Domingo XV del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

Difundimos la reflexión del Domingo XV del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo, titulada “El que tenga oídos, que oiga”. “Dichosos sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen”.

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DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO*

“El que tenga oídos, que oiga”

“Dichosos sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen”

Luis Fernando Crespo

No olviden leer los Textos Bíblicos antes del Comentario.

Lecturas: Isaías 55,10-11; Romanos 8,18-23; Mateo 13,1-23

El evangelio de este domingo nos presenta una de las parábolas más conocidas y comentadas de Jesús: la del sembrador y los frutos que se recogen según la tierra en la que cae la semilla. Jesús era un buen comunicador y pedagogo, le interesaba, más que imponer sus ideas, lograr que las personas piensen, reflexionen, tomen decisiones y sean coherentes con aquello a lo que se comprometen. Para eso con frecuencia elige la forma literaria de las parábolas: partiendo de su observación de la vida cotidiana de la gente (las faenas de la agricultura que ocupaba a una buena parte de la población, escenas de la vida familiar o religiosa). Atraía la atención de los oyentes para hacerles pensar sobre sus actitudes de acogida o de rechazo ante la proclamación del Reino de Dios. El capítulo 13 del evangelio según san Mateo reúne siete parábolas, dos de ellas tomadas de Marcos y una de la fuente común con Lucas. La del “sembrador”, que hoy leemos y es común con Marcos, y la de la cizaña, que es propia de Mateo y la leeremos el siguiente domingo, vienen acompañadas de su correspondiente interpretación, lo cual casi nos dispensaría de mayor comentario. No obstante, nuestros tiempos ya son otros de los de Jesús y de Mateo, y no podemos exonerarnos de leer la parábola, escucharla con atención y dejarnos interpelar por ella.

Con la predicación y acciones de Jesús, el Reino de Dios ya estaba inicialmente presente y ofrecido como “buena noticia”, pero no todas las personas estaban reaccionando con apertura y disposición para acogerlo en sus vidas. Jesús, ante la pregunta de los discípulos, “por qué les hablas en parábolas” a la gente, responde: “porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden”. A los discípulos, en cambio, “se les ha dado a conocer los misterios del Reino de los Cielos” y por eso declara: “Dichosos sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen”. Sin embargo, los discípulos también deben “escuchar la parábola” con su respectiva interpretación e interpelación. Si bien la parábola estuvo dirigida a toda la gente, la interpretación con sus diferentes situaciones, actitudes y resultados va dirigida a los discípulos.

También nosotros, cristianas y cristianos de nuestros días, somos ciertamente “dichosos” porque hemos visto y oído y se nos ha dado a conocer “la palabra del Reino”, pero igualmente estamos llamados a escuchar y discernir por qué, habiendo visto y oído, la cosecha no ha resultado tan abundante ni en cantidad ni en calidad. Hagamos el ejercicio personal y comunitario de preguntarnos ante la mirada atenta del sembrador que, si bien no se explicita quién es, podemos colegir que se trata del mismo Señor. ¿Realmente nuestra fe constituye una fuente de alegría y de fruto abundante en nuestra vida?

Nos alcanzó un día “la palabra del Reino”, pero quizá ni siquiera captó el menor interés de nuestra parte. La “palabra” iba dirigida al corazón, pero el corazón estaba ocupado ya de antemano en otros proyectos e intereses, insensible al lenguaje del sentido, de la vida, de los otros y del Otro. Hay algo de esto en nuestro contexto cultural y social, en el que casi parece impenetrable la idea misma de Dios -su bondad y su justicia. Y conviene no olvidar la responsabilidad que nos corresponde como Iglesia, en la consolidación de esa mentalidad apática y desconfiada, que llega a alcanzar incluso a muchos bautizados.

Creo que nos puede tocar más de cerca la siguiente consideración de la parábola. Un día, en un tiempo de la vida, acogimos con alegría la palabra del Reino y nos comprometimos con su propuesta. Incluso lo recordamos con nostalgia y añoranza. Pero faltó ahondamiento y reflexión enriquecedora, las exigencias y coherencia se hicieron difíciles, el “realismo” de nuevas obligaciones y responsabilidades ahogaron el entusiasmo de otros tiempos, la referencia a la Palabra fue perdiendo constancia y sentido hasta que prácticamente cayó en el olvido.

Una tercera situación viene expresada “por las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas”, que dejan la Palabra y la vida “sin fruto”. No se refiere a la preocupación por el mundo y sus problemas, que es una exigencia de la caridad y de la justicia, sino a las preocupaciones mundanas absorbidas “por la seducción de las riquezas” y el propio interés. Es lo más incompatible con la “Palabra del Reino”. Así ya lo había proclamado expresamente Jesús en el sermón del monte: “No pueden servir a Dios y al Dinero” (Mt.6,24). La “idolatría del dinero” –tenerlo, acumularlo o desearlo– nos deja sin fruto, sin vida, sin humanidad. Así dolorosamente lo fuimos constatando durante el tiempo de la pandemia: la primacía otorgada al interés económico había dejado la salud pública, la que atiende a los pobres, en estado de precariedad; y lo percibimos cada día en las abiertas pugnas por el poder político para asegurar beneficios y ventajas económicas para el propio grupo dominante.

Pero Jesús, en su interpretación de la parábola, no se deja ganar por el pesimismo, tiene confianza en la fuerza transformadora de la Palabra, reconoce con alegría que muchos “pequeños” la acogen, se entregan a ella (ver el evangelio del domingo pasado) y dan fruto: “uno ciento, otro sesenta, otro treinta”. A veces, ante la situación dominante de corrupción y de individualismo, cunde una especie de pesimismo radical que impide descubrir y valorar los pequeños signos de vidas ganadas para el Reino. Jesús sí tiene ojos abiertos para reconocerlos, alegrarse y confiar en ellos.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, expresa esa misma convicción: la eficacia histórica de la Palabra acogida proviene en primer lugar de que es Palabra de Dios. Así lo cree el profeta: “así será mi palabra… no tornará a mí de vacío”. Jesús valora lo que cada uno en respuesta es capaz de dar: ciento, sesenta o treinta. No toda “tierra buena” es igual. De manera semejante en la parábola de los talentos (Mt. 25,14-30). Las comparaciones cuantitativas son nuestras, los perfeccionismos y las competencias son peligrosas. Lo importante es reconocer la “buena tierra” o los “talentos” que se nos han dado y producir con paz frutos de Reino, y mantenernos críticamente atentos a lo que puede amortiguar o distraer nuestra respuesta fiel a la Palabra en cada tiempo y circunstancia. “Entender” la parábola, explicada por Jesús, implica examinar honestamente con qué disposiciones la acogemos, así como revisar con lucidez las trabas que nos lo impiden. Leída hasta el final, la parábola no permite acabar en el desaliento y la frustración, invita resueltamente a renovar la confianza en que la palabra sembrada está dando frutos y los seguirá dando. Hay que abrir los ojos y encontraremos, aun en medio de muchas mezquindades, muchas expresiones de amor, de entrega y honestidad, de sencillez y de servicio solidario, que significan “frutos”, indudables signos del Reino.

La segunda lectura, de la carta a los Romanos, abre un horizonte cósmico –“la creación entera”– a la acción salvadora de Dios y, por tanto, a nuestra participación en ella. La plenitud del Reino de Dios anunciado por Jesús y encomendado a quienes acogen su palabra, apunta a la nueva creación, la liberación de los hijos de Dios y de la creación entera. La encíclica Laudato si´ del papa Francisco recordaba con gran energía el vínculo indisoluble de estos dos aspectos. Pablo habla de que “la creación entera gime y también nosotros gemimos”. Francisco paralelamente subraya “el clamor de la tierra y el clamor de los pobres”. Nuestra tarea en la historia, cargada hoy de esfuerzo y de sufrimientos, de incertidumbres y de resistencias, tiene un rumbo y una meta asegurada, que no la convierte en menos arriesgada, pero sí en más esperanzada. Esa es la “tierra buena” en la que hay que rendir fruto, sea de cien, de sesenta o de treinta.

 

* Ciclo A

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