Domingo XXVII del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

Difundimos la reflexión del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo, titulada “El Dios de la paz estará con ustedes”.

Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO*

“El Dios de la paz estará con ustedes”

Luis Fernando Crespo

Como siempre, no dejen de leer las lecturas bíblicas antes del comentario.

Lecturas: Isaías 5,1-7; Filipenses 4,6-9; Mateo 21,33-43

La lectura del evangelio de este domingo nos mantiene en el mismo escenario que el anterior: los últimos días de Jesús en Jerusalén, después del episodio en el Templo, en confrontación con los indignados Sumos Sacerdotes, acompañados esta vez por los fariseos. Al final se indica su intención de tomar preso a Jesús, contenida por el momento a causa de la presencia de la gente “porque lo tenían por profeta” (21,46).

La parábola, como casi todas las parábolas de Jesús, se refiere al Reino de Dios. Y en este caso a la decepción de Dios ante este pueblo –el pueblo de Israel y sus jefes– elegido para ser el destinatario primero de la Alianza, pero que no ha entendido y no ha sabido responder a la predilección divina.

La parábola se inicia con una alusión al texto de Isaías 5,1 leído como primera lectura. La viña era un cultivo apreciado en aquella tierra, en el que se ponían cuidados y atenciones especiales con la esperanza de recoger un delicioso fruto. Isaías encontró en ella una bella imagen para describir el cuidado exquisito de Dios por su pueblo: “¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo?” y la queja decepcionada de Yahvé ante la respuesta histórica del mismo: “Esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad¸ honradez, y hay alaridos”. Al amor gratuito de Dios se debía responder con frutos de justicia y de amor fraterno. Isaías continuaba más adelante explicitando en qué consistía ese comportamiento injusto tan decepcionante: “¡Ay de ustedes, que juntan casa con casa, y campo a campo anexionan, hasta ocupar todo el sitio y quedarse solos en medio del país!” (Is.5,8-10). La “iniquidad” resulta clara: casa y campos eran –y son– condiciones elementales para vivir con dignidad. El acaparamiento excluye y no permite a los pobres vivir con la dignidad humana que Dios quiere para todos y contradice el proyecto de Dios: “el amor (de Dios) por su viña”.

La parábola de Jesús va más lejos: Dios no ha dejado abandonada a su viña-pueblo. Les ha envido sucesivamente emisarios para recordarles que eran viña de un propietario que esperaba “recibir sus frutos” –frutos de “justicia” y “honradez”, al decir de Isaías– pero no los acogieron y escucharon, más bien los maltrataron y vejaron con violencia. ¿Cómo no ver ahí una alusión a la larga historia de enviados de Dios, los “jueces” y los profetas, que fueron desoídos y rechazados? Finalmente, continúa la parábola, “les envió a su hijo”. Jesús va tensando la situación, personalizando la confrontación: “vamos, matémoslo, y quedémonos con su herencia”. La parábola alcanza aquí un realismo inusitado. Pasará rápidamente a la interpelación: Les lanza la pregunta: “¿Qué hará el dueño de la viña con aquellos labradores?”, y espera que la gente la responda. En el evangelio de Marcos, Jesús continúa él mismo dando la respuesta. Mateo hace intervenir a “los sumos sacerdotes y los fariseos” con una respuesta tajante; “A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo”. Mateo concluye el episodio constatando: “los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerlo…”. La comunidad de Mateo debió sentirse respaldada con esta respuesta como el nuevo pueblo llamado a acoger el Reino de Dios y “rendir sus frutos”. Cuando hoy en nuestra Iglesia y en nuestras comunidades leemos este evangelio, corremos el riesgo de sentirnos los nuevos dignos arrendatarios. Pero no, la parábola debe ser escuchada aceptando que, aun habiendo reconocido al “hijo” enviado, no estamos a la altura de las expectativas del dueño de la viña. Y conviene precisar más. La parábola de Jesús apunta no tanto al pueblo en su conjunto sino a los dirigentes religiosos del pueblo, que de hecho se sintieron directamente señalados (v.45). Habrá que atrevernos también a acogerla, y reconocer, con mucha humildad y disposición a la conversión; con nuestras infidelidades, abusos, diversas formas de corrupción, clericalismos, machismos y arribismos, y con tantas mediocridades defraudamos al Dios que nos ha convocado a dar frutos de justicia y de fraternidad.

El recuerdo de la parábola pronunciada por Jesús debió enriquecerse en la comunidad cristiana a la luz del acontecimiento pascual. El rechazo al “hijo” se precisó: “lo echaron fuera de la viña y lo mataron”. Pero Dios, resucitando al crucificado lo confirma como “la piedra angular” – introduce otra imagen, tomada del salmo 118– para la construcción de un pueblo nuevo “que rinda sus frutos”. Dios sigue activo en la historia –“fue el Señor quien hizo esto” sigue Mateo citando el salmo 118–, el Reinado de Dios sigue presente alentando desde dentro el devenir de la humanidad. El misterio pascual hace posible la esperanza, aun en los momentos más oscuros de la humanidad y de la iglesia. Solo que la esperanza no es una mera espera, sino tarea que anticipa los signos de lo que esperamos.

La lectura de la carta a los Filipenses empalma bien con lo expresado en el párrafo anterior. La esperanza confiada en la presencia de Dios en la historia humana es la mejor garantía de la paz. Aun en medio de las incertidumbres y preocupaciones, que son muchas y graves, es posible experimentar la serenidad y “la paz de Dios”, la que nos permite “apreciar todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y valor”. Es reconfortante escuchar este mensaje. A veces nos cuesta descubrir y valorar lo que hay de bueno y generoso, tanto en creyentes como en no creyentes, entre los que piensan como nosotros como en quienes opinan y actúan de manera divergente. No todo es calamidad, ni en la sociedad ni en la iglesia; hay también muchas personas que anónimamente hacen el bien, son solidarias, buscan la justicia. Lo hemos visto en los tiempos de la pandemia y podemos reconocerlo en estos tan difíciles de hambre, de carestía y de escasez de trabajo, de soledad. El texto de Pablo exhorta a no dejarnos caer en un pesimismo radical que paraliza. Hay que saber apreciarlo, agradecerlo y promoverlo: “pónganlo por obra”. Es signo de que “el Dios de la paz” sigue presente entre nosotros y con nosotros, actuando a través de nosotros y de otros. Las comunidades cristianas están llamadas a ser signos de esperanza que permitan reconocer esa presencia/ausencia, siempre discreta, de Dios e invitar a que otros grupos y comunidades se sumen a la construcción de la humanidad nueva, que Jesús designó en sus parábolas como Reino de Dios.

En el tiempo presente, entre creyentes y no creyentes se necesita precisar de qué Dios hablamos o discrepamos. El Dios que muestra Jesús es el “Dios de la paz”, no el de la guerra, no el de la discriminación, el que nos hace sentirnos mejores y nos permite despreciar o ser indiferentes ante el sufrimiento y abandono de los sobrantes y excluidos. Creer en el “Dios de la paz” reclama una práctica cotidiana, como dice Pablo a los filipenses: “sin buscar el propio interés, sino el de los demás” (2,4), el “bien común”, la fraternidad y la justicia, con atención privilegiada a los considerados insignificantes sin derechos.

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* Ciclo A

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