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Fiesta de todos los Santos. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión de la «Fiesta de todos los Santos» por Luis Fernando Crespo, titulada “Una muchedumbre de toda nación, razas, pueblos y lenguas”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
FIESTA DE TODOS LOS SANTOS*
“Una muchedumbre de toda nación, razas, pueblos y lenguas”
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del comentario
Lecturas: Apocalipsis 7,2-4.9-14; 1 Juan 3,1-3; Mateo 5,1-12
En la secuencia de los domingos del Tiempo Ordinario correspondería leer y comentar los textos del domingo XXXI. Pero este año en ese día coincide la Fiesta de Todos los Santos. Se celebra desde los primeros siglos. Inicialmente instituida para recordar y honrar a la multitud de mártires anónimos durante la persecución del emperador Diocleciano, En los siglos siguientes se amplió para celebrar a tantas cristianas y cristianos, que se habían distinguido en vivir con gran fidelidad su fe en Cristo, aunque no hubieran sido oficialmente reconocidos en el catálogo de los santos canonizados. Nos permitimos en esta ocasión, reconociendo la importancia de dicha Fiesta en la tradición eclesial, concentrarnos en la lectura y comentario de los Textos Bíblicos propios de este día.
La primera lectura, tomada del Apocalipsis, nos habla de una visión esperanzadora en medio de la persecución, de la salvación de Dios: de “los ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel” (12.000 de cada una de las 12 tribus, número que indica plenitud) y “de una muchedumbre inmensa que nadie podría contar de toda nación, razas, pueblos y lenguas… son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero”. Fuerte expresión para indicar que la salvación de Dios gracias a la muerte de Cristo es más fuerte que la violencia mortífera de los tiranos. El Apocalipsis es un canto a la esperanza y a la victoria de los débiles que han puesto su confianza en el poder salvador de Dios y de su Cristo: son los mártires, los santos de todos los tiempos. Quizá hoy, la “gran tribulación” no tenga que ver tanto con la persecución masiva a los cristianos, aunque sí todavía en algunas regiones del mundo. Más aún, en algunas ocasiones e incluso en regiones de tradición cristiana el compromiso solidario y cuestionador con la causa de Jesús, es decir la vida, la dignidad y los derechos de los pobres ha teñido de sangre el testimonio de muchos cristianos y cristianas en América Latina y en otras partes del mundo. La “gran tribulación” se experimenta también hoy en la dificultad de vivir con fidelidad y coherencia el evangelio del Reino de Dios y su justicia en medio de un mundo dominado por la violencia del ídolo Dinero, del ídolo Poder, que esclavizan, descartan y matan a los más pobres y débiles. En los últimos años “la gran desolación” es la guerra –las guerras– que trata de exterminar poblaciones y pueblos enteros. La guerra y el armamentismo sofisticado y costosísimo se imponen sin escrúpulo a una economía que debería priorizar el alimento, la vivienda, la educación y la salud de la gente. “Desolación” causa también la cómoda indiferencia de quienes se sienten satisfechos en su bienestar y no quieren saber de esos problemas.
Hoy andamos –jóvenes y adultos, mujeres y varones– medio desorientados; queremos ser felices, pero no sabemos ni en qué consiste ni cómo lograrlo. El evangelio elegido, la proclamación de las Bienaventuranzas (o felicidades, que es también una traducción adecuada del término original griego), nos acerca a lo que Jesús propone como actitudes propias de las personas que acogen y viven el mensaje del Reino de Dios, es decir, a quienes podemos reconocer como santas y santos. A veces se nos ha transmitido una idea distorsionada de la santidad como sinónimo de una perfección inaccesible para el común de los mortales, reservada sólo para algunos pocos elegidos. Jesús, que comenzó convocando a pescadores y recaudadores y pronto se vio rodeado de personas, mujeres y varones, despreciadas como pecadoras, parece que tenía otra manera de ver las cosas. Él los llama a seguirlo, al discipulado, a acoger con alegría el Reino de Dios, que supone ciertamente conversión, y a plantearse un estilo de vida como el que él mismo vive. Confiando plenamente en el amor de Dios reconocido como Padre, camina con su mirada puesta en aquello que puede hacer felices a los demás, a los que reconoce como hermanas y hermanos.
El inicio del sermón del monte, que abre la predicación de Jesús a “sus discípulos” y a “la muchedumbre” constituye la esencia de su programa. Se concreta en lo que ofrece: “de ellos es el Reino de los Cielos”, como expresa en la primera y en la última de las bienaventuranzas; y en lo que propone: las actitudes que manifiestan esa acogida. La “pobreza de espíritu” es la primera y la condición que hace posibles las que siguen. Recoge una tradición espiritual bíblica –la de los “anawim”–, que encontramos ya en los profetas y en los salmos. Significa la actitud de quienes se reconocen pobres y necesitados de ayuda y ponen toda su confianza no en la riqueza ni en los poderosos, sino en la bondad misericordiosa de Dios. Con esa confianza humilde se pueden afrontar las otras actitudes enumeradas: dulzura para con los sencillos, compasión solidaria con los afligidos, misericordia para con los que sufren, compromiso por causa de la justicia, honradez en el ejercicio de las responsabilidades privadas y públicas, entrega a la causa de la paz y todo eso aun en medio de una sociedad que se resiste, que con el poder pretende imponer otras prioridades y persigue a quienes quieren transformarla.
Si nos fijamos bien, la primera de las bienaventuranzas indica una actitud fundamental, espiritual, referida a nuestra confianza en el amor gratuito de Dios, lo que nos dispone a orientar nuestra vida de amados de Dios hacia una entrega y servicio también gratuitos a la causa de la vida y al bien de los demás, que igualmente son personas amadas por Dios, el “Padre nuestro”. Las otras actitudes expresadas por Jesús apuntan a crear condiciones de vida feliz para las otras personas. De tal manera que las bienaventuranzas podrían sintetizarse en: felices los que, desde su pequeñez y confiados en el amor que Dios nos tiene, se esfuerzan en hacer felices a los demás. Así, de ellos y de la humanidad entera será “el Reino de los Cielos”. Sería interesante hacer el ejercicio de recrear la formulación de esas actitudes para diseñar una vida buena y feliz para todos en el contexto de la nueva humanidad que queremos, después de la dura experiencia que significó la pandemia y de estos años siguientes de cruel violencia, de aumento de pobreza y de sufrimiento. De creciente individualismo e indiferencia. Podríamos hablar de la dimensión social y política de las bienaventuranzas en nuestra realidad. La santidad no se reduciría a un asunto privado, intimista; redundaría en el bien común y en la felicidad especialmente de los pobres e insignificantes.
Lo más atrevido de Jesús fue proclamar “felices” a quienes en su pobreza sintetizan las diversas formas de infelicidad. Felices, no porque sobrevivir en carencias y penurias pueda hacer a uno feliz, sino “porque de ellos es el Reino de los Cielos”, porque con esas actitudes acogen y “hacen en la tierra la voluntad de Dios” y, por tanto, “serán llamados hijos de Dios” y “verán a Dios”, es decir, en una palabra, son las santas y los santos de Dios. La santidad, entonces, consiste en vivir con plenitud y alegría la vocación humana de reconocernos y amarnos en la vida cotidiana como hermanas y hermanos, y así, incluso aunque uno no lo sepa, como hijas e hijos de Dios. Lo bueno es que Jesús lo califica de “felicidad” y nos propone ser felices haciendo felices a los que hoy no lo son. ¿Utopía irrealizable o sentido querido por Dios para la humanidad, encargado a nuestras débiles fuerzas? Es la misión propuesta de Jesús en la que él mismo se sintió comprometido.
La segunda lectura, tomada de la Primera carta de Juan, nos ofrece como el marco en el que se entiende plenamente todo lo anterior: “el amor que nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos”. En eso consiste sencillamente la santidad que Dios reconoce y a la que nos invita: vivir la filiación construyendo la fraternidad. Esa es la mayor felicidad: acogerla con alegría, realizarla y anunciarla.
En medio de tantas manifestaciones de violencia, corrupción y egoísmo, esta Fiesta nos alegra la mirada. Si miramos bien, descubrimos una multitud de gente buena, honesta y generosa, que, con la sencillez de sus servicios, con la coherencia de sus actitudes y comportamientos, y con mucho amor contribuye a hacer más feliz la vida de la humanidad. Son las santas y los santos de nuestros días. ¡Gracias a Dios!
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* Ciclo A
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