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Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión del Domingo XXV del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo, titulada “No buscar el propio interés, sino el de los demás”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO*
“No buscar el propio interés, sino el de los demás”
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del comentario.
Lecturas: Ezequiel 18,25-28; Filipenses 2,1-11; Mateo 21,28-32
¿Quién es verdadero creyente en Dios? La cuestión era candente en el mundo judío. Y también lo es hoy. En varias ocasiones, y de manera definitiva en los últimos días, Jesús deja establecida su postura de manera contundente y provocadora. El texto de hoy: la parábola llamada de “los dos hijos”, que es propia de Mateo, y las palabras que siguen conviene situarlas en el contexto de los textos anteriores del capítulo: Jesús está ya en Jerusalén, pasados el episodio del Templo, el interrogatorio de los Sumos Sacerdotes sobre: “¿con qué autoridad haces esto?” (21,23) y su réplica. Jesús aprovecha el silencio de sus interlocutores para desenmascarar su falsa justicia e insistir en una de sus convicciones: Dios ofrece su salvación gratuitamente, sin discriminar a nadie; más aún se complace subrayando la paradoja de que precisamente responden mejor aquellas personas que la institución religiosa oficial despreciaba como “pecadores”.
El punto no era nuevo y todo el evangelio de Mateo está salpicado de anécdotas y de sentencias que recalcan esa convicción. Convoca a un recaudador de impuestos y participa en un banquete con todos sus amigos “publicanos y pecadores”. Ante el reproche escandalizado de los fariseos suelta aquello de “no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (9,13). Invitado en casa del fariseo Simón, acepta las muestras de respeto y cariño de aquella mujer, que “es una pecadora”, a la que justifica ante los comensales, sin duda también fariseos: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz” (Lc.7,50). La crítica reiterada de fariseos y escribas: “éste acoge a pecadores y come con ellos” le inspira las más bellas parábolas sobre la misericordia de Dios. (Lc.15).
Ahora, ya al final, en Jerusalén, en los alrededores del Templo, no desaprovecha la oportunidad. Con una sencilla parábola, tomada de la trama cotidiana de la vida familiar que todos pueden entender, arranca una respuesta fácil de los oyentes: “el primero”. Es el que, tras una espontánea negativa, hace en verdad la voluntad del padre. Y con una libertad y frescura que ninguno de nosotros se atrevería a repetir en el sermón dominical de su parroquia o en la sobremesa del almuerzo familiar, afirma: “En verdad les digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”. Conviene no olvidar que los interlocutores del momento –lo dijimos más arriba– eran “los Sumos Sacerdotes y los ancianos del pueblo” (21,23), lo más representativo de la religión y de la sociedad. La amonestación termina ofreciendo, como sabe hacerlo Jesús, un nuevo llamado a la conversión. “Y ustedes, ni viéndolo, se arrepintieron después, para creer en él”. Sus reproches –recordemos lo de “hombres de poca fe”– a los discípulos siempre conllevaban un llamado a recapacitar y convertirse.
Pero leer la Palabra del evangelio que se proclama en la celebración litúrgica no concluye con apreciar la autoridad de Jesús para llamar la atención y reprochar a sus interlocutores religiosos en su época. Implica dejarnos leer e interpelar por sus gestos y palabras en nuestra propia experiencia religiosa. La parábola leída contrapone la verdad del “decir” y la del “hacer”. El fariseísmo, la fácil autojustificación, acompañada de la correspondiente descalificación de los demás, constituye un riesgo amenazante para todo grupo o comunidad. No es fácil definir quién está más cerca de acoger honestamente el evangelio, ni es ciertamente uno mismo quien está llamado a zanjarlo. La autenticidad del decir reclama la coherencia en el hacer y la humildad en el juzgar.
Como comunidad cristiana tenemos que ir estableciendo los criterios de esa coherencia, descubriendo en cada momento y situación cuál es la voluntad del Padre, que sin duda hoy pasa por la respuesta a las necesidades de reconocimiento de la dignidad y las condiciones de vida de los que hasta ahora no fueron tomados en cuenta. La lectura del libro de Ezequiel culmina un largo proceso para entender la justicia de Dios. Queda definitivamente descartada la imagen de un Dios vengativo, capaz de castigar en los hijos las culpas de los padres. Dios, más bien, tiene que defenderse de que hayamos proyectado sobre él nuestro humano proceder rencoroso. Unas líneas antes habían quedado bien claro el verdadero interés de Dios: que el malvado “se convierta de su conducta y viva” (18,23). En esto coincidía el profeta con muchos críticos modernos de la religión: hemos de cuidarnos de imponer a Dios nuestros juicios y conceptos para dejarnos enseñar, más bien, por los suyos.
La segunda lectura continúa con la carta de Pablo a los Filipenses. Su predilección por aquella iglesia le lleva a proponerles un estilo modélico en las relaciones comunitarias, fundamentado en el misterio de Cristo encarnado, muerto y glorificado. Pablo parece hacer uso de un himno litúrgico que sintetiza el misterio de Cristo: siendo de condición divina, asumió su humanidad como servidor sufriente, entregándose hasta la muerte de cruz: Por eso Dios le exaltó y le constituyó Señor de todo. Lo que Pablo espera –y propone– de la comunidad de Filipos se inspira en lo que reconoce realizado en Jesús. Esa “humildad” es la que hará posible una auténtica comunidad: siendo y respetándose como distintos podrán llegar a entenderse “teniendo un mismo sentir, un mismo amor, un mismo ánimo y buscando todos lo mismo”. Pablo presenta una meta y un camino para llegar a ella. Sin duda nos hace pensar hoy en la propuesta y en el camino para ser una Iglesia sinodal. Con tanta variedad de experiencias, desafíos y tradiciones se nos propone caminar juntos en unidad de fidelidad a Jesús, sin imponer uniformidad en torno a mi punto particular de vista. Pablo lo sintetiza en la frase: “No buscar el propio interés, sino el de los demás”, que fundamenta en la actitud espiritual íntima de humildad y abajamiento (“kenosis”) de Jesús, el Cristo.
Pienso que eso que Pablo recomienda para el bien de la comunidad resultaría muy conveniente también –salvadas, por supuesto, y reconocidas las diferencias y peculiaridades– para otras instancias y formas en las que compartimos convivencia y proyectos, como familia, poblaciones, naciones y humanidad. El creerse y expresarse como más importante y poderoso impide el reconocimiento de todas las personas como iguales, hace imposible la paz en el mundo y la realización del bien común de todos. Hoy se debate en qué consiste lo original cristiano como aporte a la sociedad –“estar en el mundo”– y a sus problemas. Algunos insisten en valores de orden moral individual y tradicional. Otros están más atentos a la preocupación de Jesús por la vida, el reconocimiento y la dignidad de los más frágiles y vulnerables de la sociedad. Tenemos que volver la vista a Jesús, caminando atento en medio de su pueblo, “proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor” (Mt.9,35-36), caminar cerca de quienes sufren –“cansados y abatidos”– con auténtica “com-pasión”, evangelizar –pese a todo anunciar la Buena Noticia–, sanar de todo lo que impide la fraternidad con actitud crítica y solidaria.
La reacción del hijo en la parábola es interesante. No es la mera espontaneidad de un buen hijo para acatar la voluntad del padre. Es fruto de una reflexión que reorienta su primera reacción ligera y negativa. Ante los problemas y desafíos que hoy se nos presentan necesitamos reflexión bien informada y crítica, discernimiento, capacidad de cambio de mentalidad para “no buscar el propio interés –lo más espontáneo–, sino el de los demás” –que finalmente también nos incluye. Y, como el “hijo”, después de recapacitar, ponernos en camino –“fue”– hacia la viña de nuestra sociedad para cumplir la voluntad del Padre.
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* Ciclo A

Domingo XXV del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

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