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Domingo XI del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Domingo XI del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo titulada “Al ir proclamen que el Reino de los Cielos está cerca”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO*
“Al ir proclamen que el Reino de los Cielos está cerca”
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario
Lecturas: Éxodo 19, 2-6a; Romanos 5,6-11; Mateo 9,36-10,8.
Después de haber celebrado las fiestas de la Santísima Trinidad y del Cuerpo de Cristo, en la liturgia de los domingos se retoman las lecturas correspondientes al Ciclo A. Reanudamos la lectura del evangelio según san Mateo, interrumpida durante el tiempo de Cuaresma y de Pascua. El texto de este domingo, tras una breve alusión a la actividad de Jesús en Galilea, se centra en la presentación y misión de los “doce Apóstoles”.
La primera lectura generalmente trata de mantener una cierta relación con el texto del evangelio. Este domingo se toma del libro del Éxodo. El pueblo de Israel ha llegado en su peregrinación al monte Sinaí. Yahvé llama a Moisés y le dice: “Habla así a la casa de Jacob y anuncia esto a los hijos de Israel”. Llamado en función del envío y del anuncio, para constituir al pueblo en “una nación santa”. Es una clave vocacional y espiritual. El llamado de Dios a una persona apunta al bien de la comunidad y de todo un pueblo. Es una dimensión constitutiva de la antropología bíblica. El ser humano, como creación de Dios, se realiza personalmente en su relación con las “otras” personas, con el prójimo individual y social. Una visión muy diferente de la que nos propone un neoliberalismo individualista, que prevalece hoy en la economía y en la política, con sus trágicas consecuencias de desprecios, de indiferencias y hasta de muerte para los más vulnerables, que son los más. La expresión del Éxodo –“una nación santa”– significa una sociedad como Dios la quiere, según su voluntad: fraterna, justa y solidaria.
El evangelio comienza con una especie de sumario de la actividad de Jesús. Unas líneas antes habían dejado constancia de su incansable cercanía a la gente del entorno: “recorría todas las ciudades y aldeas… proclamando el Reino y sanando toda enfermedad y dolencia”. Ahora anota un rasgo muy personal de esa cercanía: “al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella”. Y especifica la causa de su conmoción: “porque estaban cansados y abatidos como ovejas que no tienen pastor”. No es solo el sentimiento aislado ante el sufrimiento de tal o cual persona –el leproso, la mujer que perdió a su hijo, el ciego de nacimiento o la mujer amenazada por los fariseos–; se trata de cómo se siente ante la situación de la muchedumbre, la gente de su pueblo, en el contexto histórico concreto de la dominación romana, avasalladora de su dignidad y empobrecedora de su situación social. No se vislumbra alternativa que pueda cambiarlo. Jesús, como judío que es, se siente afectado, reacciona consciente y solidario con lo que mantiene a su pueblo humillado y paralizado –“abatidos como ovejas sin pastor”.
La “proclamación del Reino de Dios” que Jesús predica, no constituye ciertamente una propuesta política alternativa de liberación nacional, pero tampoco es ajena al anhelo de una justicia mayor –“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia” (Mt. 6, 33)–, que implica cambio neto en el respeto a la dignidad y libertad de individuos y pueblos, sin opresiones ni empobrecimientos. Anunciar, como hacía Jesús, que “el Reino de Dios ha llegado” (Mt. 4,17), reclama “conversión”, esperanza y conciencia de la propia dignidad, dejar de considerarse “abatidos” y asumirse como personas y protagonistas. La tarea, en aquel tiempo y en el nuestro, se manifiesta inmensa. Jesús demanda a los discípulos: “Rueguen, pues, al Dueño de la mies, que envíe obreros a su mies”.
Acto seguido, procede en consecuencia a llamar a “sus doce discípulos”, a los que Mateo designa como “los doce Apóstoles”, con el detalle de sus nombres. “Apóstol” significa enviado, llamado para la misión. “Los doce” alude en clara referencia a las doce tribus de Israel, constitutivas del pueblo elegido. La lista incluye a los cuatro pescadores que habían sido llamados anteriormente (Mt.4,18-22), a Mateo, el recaudador de impuestos para Roma (Mt.9,9), otros como Simón el Cananeo y hasta Judas, “el que lo entregó”. A ellos les confiere colaborar en su misma misión: “expulsar los espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. La misma formulación empleada al hablar de lo que Jesús hacía: no sólo “enfermedades”, sino también “dolencias”, otras formas de situaciones, no necesariamente físicas, pero que hacen sufrir mucho a las personas: penas, angustias, sentirse despreciadas, desánimo ante las dificultades de la vida. Es importante dar tiempo, escuchar, alentar, acompañar y consolar.
Antes de proceder a enviarles, les hace algunas largas observaciones (10,5-41). La lectura de hoy recoge solo las primeras (10,5-8), que se refieren a los destinatarios y al contenido de la misión. Nos llama la atención esa primera restricción para no ir a los gentiles, ni a ciudad de samaritanos, sino “a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. ¿Tan nacionalista y excluyente se siente Jesús? Parece más bien una prioridad, que asumirá con flexibilidad y apertura: cura al criado del centurión romano y admira su fe (8,5-10), añadiendo que “vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob” (8,11). Conversa y evangeliza a la mujer samaritana y a todo su pueblo (Jn. 4). En el envío al final del evangelio, Jesús confirmará la dimensión universal de su encargo: “Hagan discípulos a todas las gentes” (Mt.28,19). Nadie queda excluido del anuncio del amor salvador de Dios.
El contenido de la misión no podía ser otro: “Proclamen que el Reino de los Cielos está cerca” y realicen los mismos signos de vida que Jesús venía realizando. El anuncio de la cercanía del Reino es inseparable, más bien necesita, de los signos que lo hacen sentir presente. El Reino de Dios no es una idea abstracta, vaga; es experiencia de una presencia de Dios que sana, libera de egoísmos, ensancha el corazón para ampliar los límites del amor, consuela y empuja hacia el compromiso para una justicia –como la de Dios– que mira con preferencia a los más débiles y olvidados.
Añade Jesús una nota importante, tantas veces dejada de lado: “Gratis lo recibieron, denlo gratis”. La gratuidad del servicio corresponde a la gratuidad del amor con que primero hemos sido amados.
La lectura de la carta de Pablo a los Romanos, que nos seguirá acompañando en los siguientes domingos, pone de relieve la gratuidad de la salvación que Dios nos ha concedido en Jesucristo. Lo expresa de manera muy gráfica: “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. Pero la salvación no se agota en la muerte de Cristo por los pecados –opinión muy común entre muchas personas creyentes– sino “¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!”. Reconocernos como “salvados” abre sentido a una manera de vivir –como la de Jesús– agradecida y orientada con gratuidad hacia la vida plena de los demás, lo que hoy llamamos “el bien común”.
* Ciclo A
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