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Domingo XVI del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Domingo XVI del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo, titulada “El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza… a la levadura que tomó una mujer…”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO*
“El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza… a la levadura que tomó una mujer…”
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del comentario.
Lecturas: Sabiduría 12,13.16-19; Romanos 8,26-27; Mateo 13,24-43
El evangelio de este domingo, en continuación con el del domingo anterior, nos propone tres parábolas, que explícitamente se inician con la fórmula: “el Reino de los Cielos es semejante a…”.
Aclaremos en primer lugar que la expresión “Reino de los Cielos”, propia de Mateo, no pretende situar el reinado de Dios fuera de este mundo, en los cielos. Es una manera peculiar del lenguaje religioso judío que evitaba pronunciar el nombre de Dios. En la antigua tradición judía se designaba a Yahvé como “nuestro Rey” por su acción liberadora y salvadora en favor del pueblo, “el Altísimo”, “el que está en los cielos”… Se deseaba y esperaba que, ante las situaciones adversas e injustas de destierro y opresión, volviera a manifestarse su reinado y su poder. Los profetas lo habían anunciado para un futuro impreciso como una realidad nueva de justicia, de vida y de paz. La fórmula “Reino de los cielos” equivale a “Reino de Dios” que emplean los otros evangelistas. Jesús hizo del anuncio de su cercanía el centro de su mensaje: “Conviértanse porque el Reino de los Cielos ha llegado” (Mt.4,17). Nos instó a seguir pidiendo su venida: “Venga a nosotros tu Reino” y expresó a continuación una sencilla formulación explicativa: “que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt.6,10). Ante otras posibles preocupaciones de la vida cotidiana insistió en que lo busquemos como lo primero y más importante: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia” (Mt.6,33). Clara expresión de que para Jesús el Reino es don gratuito de Dios y nuestra tarea consiste en acogerlo y realizarlo en sus manifestaciones históricas.
Contando las parábolas Jesús intenta hacerse entender: todo es don de Dios y a la vez todo depende de nuestra acogida. La semilla del Reino –leíamos el domingo pasado– es depositada generosamente por Dios, el sembrador, pero el fruto va a depender de la tierra que la acoge. Con la parábola de la cizaña quiere decir algo más. En el mundo nuestro, como él lo debió percibir también en el suyo, no sólo está presente el proyecto del Reino de Dios, es decir: una humanidad como Dios la quiere, comunidad de hijos e hijas, de hermanas y hermanos que se reconocen, respetan y aman. Existen de hecho otros proyectos que tratan de abrirse camino: construidos sobre el egoísmo, la prepotencia, el enriquecimiento a costa de la pobreza y humillación de los otros. Se les ha designado como “anti-Reino”. Son proyectos contrapuestos y antagónicos. Por un lado: vida, fraternidad, justicia, paz, con la pretensión de abarcar a todas las personas y pueblos, y para eso con la preferencia explícita por los pobres y más débiles; y por el otro lado: egoísmo, desprecio, discriminación, violencia y finalmente guerra y muerte, lo contrario del Reino de los cielos.
La propuesta de la parábola de Jesús no es la intolerancia de quienes se creen poseedores de la verdad única, sino el testimonio perseverante y confiado en el juicio definitivo de Dios, que Jesús nos anticipó en otra enseñanza (Mt.25 ,31-46). En ella “recibirán la herencia del Reino” los que dan su vida por la construcción en el día a día de una fraternidad solidaria, reconociendo y dando de comer, visitando y promoviendo dignidad y protagonismo de “estos hermanos míos más pequeños”. En esta parábola –la de la cizaña– se invita a que la “buena semilla” crezca y se desarrolle con identidad y coherencia, aun en medio –y muchas veces en confrontación– de otras propuestas antagónicas. La confianza radica en que al final de la historia la buena semilla –la del Reino– resultará victoriosa. El crecimiento del Reino de Dios se juega en la manera como nuestra acogida se traduce en decisiones históricas, personales, profesionales y políticas.
La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, último escrito del Primer Testamento, ayuda a entender la actitud paciente de Dios en la historia, dejando espacio al arrepentimiento y a la conversión. Su poder se ejerce al servicio de la justicia y su señorío se conjuga con la compasión y la misericordia: “tu señorío sobre todo te hace ser compasivo con todos”. Así nos predispone para una nueva convivencia donde predomine el amor y el cuidado de los otros, y donde se haga posible la esperanza de que aun el pecador puede arrepentirse y cambiar. A imagen de Dios, quienes ejercen cualquier forma de poder deberían entenderlo –o deberíamos entenderlo– como preocupación y servicio por el bienestar y la vida buena de todos, sin discriminación y con preferencia por los más débiles.
El evangelio nos propone dos parábolas más: la del pequeño grano de mostaza, que encontramos en los tres evangelios sinópticos, y la de la levadura que una mujer coloca en la masa para que fermente, que Mateo comparte con Lucas. Ante la preocupación de algunos por la cantidad y la magnificencia de la presencia eclesial puede venir bien volver a escuchar y meditar estas parábolas. Ante los grandes de su tiempo Jesús no significó gran cosa. Descalificado como “amigo de publicanos y pecadores”, los importantes de la sociedad y de la religión le despreciaron (Mt.11,19); él mismo se consideró “sencillo y humilde de corazón” (Mt.11,29). Al grupo de hombres y mujeres que le seguían los vio como “pequeño rebaño” (Lc.12,32). Lo importante es que la pequeña semilla del Reino –el grano de mostaza–, creciendo en la comunidad cristiana que vive en medio de la humanidad, sea capaz de acoger a quienes necesitan abrigo de sentido, de reconocimiento y comprensión, de derechos y condiciones humanas de vida, los pobres e insignificantes de este mundo. Hoy debemos pensar en los migrantes y en los desplazados “sobrantes” por la primacía otorgada al criterio de la productividad y por las guerras.
Creo que en la misma perspectiva plantea Jesús la parábola de la levadura. La presencia del Reino de Dios en la humanidad no es para quedar encerrada en el pequeño grupo de fieles, sino para penetrar en el corazón de la humanidad y “fermentar todo”, suscitando estilos de vida e instituciones, que, sin ser confesionalmente cristianas, propicien lo que el Padre quiere, una humanidad fraterna en la que todos los seres humanos, sin desigualdades puedan realizar sus aspiraciones de vida y dignidad, de relaciones justas y en paz. La imagen de la levadura puesta en la masa sugiere bien la necesidad de que la levadura mantenga su capacidad de fermento y de que no permanezca aislada, sino bien metida en la masa. Exigencias precisas para quienes escuchan la parábola: acogida del Reino vivida con fidelidad y a la vez inserción y testimonio en medio de la vida real de la gente. Es lo que el Vaticano II quiso expresar con la fórmula de una “Iglesia en el mundo”, no centrada en sí misma sino “signo del Reino” y al servicio de los hombres y mujeres del mundo.
La segunda lectura tomada, como en los domingos anteriores, de la carta de Pablo a los Romanos, continúa explicando lo que significa “la vida según el Espíritu”: en definitiva, seguir a Jesús acogiendo su anuncio del Reino de Dios. Hoy nos plantea algo sumamente alentador: “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza” e “intercede por nosotros con gemidos inefables”. No sólo, como decía un poco antes la carta, “la creación entera gime” (8,22), “nosotros mismos gemimos en nuestro interior” (8,23), Dios mismo por su Espíritu está presente, acompaña y alienta el caminar de la humanidad, aun en medio de muchas expresiones personales e históricas de cizaña, hacia la plenitud del Reino.
Jesús en medio de la incomprensión y persecución fue un hombre esperanzado, el mensaje de la cercanía del reino de Dios lo vivió y anunció como “la Buena Noticia”. Sus palabras y acciones no fueron sino pequeños “signos” –como granitos de mostaza– del Reino. Nos toca proseguirlos con estilos de vida, con presencia y compromisos que, para nuestra generación, hoy fatigada y desesperanzada, constituyan también signos de esperanza, de vida, de justicia, de amor y paz. Como cantamos en la canción: “Tu Reino es vida, tu Reino es verdad, tu Reino es justicia, tu Reino es paz… Venga a nosotros tu Reino, Señor”.
* Ciclo A
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