Blog
Fiesta de la Santísima Trinidad. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026
Difundimos la reflexión de la Fiesta de la Santísima Trinidad por Luis Fernando Crespo titulada “La gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes”.
Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.
FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD *
“La gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes”
Luis Fernando Crespo
No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario.
Lecturas: Éxodo 34,4-6.8-9; 2 Corintios 13,11-13; Juan 3.16-18
Concluido ya el tiempo pascual, se celebra la fiesta de la Santísima Trinidad, que podríamos considerar como la fiesta cristiana de Dios. El misterio que es Dios, por su amor misericordioso, él mismo se nos ha ido revelando para nuestra salvación, implicándonos en su mismo misterio como hijas e hijos.
La lectura de la 2ª Carta a los Corintios nos ofrece una formulación del misterio trinitario –Padre, Hijo y Espíritu Santo– con un enfoque que podríamos llamar más dinámico y salvífico. Habla primero del “Dios del amor y de la paz”. A continuación, lo desglosa en esa fórmula con la que iniciamos nuestras celebraciones: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con ustedes”. En el catecismo aprendimos, quizá sin comprender muy bien, el enunciado de “una sola naturaleza divina en tres personas distintas”, que sintetizaba antiguas y precisas definiciones conciliares expresadas en conceptos filosóficos-teológicos propios de aquel tiempo. Intentaba comprender y formular el misterio del ser de Dios en sí mismo.
La revelación de Dios en la Biblia apunta más a decirnos lo que Dios es a través de lo que hace y significa para nosotros, para nuestra vida y salvación. Cuando Moisés pretendía acercarse a la zarza ardiente para desentrañar su misterio, Dios le dice: “No te acerques”. Pero el mismo Dios le comunica a continuación: “He visto la aflicción de mi pueblo… he bajado para liberarlo… yo te envío… Yo estoy contigo” (Ex.3,7.8.10.12). El ser de Dios, su nombre, es un misterio. Se revela –sólo Él puede pronunciar su nombre– en lo que hace para salvar a su pueblo.
El texto de la primera lectura está tomado del libro del Éxodo. Moisés andaba decepcionado por la infidelidad y poca consistencia de la fe del pueblo. Le pide garantías a Dios y hasta se atreve a pedirle: “Déjame ver tu gloria”. Dios le responde: “Mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida”, pero le concede que pasará delante de él y Dios mismo pronunciará su nombre (Ex.33,18-20). A la mañana siguiente: “Yahvé pasó por delante de él y exclamó: ‘Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad…” (Ex.34,6). Lo que Dios revela de sí mismo es su amor y fidelidad para con los seres humanos, como diciendo: esa es mi identidad. En el Nuevo Testamento, en el prólogo del evangelio de Juan también leemos: “A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo Unigénito, que está en el seno el Padre, él lo ha contado” (Jn.1,18). Y la síntesis de lo que el Hijo ha contado se resume casi al final de la Biblia en tres palabras: “Dios es amor” (1Jn.4,16).
El texto de la segunda carta de Pablo a los Corintios –al que ya aludimos más arriba–, probablemente un texto litúrgico de bendición, nos presenta como “gracia”, “amor” y “comunión”, lo que se espera y desea de la invocación del Señor Jesucristo, del Padre y del Espíritu Santo sobre la comunidad. En realidad, gracia, amor y comunión no significan dones distintos, sino matices que hacen referencia a la gratuidad de la entrega de Jesús, a la fuente de amor y de vida del Padre y a la comunión con Dios y con los hermanos que suscita la presencia del Espíritu Santo.
Llama la atención que el Señor Jesucristo sea nombrado el primero, y con razón. Si bien ya en el Primer Testamento el Dios Creador y de la Alianza era llamado Padre y se habla del Espíritu de Dios, para indicar la fuerza transformadora que enciende la presencia de Dios en las personas, es sin duda Jesús quien, en su experiencia filial, en su misión y en sus palabras revela a Dios como Padre, “Abba”. Se sitúa a sí mismo como Hijo y actúa como habitado y conducido por el Espíritu Santo. En la Cena, cuando más abiertamente habla a los discípulos de esta relación, se expresa diciendo: “el Padre que me ha enviado” y “el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre” (Jn.14,24.26). Dios en su intimidad es amor y comunión, que no se encierra egoístamente en sí mismo, sino que “envía”, sale de sí mismo para salvar. La dimensión misionera de la Iglesia –“Iglesia en salida”– encuentra en la Trinidad su fundamento y su fuente.
El evangelio a leer es Juan 3,16-18, El contexto está dado por el diálogo de Jesús con Nicodemo, en el que Jesús ha introducido la expresión “nacer del Espíritu”, como condición de entrada en el Reino de Dios, es decir de una vida nueva ordenada según la voluntad de Dios. Las palabras de Jesús leídas ayudan a enmarcar todo el misterio de la relación de Dios con la humanidad en el amor original y gratuito de Dios, el Padre: “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito”. Su finalidad última es “para que el mundo se salve por él”. Amor de Dios y salvación de los seres humanos explican toda la trama de la historia humana comprendida como historia de salvación, que encontró su punto culminante en Jesús de Nazaret, el Hijo hecho ser humano (“carne”).
Así, la primera comunidad cristiana para designar la presencia salvífica de Dios en la asamblea litúrgica eucarística y bautismal necesita explicitar el triple nombre: Padre, Hijo, Espíritu Santo. Lo hemos visto en el texto de la Carta a los Corintios y lo leemos al final del evangelio de Mateo: “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt.28,19). El misterio mismo del ser de Dios es inabarcable e innombrable para el ser humano: Sólo nos queda acoger su gracia, amor y comunión e invocarlo como él mismo se nos ha dado a conocer: como Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro, como Hijo en el que somos llamados a ser hijos e hijas, lo que nos hace hermanos y hermanas, y como Espíritu Santo que habita en nosotros, nos conduce en el seguimiento de Jesús y “nos hace exclamar: ¡Abba Padre!” (Rom. 8,15). Dios es uno, pero no es soledad individual, es misterio de amor, de comunión y de envío de salvación. Y nosotros, creados a imagen de Dios, encontramos nuestra identidad y sentido en el amor que da vida a los demás.
La fiesta de la Santísima Trinidad no se celebra para aclararnos teológicamente el misterio de Dios sino para invitarnos a vivirlo. “Dios es amor” y la vida plena (“vida eterna” en el lenguaje del evangelio de Juan) consiste en sentirnos amados: creados por amor, salvados por amor, animados por el amor, para vivir amando, como hijos de Dios y hermanos entre nosotros.
Los años pasados con la pandemia y el temor al contagio, y ahora, marcados por el individualismo de nuestra cultura actual, nos impulsan al alejamiento receloso de los demás, concentrando todo nuestro interés en el cuidado de nosotros mismos y de nuestro entorno inmediato. El hambre y guerras, que generan la muerte de miles de personas las sentimos lejanas y ajenas. La salud amenazada de la mayoría, la indolencia por parte de los órganos estatales y de la sociedad en general, especialmente de quienes detentan poder político y económico, no encuentran un eco movilizador. ¡Cuánto sufrimiento y decepción! Imposible sentirnos comunidad fraterna como país y como humanidad. Ante esta realidad, qué bueno resulta saber –o, mejor dicho, creer y vivir– que Dios no es un misterio anónimo, lejano, de juicio y de castigo, que Dios es un misterio de amor y de misericordia, que siempre está cercano especialmente cuando ve el sufrimiento de sus hijos y cuando percibe el desvelo y cuidado de unos por otros, como verdaderos hermanos y hermanas. Es tiempo oportuno –Kairós– para vivir, sentir y transmitirnos el amor del Padre, la gracia de su Hijo Jesucristo, la comunión de su Espíritu Santo, descubriendo en nosotros capacidades inéditas de compasión y de solidaridad, y disponiéndonos esperanzados para construir un futuro de fraternidad donde no vuelva a ser posible el olvido de los lejanos, ni el odio a los distintos por color, género, religión o ideología, donde la vida y dignidad de cada uno, sin exclusión, sea reconocida como valor primero de la sociedad, donde toda persona –sólo por el hecho de serlo– sea respetada, reconocida y valorada como “imagen y semejanza” del Dios amor, “amigo de la vida”.
La Santísima Trinidad, más que un dogma teológico para creer aun sin entenderlo, expresa la realidad –y misterio– de un Dios, que aun innombrable, se nos revela como presencia envolvente y amor primero. Como san Pablo lo proclamó en el areópago de Atenas: “En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech.17, 28).
* Ciclo A
Categorías
- Artículos (260)
- Documentos (71)
- Noticias (68)
- Sin categoría (12)



