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Ascensión del Señor. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión de La Ascención del Señor por Luis Fernando Crespo titulada “¿Por qué se quedan ahí mirando al cielo?”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR*
“¿Por qué se quedan ahí mirando al cielo?”
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario Lecturas: Hechos de los Apóstoles 1,1-11; Efesios 1,17-23; Mateo 28,16-20
¿Qué significado podemos dar hoy a la Fiesta de la Ascensión? Una vez más la imaginación, ayudada por la diferencia cultural con el tiempo del Nuevo Testamento, nos puede jugar una mala pasada interpretando esta fiesta de la Ascensión como la subida de Jesús al cielo, alejándose de nuestra tierra. Se trata más bien de la plena glorificación de Jesús en el misterio de Dios, para quedarse definitivamente con nosotros “hasta el fin del mundo”. Las lecturas nos ayudarán a entender mejor.
Lucas, autor del tercer evangelio –“el primer libro”-, recuerda en este escrito, llamado “Hechos de los Apóstoles”, los primeros pasos de la comunidad cristiana a partir de Pentecostés. En las primeras líneas, las que hoy se leen, hace un breve resumen del tiempo pascual en el que el Resucitado se hace presente a los discípulos, “dejándose ver de ellos durante cuarenta días y hablándoles del Reino de Dios”. La expresión “dejándose ver” insinúa una forma de presencia de Jesús distinta a la de antes de la pasión. Entonces los discípulos podían tomar la iniciativa de buscar a Jesús. Ahora –lo hemos constatado en los relatos de las “apariciones- es el Resucitado el que toma la iniciativa de acercarse y manifestarse a los discípulos. Pero hay que notar que el Señor resucitado es el mismo y habla de lo mismo que había hablado en los días de Galilea: del Reino de Dios.
Los discípulos aún siguen sin entender bien, confunden la restauración del Reino de Israel con el Reino de Dios, requieren con urgencia la asistencia del Espíritu de la verdad, que Jesús les había prometido. Lo que se espera de ellos no es que se conviertan en funcionarios del nuevo reino, sino que sean “mis testigos en Jerusalén, en Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. Advertencia que debe ser siempre tomada en cuanta. La misión de los discípulos y de la Iglesia no consiste en ser administradores de un poder, sino en ser testigos de Jesucristo, cuya base es el seguimiento y el anuncio de su Buena Nueva. Para realizarlo con fidelidad y creatividad se requiere la fuerza del Espíritu Santo prometido.
“Y dicho esto fue levantado en presencia de ellos y una nube lo ocultó de sus ojos”. De alguna manera había que decirlo. En su concepción del mundo, la glorificación de Jesús junto al Padre -que es lo que se quería decir- tenía que expresarse como “ser levantado” al cielo, la morada de Dios. Pero, entonces, no significa propiamente alejamiento y desentendimiento de lo humano y terreno, sino, por el contrario, una presencia más íntima y cercana, no limitada en el tiempo y en el espacio, a la manera de Dios, siempre presente y cercano. Con razón los dos emisarios divinos, “dos hombres vestidos de blanco”, advierten a los ensimismados discípulos: “¿Por qué permanecen mirando al cielo?”. A este Jesús hay que seguir buscándolo y reconociéndolo, como él tantas veces advirtió, en la tierra de los seres humanos amados de Dios, especialmente en los hambrientos y necesitados de amor y de justicia.
La segunda lectura está tomada de la carta a los Efesios, cuya atribución al apóstol Pablo es hoy generalmente cuestionada; forma parte de las llamadas “epístolas de la cautividad”, el autor se dice en 3,1 “prisionero”. El texto que hoy se ofrece en la lectura es como el contenido de una plegaria del autor en favor de los destinatarios, “los santos y fieles en Cristo Jesús” (1,1), a quienes dirige la carta: “no ceso de dar gracias por ustedes recordándoles en mis oraciones” (1,16). La plegaria se dirige al “Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria” y se pide que “ilumine los ojos de su corazón para que conozcan (una expresión muy bíblica: “corazón para entender” (1Rey.3-5), pedía Salomón a Dios) la esperanza a la que han sido llamados y la gloria otorgada por él”. Es decir, conocer y agradecer la obra de Dios en nosotros: “ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo” (1,5), lo que poco después llama “el misterio de su voluntad” (1,9), de su amor gratuito, ya que “nos ha elegido desde antes de la fundación del mundo” (1,4). El texto de la lectura continúa explicando lo que quiere que conozcan: “la soberana grandeza de su poder (de Dios) … que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su diestra en los cielos”. Lo que celebramos en la fiesta de hoy es la revelación de la acción poderosa de Dios, resucitando y glorificando a Jesús de Nazaret, reconociendo por tanto la hondura divina de su vida tan humana. Y si Dios lo reconoce y glorifica de esta manera, tiene sentido que nosotros lo reconozcamos y tomemos como referente de sentido para nuestra propia vida y conducta, La acción de Dios resucitando y glorificando a Jesús es el fundamento más firme de nuestro “seguimiento”. La “ascensión” de Jesús nada tiene que ver con un alejarse o desentenderse de nuestra condición y de nuestros problemas, más bien nos hace reconocerle definitivamente vinculado a nuestras vidas y a nuestro mundo, especialmente en los pobres, como él enseñó.
El evangelio corresponde a la conclusión del evangelio de Mateo, que continuaremos leyendo a lo largo del año litúrgico. Si bien no hay una referencia explícita a la “ascensión”, sí expresa bien su sentido. La referencia al “monte” en el lenguaje bíblico es indicativo de manifestación divina (teofanía). Ante la manifestación del Resucitado solo cabe adoración. La duda, aunque se alude, no tiene cabida ni importancia. El resucitado participa ya de la gloria de Dios: “se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Se inaugura el tiempo de los discípulos: “Vayan, pues, hagan discípulos… bauticen… enseñen a guardar todo lo que yo les he mandado”. Pero precisamente es un tiempo y una acción habitados por la presencia prometida del Resucitado, de su persona, de sus enseñanzas y de su proyecto. “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final del mundo”. Así termina el evangelio de Mateo, como había comenzado: se presenta a Jesús como “Emmanuel, que significa Dios con nosotros” (Mt. 1,23).
Lo que el Jesús de Nazaret, circunscrito a un lugar y a un tiempo limitado, no podía realizar, lo cumple plenamente el Cristo resucitado y glorificado. No se ausenta de los discípulos, de nosotros, de la humanidad. Es una forma de presencia nueva, “todos los días hasta el fin del mundo”. Como la de Dios mismo, es sumamente discreta –se cree, no se constata-, pero, no por eso, menos intensa. Ese es en verdad el significado de la Ascensión. Es verdad que no somos capaces de medirla y controlarla, pero sí la creemos y experimentamos. La memoria de su vida histórica nos ofrece siempre la clave para interpretarla: cercanía a quienes sufren marginación, fuerza y ánimo para vivir con dignidad, compasión y exigencia de justicia hacia los oprimidos y desalentados, entrega al servicio de una vida fraterna y justa para todas las personas, que según él son hijas e hijos del “Padre nuestro”.
El papel de los discípulos, enviados como testigos, consiste en hacer visible y creíble esta presencia del Señor, poniendo en práctica su mensaje y su manera de compartir las alegrías y las tristezas que vive la gente en nuestro tiempo. En este momento de miedos e incertidumbres ante el presente y el futuro, creemos que el Señor Jesús “está con nosotros” compartiendo el sufrimiento de los que sufren y alentando la entrega y el amor de los que acompañan, cuidan y protegen. No nos quedemos pasmados mirando al cielo, sino miremos a nuestro alrededor con preocupación, esperanza y amor solidario efectivo.
* Ciclo A
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