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Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo, titulada “Enjugará el Señor Yahvé las lágrimas de todos los rostros”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO*
“Enjugará el Señor Yahvé las lágrimas de todos los rostros”
Luis Fernando Crespo
Traten de leer las lecturas bíblicas antes del comentario
Lecturas: Isaías 25,6-10a; Filipenses 4,12-14. 19-20; Mateo 22,1-14.
En el evangelio de este domingo vemos que Jesús continúa con una nueva parábola su confrontación, después del episodio del Templo en Jerusalén, con las autoridades religiosas del judaísmo. Esta parábola se inspira también en una imagen del profeta Isaías, que se lee hoy como primera lectura. En ese texto, que los biblistas reconocen de inspiración apocalíptica, la acción salvífica final de Dios es presentada no tanto como juicio sino como fiesta de comunión y regocijo. El profeta elige la imagen de un “banquete” en el que se han de compartir ricos manjares y deliciosos vinos que Dios mismo ha preparado y ofrece; y añade el anuncio del fin de todo duelo y la victoria definitiva sobre la muerte. Se disfrutará del consuelo de Dios: “enjugará las lágrimas de todos los rostros”, y se podrá decir con gran regocijo y alegría: “Ahí está nuestro Dios”, él viene a salvarnos, como había prometido y el pueblo esperaba. La salvación de Dios empata con nuestra necesidad histórica de consuelo y de vida. Eso es lo que en definitiva Dios ofrece como consumación y plenitud de nuestras penurias, esfuerzos y aspiraciones históricas. La comunión con Dios –en eso consiste la salvación– significa plenitud de nuestra realización humana, no sólo como individuos sino como humanidad. Nuestra responsabilidad en la historia consiste desde ahora en ir anticipando, movidos por el Espíritu de Dios, expresiones cada vez más parecidas a ese banquete donde sin discriminaciones y descartes nos encontremos todas y todos sentados en torno a la misma mesa, disfrutando del amor vivificador del Padre y de sus dones. La expresión de Isaías “enjugará las lágrimas” no nos alcanzará si, indiferentes, no hemos llorado con los que sufren. Jesús en las bienaventuranzas lo explicitó: “Felices los que lloran, porque serán consolados” (Mt, 5,5).
Jesús había presentado la salvación de Dios como “Reinado de Dios”, al que el mismo Dios convoca por pura gratuidad, pero que hay que acoger en libertad y coherencia, lo que Jesús llama “conversión”. De una u otra manera es el contenido de todas las parábolas. En los últimos días en Jerusalén ha experimentado sobre todo la resistencia y obstinación de las autoridades religiosas del pueblo a acoger su mensaje, y con reiteración va insistiendo en llamados que urgen la acogida y la conversión. La lectura del evangelio de hoy nos presenta como si fuera una sola parábola lo que en realidad parecen ser dos distintas, que Mateo yuxtapuso. La parábola de los invitados al banquete la encontramos también en el evangelio de Lucas (14,16-24), aunque colocada en un contexto diferente. La versión de Mateo tiene algunas características propias: Un rey invita al banquete de bodas de su hijo. Ya Isaías nos había introducido a la imagen del banquete para aludir a la invitación de Dios a entrar en comunión con él. La imagen la encontramos también insinuada en Apocalípsis 3,20: “si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. La parábola de Mateo precisa la referencia a “su hijo”, que ya había sido explicitada en la parábola de los viñadores homicidas, leída el domingo pasado. Los invitados, a diferencia de los de la parábola de Lucas, se niegan a asistir sin dar ninguna explicación de disculpa y ante una nueva invitación simplemente se van cada uno a sus asuntos y matan a los emisarios. Pero el rey/Dios no renuncia a realizar su banquete/invitación a la comunión y amplía la convocatoria a los cruces de caminos, fuera de la ciudad. Los primeros invitados no “eran dignos”, pero su rechazo no puede frustrar el proyecto del banquete/salvación. La invitación se torna universal. Se expresa con una fórmula muy de Mateo: “malos y buenos”, ya empleada en Mt. 5,45 para hablar del amor universal y gratuito “de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos”. Así, en ese orden, con un giro parecido a cuando, ante el escándalo de los fariseos por su comida con “publicanos y pecadores”, les respondió lo de “no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mt.9,13). Una frase genial de Jesús que nos permite a nosotros mismos, pecadores, sentirnos cómodos en su comunidad y compañía.
La conclusión de esta parábola, como la de los viñadores, podía resultar peligrosamente tranquilizadora para los cristianos de la comunidad de Mateo y también para nosotros, sintiéndonos alegremente justificados por la mera pertenencia a la comunidad, olvidando la exigencia de conversión y coherencia en las obras que la fe supone. Mateo debió sentir la necesidad de aclararlo con la pequeña parábola, que no está en los otros evangelios: la del “vestido de bodas”. La convocación al Reino de Dios es abierta y universal, “malos y buenos”; la acogida en la fe es respuesta libre y por tanto exigida de coherencia. El “vestido de bodas” no significa una apariencia exterior para la ocasión. Apunta más hacia lo que se propone en la carta a los Efesios: “renueven el espíritu de su mente, y revístanse del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”. En palabras de Jesús: “No todo el que me diga ‘Señor, Señor’, sino el que haga la voluntad de mi Padre” (Mt.7,21). No es compatible pensar que uno acoge el llamado al Reino cuando en la práctica “uno se va a su campo, el otro a su negocio” y deja de lado la preocupación por la vida de los pobres y el bien común. Habrá que tomarlo muy en cuenta cuando nos ponemos a imaginar la sociedad nueva que queremos después de la pandemia y en medio de acciones de guerra y violencia inhumanas, que parecen querer terminar con toda aspiración de fraternidad y de vida. Habrá que discernir en la situación presente cuál será la voluntad del Padre, qué prioridades, quiénes son los preferidos. Se supone que como comunidad cristiana algo tenemos que aportar. El papa León, después de Francisco, lo está diciendo con sus palabras y gestos; cada uno de nosotros y nuestras comunidades, con nuestros proyectos, opciones y compromisos lo debemos ir anticipando.
En la segunda lectura, leemos casi las líneas de despedida de la Carta de Pablo a los Filipenses. Si no olvidamos que escribe desde la cárcel en Éfeso, sus palabras pueden alentar nuestra fe y esperanza a quienes aún hoy sentimos el agobio y la incertidumbre en que nos ha sumido nuestra sociedad dividida y desigual, y de manera brutal el estallido de tanta violencia de las guerras. Pablo sabe descubrir en medio de la precariedad de su situación una presencia que le sostiene: “Todo lo puedo con Aquel que me da fuerzas”, presencia que experimentó en la cercanía solidaria que le hicieron llegar los de la comunidad: “hicieron bien en compartir mi tribulación”. La fuerza de Dios, que sostiene la esperanza de tanta gente durante este tiempo difícil, se hace presente y visible en tantos gestos de personas, vecinas y vecinos, que acuden a compartir y aliviar necesidades, miedos y soledades. Todo esto es absolutamente necesario, pero insuficiente. La participación en organizaciones de la sociedad civil y/o eclesiales, que reclaman y activan cambios profundos de mentalidad y de estructuras en la economía y en la política hacia una sociedad más justa y fraterna, es igualmente necesaria y allí nuestra fe descubre y anuncia la presencia salvífica de Dios.
Convocados al banquete escatológico –el Reino de Dios– no dejemos en nuestra historia de llorar y consolar, solidarios, a los que lloran. Seremos consolados por Dios, ahora ya y en el Reino.
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* Ciclo A


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