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FIESTA DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión de la «Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi)» por Luis Fernando Crespo titulada “Mi carne por la vida del mundo”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
FIESTA DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO * (Corpus Christi)
“Mi carne por la vida del mundo”
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario Lecturas: Deuteronomio 8, 2-3.14-16; 1Corintios 10,16-17; Juan 6,51-58 Esta Fiesta del Corpus Christi, de mucha tradición en algunas ciudades como Cuzco y Cajamarca, tuvo su origen en el siglo XIII para resaltar la presencia de Cristo en el pan y en el vino eucarísticos. Se discutía agudamente entre los teólogos la manera de esa presencia. La fiesta se instituyó en 1264 y el papa encargó a Tomás de Aquino la composición de los himnos y textos latinos para la celebración litúrgica, tarea que cumplió con gran acierto y que fueron bellamente musicalizados en el canto gregoriano. Algunas de las personas de más edad recordarán el canto: “Pange lingua” y otros himnos que se cantaban en las celebraciones eucarísticas. La devoción se expandió dando lugar a las “custodias” en las que se colocaba la hostia consagrada para la adoración del Santísimo y las procesiones; eran ricamente confeccionadas con materiales nobles de oro, plata y piedras preciosas. Hoy, con otra sensibilidad y conciencia social, esa riqueza nos sonroja al confrontarla con la realidad de pobreza que viven “los cristos” hambrientos y marginados de nuestra sociedad. Como bien apuntaron los obispos latinoamericanos en Puebla: “rostros muy concretos (de los pobres) en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela” (n°31).
La lectura detenida de los textos bíblicos propuestos nos orienta en una buena dirección para actualizar el sentido de la fiesta y celebrarla dignamente. El texto del Deuteronomio nos sitúa en los años de peregrinaje del pueblo de Dios por el desierto. Hambre y penuria a las que Dios responde con el “maná” y “el agua de la roca”, tiempo de prueba “para al final hacerte feliz”. El amor con que Dios acompañaba a su pueblo se traduce en el alimento y la bebida, necesarias para la vida: el “maná” y el “agua” surgida de la roca. Así es la presencia activa –siempre discreta y muchas veces difícil de reconocer- de Dios en la historia humana: historia de salvación. Su sentido último es la realización plena y feliz de toda persona, que Jesús en el evangelio de Juan llama “vida eterna” (Jn. 6,47.54). En la Última cena, Jesús recurrió al pan y al vino para expresar la entrega de su vida por los suyos y por la humanidad entera.
El texto de la Carta a los Corintios hay que leerlo situado en su contexto: una discusión sobre la participación en comidas de alimentos sacrificados a los ídolos. Pablo en su argumentación elabora una frase de gran contenido teológico y espiritual: “Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan”. El “pan que partimos” se refiere al gesto de Jesús en la Cena ((Mc.14,22) y al que se realiza en la celebración de la eucaristía, designada como “fracción del pan” (Hech. 2,42). Comer ese pan es “comunión con el cuerpo de Cristo”, también partido y roto, “entregado por ustedes” (1Cor. 11,24; Lc.22,19). Y a la vez comer ese pan, nos hace “aun siendo muchos, un solo cuerpo”. El “cuerpo de Cristo” es el cuerpo del Señor Jesús con el que nos hacemos uno y es el cuerpo de la comunidad, en la que quedamos unidos “al participar del mismo pan”. En la comunión eucarística nos hacemos uno (“comunión”) con Cristo y en él nos hacemos uno con los “muchos” que constituyen la comunidad y, de alguna manera, con toda la humanidad. Y si consideramos la gran sentencia de Jesús de que “lo que hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños (hambrientos, sedientos, enfermos…) conmigo lo hicieron” (Mt.25,40), la comunión con el cuerpo de Cristo alcanza dimensiones de universalidad y radicalidad, insospechadas para nosotros, pero ciertamente queridas por Jesús.
La comunión eucarística ya no es un simple acto privado de devoción, implica un compromiso, una manera de dar sentido a la vida como solidaridad, entrega y servicio a la vida de los otros y especialmente de los pobres. Comulgar con Jesús significa comunión con su persona y su proyecto, con su cuerpo “entregado” y con su sangre “derramada”, es decir con su manera de vivir -no sólo de morir- para los demás. De ello dan cuenta profusamente los evangelios: tanto los gestos de compasión ante el leproso, ante la viuda que entierra a su hijo único, ante el ciego de nacimiento, como su indignación y crítica con los que miran para otro lado y se callan, o su defensa de la mujer prostituta y de los pecadores. Su vida nos muestra la importancia de vivir mirando al otro, de reconocerlo como persona y sujeto, de tomarlo en cuenta a la hora de pensar el futuro y de construir el presente. Hoy entre nosotros, después de los años de aislamiento por la pandemia, ya es posible la comunión sacramental con el cuerpo de Cristo y la participación en las solemnes procesiones; pero para ser cristianos en todo tiempo es necesario comulgar de alguna manera con el cuerpo de los sufrientes y hambrientos, de los ambulantes desplazados, de las mujeres y niñas expuestas a los abusos, de los ancianos abandonados.
El evangelio está tomado del largo sermón que Juan pone en boca de Jesús después de la multiplicación de los panes: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo” (6,41) en contraposición al “maná” que les había dado Moisés en el desierto, aludido en la lectura del Deuteronomio, y a los panes que en la víspera el mismo Jesús había compartido con la multitud. Dos rasgos de ese “pan vivo” que el Señor ofrece para comer: Quien coma este pan “no tendrá más hambre” (6,35), “tiene vida eterna” (6,40.47.54), “vivirá para siempre” (6,51.58). Comer su carne y beber su sangre equivale a “creer en mí” (6,35.47) en el sentido fuerte de la expresión: identificarse con su persona y su causa, no sólo como un asentimiento intelectual, sino como compromiso total de vida. El segundo rasgo viene expresado en la frase: “y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo” (6,51). De nuevo la misma idea subrayada en el párrafo anterior: Jesús entiende su vida como entrega y servicio por la vida de los otros, sin discriminación ni exclusión, lo que quedó patente en su muerte en la cruz. Esto es lo que hace exclamar incluso a los discípulos: “es duro este lenguaje” (6,60). Comulgar es algo más que un rito religioso. Implica identificación con la entrega de Jesús “por la vida del mundo”. Pero comer esta carne y beber esta sangre, comulgar con esta manera de entender la vida y de vivirla, es lo que asegura una “vida eterna”. Expresión que no significa la vida del más allá, la otra vida, sino esta vida vivida con pleno sentido y trascendencia, la salvación que Dios nos ofrece en Jesús. Además, vivir con este sentido no se reduce a la realización individual, sino que se trata de una vida “por la vida del mundo”, para que todas las personas puedan desarrollarse con plenitud, dignidad y reconocimiento, lo que Jesús llamaba “Reino de Dios”, una humanidad justa y fraterna.
Duro resulta este lenguaje y este camino, como el antiguo camino del éxodo. Allí fue necesario el “agua de la roca más dura” y “el maná”, como nos hacía recordar la lectura del Deuteronomio. Para seguir a Jesús, dando cada día la vida por los demás, él mismo se nos ofrece como alimento que fortalezca la flaqueza de nuestro amor y como bebida que alegre la exigencia de nuestra entrega.
Caminar con coherencia y fidelidad siguiendo a Jesús en este éxodo hacia una “nueva humanidad”, es decir hacia una manera nueva de entender y diseñar la convivencia entre los seres humanos y con la naturaleza, se presenta también como un camino duro, de renuncias a miradas estrechas que dejan de lado las condiciones elementales de vida de las mayorías de la población; requiere aprendizaje desde ahora para vivir con mayor sobriedad, pensando en el “bien común” y “la vida buena” para todas y todos. La explotación de los más débiles y las guerras que matan y exterminan son justamente lo contrario.
Celebrar con sentido la fiesta del “Corpus”, además de ser un reconocimiento agradecido de la presencia de Cristo en el sacramento de la eucaristía, significa “comulgar” en nuestro sentido de vida y en nuestro compromiso con la entrega generosa de su vida: su cuerpo “entregado” y su sangre “derramada” por nosotros y por la vida nueva y plena de la humanidad toda.
* Ciclo A
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