Fiesta de Santa Rosa de Lima. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

Difundimos la reflexión de la Fiesta de Santa Rosa de Lima por Luis Fernando Crespo, titulada “La sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”.

Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.

FIESTA DE SANTA ROSA DE LIMA

“La sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”

Luis Fernando Crespo

No dejen de leer los textos bíblicos antes del comentario.

Lecturas: Eclesiástico 3,17-24; Filipenses 3,8-14; Mateo 13,31-35.

Este año la fiesta de santa Rosa de Lima cae en domingo. De manera excepcional, en el Perú, la celebración de su fiesta prevalece sobre el domingo correspondiente. En la liturgia de la Misa se leerán las lecturas propias de la fiesta, que nos indican lo que la Iglesia reconoce y venera en santa Rosa y lo que quiere proponernos como meditación y ejemplo a sus devotos.

El texto del evangelio nos propone dos parábolas: la del pequeño grano de mostaza y la de la levadura en la masa, leídas ya hace pocos domingos. Lo que significa el Reino de Dios, según Jesús, nada tiene que ver con lo que generalmente se valora como grande e importante. Si es don de Dios, requiere otros modelos. Jesús elige el del grano de mostaza, la más pequeña de las semillas, y el de la levadura que se esconde y pasa desapercibida en la masa, pero le da consistencia y la hace digerible. Sin embargo, al crecer, la semilla se hace árbol que acoge y cobija en sus ramas; la levadura, perdiéndose ella misma, fermenta y hace crecer el pan que nos alimenta y fortalece. Misteriosa sabiduría la de Jesús. Entre los vecinos de Nazaret él no pasaba de ser “el hijo del carpintero”, uno más entre los no importantes de la aldea. Y estaba fascinado y daba gracias a Dios de que fueran precisamente los “pequeños”, no los sabios y poderosos, los que entendían las cosas del Reino porque el Padre se complace en revelárselo (ver Mt.11,25).

De los habitantes de la Lima virreinal recordamos especialmente, sin hacer mucho esfuerzo para elegir, a dos “pequeños”, Rosa y Martín, que, siendo bien distintos, tienen una cosa en común: haber hecho de su amor y servicio a los pobres e insignificantes de su tiempo, los enfermos, los indios, los negros esclavos, el sentido de sus vidas. Como el arbusto de mostaza, acogieron y protegieron a muchos con sus cuidados y servicios; como pequeña porción de levadura sirvieron de fermento y ejemplo para que surgieran muchas otras vocaciones de servicio a los pobres, no sólo en la pequeña Lima virreinal de su tiempo, sino en muchos otros lugares y hasta en nuestro tiempo.

Su testimonio nos muestra, además, que el ser “pequeño” no radica sólo en un dato de origen, es sobre todo una decisión personal, una opción de vida, asumir la causa de los pequeños, lo que hoy llamamos “opción preferencial por los pobres”. El mismo Jesús amonestaba a los discípulos que discutían sobre quién era el más importante: “si no cambian y se hacen como los niños no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt.18,3) Hacerse pequeño conlleva un proceso de conversión, de compasión, de solidaridad y compromiso, con el sufrimiento, la marginación, la liberación, los derechos a condiciones de vida humana digna de los pobres e insignificantes. Hacer de esa opción el sentido de su vida es lo que llevó a Isabel Flores de Oliva a ser santa Rosa. Esa opción -reconoce el Documento de Aparecida- “es uno de los rasgos que marcan la fisonomía de la Iglesia latinoamericana y caribeña” (D.A. 391). Esa misma opción podemos reconocerla hoy en tantas personas, comunidades y organizaciones populares que hace unos pocos años en medio de la pandemia y ahora, se mantienen firmes en su puesto de servicio o han creado formas de ayuda solidaria en comedores, ollas comunes, voluntariados de apoyo y otras.

La segunda lectura elegida, de la carta de Pablo a los Filipenses, nos permite entrar a descubrir lo más íntimo y profundo de la espiritualidad de Rosa de Lima: haber hecho del amor a Jesucristo el centro de su vida: “juzgo –dice Pablo y asume Rosa- que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por quien perdí todas las cosas”. Lo relevante es que no estamos hablando de alguien que se retiró al claustro para vivir esa intimidad lejos de las preocupaciones mundanas, sino de quien, aunque vinculada como “terciaria” a la orden dominica, mantuvo su condición de laica, radicalmente inserta, sí, en su sociedad, pero desde el lado de las necesidades de los pequeños e insignificantes. Su hondura de mujer orante y mística, aun con los estilos y condicionamientos de su tiempo, tiene mucho que decir a una espiritualidad laical que trate de vivir intensamente su adhesión íntima a la persona de Jesús en la entrega radical, lúcida y consecuente, a la causa de la vida justa y a la liberación de los pobres, “estos hermanos míos más pequeños”, como los llamaba Jesús.

La primera lectura también tiene algo que decirnos de Rosa y algo que proponernos. El libro llamado Eclesiástico forma parte de la colección de libros de sabiduría y ofrece sabios consejos para una vida agradable a Dios. Del texto propuesto destaco dos sentencias: “Hijo, actúa con dulzura en todo lo que hagas” y “atiende a lo que se te encomienda, que las cosas misteriosas no te hacen falta ninguna”. La dulzura está emparentada con la sencillez y la bondad en el trato con las personas y recuerda aquella actitud que, según él mismo, caracterizaba a Jesús: “aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón” y que propone en una de las bienaventuranzas. Es la actitud de quien no se siente por encima de los demás, ni hace que los otros se sientan como inferiores, no crea distancia, suscita confianza y hace sentirse bien a los que nos rodean. Esa dulzura, que dicen se reflejaba en el rostro y en el trato de Rosa de Lima, la podemos considerar actitud y virtud cristiana, pero igualmente humana y cívica, muy importante y necesaria en nuestra sociedad, tan desigual y desconsiderada en el reconocimiento y en el trato de personas y derechos de las personas poblaciones marginadas y lejanas.

En su fiesta, más que detenernos en elogios y leyendas sobre sus penitencias al estilo de su época, deberíamos concentrarnos en su espiritualidad de mujer laica centrada en el amor a Jesucristo y a los pobres y despreciados de su tiempo. Esa espiritualidad así recordada nos ofrece un ejemplo y un camino. Podríamos dedicar unos minutos para pensar cómo actualizar en nuestro tiempo lo que ella realizó sencilla y santamente en el suyo.

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