lo que sí es seguro es que “a los que él ama” abarca a la humanidad toda: “en la tierra paz a los hombres (y mujeres) a los que él ama” (Lc.2,14). El “bien”, que Dios nos ofrece como don, es la paz, inseparable de la justicia, que nos encarga realizar. Es nuestra esperanza como cristianos y nuestra responsabilidad como ciudadanos.
Estamos llamados en nuestra generación a recuperar la alegría de ser cristianos: no una alegría ingenua que ignore y cierre los ojos a sufrimientos causados o encubiertos en menores, en mujeres y en pueblos sometidos. Se trata de la alegría de Jesús, consciente de la fuerza liberadora y humanizadora de su persona y de sus acciones. Como constata el evangelio de Lucas: “Y cuando hacía estas cosas, sus adversarios quedaban confundidos, mientras que toda la gente se alegraba con las maravillas que hacía” (Lc,13.17).
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* Ciclo A

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

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