Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

Difundimos la reflexión del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo, titulada “Denles ustedes de comer”.

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DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO*

“Denles ustedes de comer”

Luis Fernando Crespo

No olviden leer los textos bíblicos antes del comentario.

Lecturas: Isaías 55,1-3; Romanos 8,35.37-39 Mateo 14,13-21

Después de tres domingos escuchando las parábolas del Reino, el evangelio nos sitúa ante una de las acciones de Jesús que encontramos más veces relatadas, y en los cuatro evangelios, señal de que su recuerdo y significado quedó grabado intensamente en la vida de las comunidades: la comúnmente llamada “multiplicación de los panes”. Para los biblistas resulta difícil determinar el hecho histórico preciso que dio origen al relato. El texto no habla de multiplicación. Y ciertamente no es lo más importante. Pero sí importa preguntarse por qué los cuatro evangelistas le otorgan tanta importancia y qué significado tenía y puede tener hoy para las comunidades.

El relato tal como hoy lo leemos nos lleva fácilmente a relacionarlo con la eucaristía: “tomó los cinco panes y los dos peces, levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y partiéndolos, dio los panes a los discípulos…”. Lo que Jesús realizó una tarde en un “lugar solitario” con una multitud de personas, los discípulos lo habían vivido en otras ocasiones compartiendo en la casa la comida, y de manera imborrable lo disfrutarían en aquella cena de despedida – la “última cena”– en la que Jesús con los mismos gestos y palabras se les entregaba él mismo – “mi cuerpo, mi sangre”– como alimento de fe, esperanza y amor, para compartirlo en la comunidad. Lo que recuerdan en el relato de lo que ocurrió en aquella ocasión era un signo más para entender esa otra comida que celebraban en la comunidad.

A los cristianos de origen judío les recordaría cómo Dios cuidó y alimentó con el maná a su pueblo en el desierto en aquel largo camino de liberación. También les haría pensar en el episodio en el que el gran profeta Eliseo compartió generosamente con el pueblo los veinte panes que le habían obsequiado como regalo (2 Reyes 4,42-44). La liturgia de este domingo la relaciona con el texto de Isaías: Dios cuida a su pueblo, que vivía en situación precaria y le invita a comer pan sin pagar: “Háganme caso y coman cosa buena y disfrutarán algo sustancioso”. Jesús está también atento a la necesidad y al hambre de la gente que le rodea. Los discípulos se sintieron impactados por el gesto de Jesús y no pudieron olvidarlo.

Volviendo al relato de Mateo encontramos, sintetizados en tres verbos, tres rasgos esenciales de la práctica de Jesús, importantes para su seguimiento: vio – sintió compasión – curó a los enfermos. Una mirada atenta y aguda a la realidad, a las necesidades y anhelos de su pueblo; compasión –de com-padecer– que es conmoverse desde las entrañas, comprender con el corazón; una acción que cura y libera de aquello que no permite vivir con plenitud y alegría. Tres verbos que inspiran una metodología que bien conocemos.

El texto continúa marcando un contraste entre la reacción espontánea de los discípulos y la de Jesús: “Despídelos”, tienen necesidad, que vayan a comprar, es el razonamiento de los discípulos. Las necesidades se satisfacen comprando. Sí, eso vale para los que tienen plata, pensaría Jesús. Él responde con otra propuesta: “no tienen por qué irse, denles ustedes de comer”. El anuncio del evangelio, al entender de Jesús, no se agota en la presentación de la palabra –recuerdo que, en el relato de Marcos, en el que se inspira Mateo, Jesús al ver a la muchedumbre “se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc.6,34) –; más bien reclama el gesto de la acción solidaria que en cada ocasión responda a la situación concreta. En aquel atardecer fue claramente compartir el pan. ¿En el nuestro? Por eso es importante el primer paso: ver y analizar la situación.

La reacción de los discípulos no parece de gran entusiasmo. Sólo ven la dificultad: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces”. Y si a los que había que dar de comer eran “cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños”, que también comen… Así procedemos a veces, nos fijamos primero en la dificultad y nos paralizamos. Para Jesús, por el contrario, la insuficiencia evidente de los cinco panes fue el punto de partida: “tráiganmelos acá”. No sabemos si algunos de la gente se animaron y ofrecieron más panes. No interesa. El texto prosigue con la acción de Jesús: “tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y partiéndolos, dio los panes a los discípulos y los discípulos a la gente”. Invocación a Dios y compartir, la doble acción resaltada tuvo su efecto: “comieron todos y se saciaron”, que era y es el proyecto de Jesús al anunciar el Reino de Dios: la vida plena de todos, sin exclusión de ninguno. Por eso nos enseñó a rezar: Padre nuestro –venga tu Reino– el pan nuestro. El “nuestro” es lo que caracteriza al Dios de Jesús y lo que, según Jesús, debe llegar a ser el pan, es decir todo lo que es necesario para vivir dignamente.

La primera lectura de Isaías está bien escogida. Sitúa la acción de Jesús como cumplimiento de “las amorosas y fieles promesas” de Dios que ofrece de manera gratuita y generosa: “háganme caso y comerán cosa buena y sustanciosa”. Jesús muestra que esa cosa buena es el pan compartido en fraternidad y justicia; en profundidad, lo que él llama “Reino de Dios”. También hoy, cuando crecen las diferencias en el acceso al pan de cada día, vale la pena hacerle caso con urgencia y eficacia.

El final del capítulo 8 de la carta a los Romanos viene a confirmarnos en algo fundamental, “el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro del que nada podrá separarnos”. Esa convicción de Pablo la necesitamos siempre, particularmente en momentos como los actuales, en los que nos asaltan y asustan las incertidumbres y los temores. ¿De verdad Dios está con nosotros y nos ama? Pues sí, insiste Pablo hablando desde su propia experiencia: ni la tribulación, ni la angustia, ni el hambre, ni la muerte, ni lo presente, ni lo futuro nos aparta de ser amados por Dios ni debe separarnos entre nosotros. Este tiempo, en el que experimentamos esas amenazas, es también un tiempo propicio para reafirmar nuestra fe en el Dios de la vida que es amor y siempre fuente de vida nueva. Sabiendo, además, como dice el mismo Pablo, que “la fe actúa por la caridad” (Gal.5,6). El amor a Dios es inseparable, se verifica, en el amor al prójimo. Y eso es hoy también muy importante saberlo y vivirlo. Hemos iniciado una nueva etapa en la vida del país, que hemos acogido entre decepciones y esperanzas. Que nada nos aparte del amor que Dios tiene a los que se considera últimos y que nada nos haga desistir para lograr que en el Perú y en el mundo “coman todos hasta saciarse”.

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* Ciclo A

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