Domingo XXI del Tiempo Ordinario. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

Difundimos la reflexión del Domingo XXI del Tiempo Ordinario por Luis Fernando Crespo, titulada “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”.

Lee y descarga la meditación en formato PDF: REFLEXIÓN.

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO*

“¿Quién dicen ustedes que soy yo?”

Luis Fernando Crespo

No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del comentario.

Lecturas: Isaías 22,19-23; Romanos 11,33-36; Mateo 16,13-20

La lectura del evangelio de este domingo nos sitúa en un momento importante del itinerario de los discípulos en su relación con Jesús, y decisivo también en nuestro proceso de seguimiento. El texto en sí mismo es susceptible de diversos acercamientos. Uno de ellos, más eclesiológico y a la vez en su interpretación discutido en las diversas confesiones cristianas, se concentra en las palabras de Jesús a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…y a ti te daré las llaves del Reino de los cielos”. A la imagen de las llaves se refiere el texto de Isaías leído en la primera lectura.

El otro acercamiento es más cristológico, se desarrolla en torno a la pregunta de Jesús a los discípulos y las palabras de respuesta de Pedro.

La pregunta de Jesús tiene dos momentos. El primero: “¿quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” no deja de ser importante. La respuesta recoge la impresión que la actividad de Jesús va dejando en las gentes sencillas de Galilea. Lo relacionan con los grandes profetas de Israel, “Elías… Jeremías o uno de los profetas”, es decir alguien que habla y actúa en medio del pueblo en nombre de Dios. También hoy vale la pena preguntarse qué dice la gente sobre Jesús, porque en este caso la respuesta de la gente depende en buena parte de lo que deducen del modo de vida de nosotros los cristianos.

El momento central del relato viene con la pregunta directa a los discípulos: “Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?” Después de haber caminado ya algún tiempo con Jesús, de haberlo escuchado y haber observado sus acciones con la gente y su estilo de vida, de haber compartido momentos de intimidad, preguntando y escuchándolo, la pregunta es muy precisa: ¿qué piensan de mí, ¿qué significo en sus vidas?, ¿quién soy yo para ustedes? La pregunta es directa, no tiene escapatoria, reclama una respuesta personal y comprometedora. Hay un momento –quizá varios en las diversas etapas– en que la pregunta resulta ineludible en el proceso del seguimiento de Jesús. Y no vale una respuesta aprendida de memoria en el catecismo, demanda una respuesta, sentida y reflexionada, en la que uno apuesta el sentido de su propia vida en relación con la persona y el proyecto de Jesús de Nazaret. No puede uno llamarse cristiano si no afirma y asume esa referencia de manera libre, consciente y coherente.

Pedro responde el primero, inmediatamente, sin dar tiempo a que los otros discípulos reaccionen. La respuesta es firme y contundente: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. En realidad, ya el conjunto de los discípulos, después de que vieron a Jesús caminar sobre las aguas y calmar con autoridad la tempestad, había reconocido: “Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Mt.14,33). Lo que Pedro resalta en su respuesta, y resulta muy significativo en el contexto judío de ese tiempo, es su reconocimiento de Jesús como “el Mesías”. Marcará la confesión de fe eclesial de todos los tiempos.

Pero la valoración de esta respuesta de Pedro es recogida de manera diversa en Mateo y en los otros dos sinópticos. Marcos y Lucas, que sólo consignan la primera parte de la confesión, “Tú eres el Cristo”, añaden a continuación el comentario de Jesús: “Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él” (Mc.8,30; Lc.9,21). Aún no era el momento de explicitarlo públicamente, o Jesús teme que la idea de Pedro sobre su mesianismo esté marcada más por “tus pensamientos (que) no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mc. 8,33). La respuesta de Pedro era ortodoxamente correcta, pero aún no sintonizaba plenamente con el sentido que Jesús imprimía a su mesianidad con su práctica y estilo de vida. Sólo después de llegar hasta el final, asumiendo la muerte y resurrección del Maestro, incluida su propia negación y arrepentimiento, la confesión de Pedro llegará a su plena claridad.

En la celebración litúrgica la proclamación del evangelio no se detiene en la exégesis de los textos, apunta más allá, a interpelar y provocar conversión y acogida. La pregunta “Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?” es ineludible y, a la vez, iluminadora. No es un examen para aprobar nuestra ortodoxia. Es una invitación del Señor mismo a aclarar la verdad de nuestro seguimiento: qué significa el Señor Jesús y su propuesta del Reino de Dios en la estructuración de nuestra vida, de nuestros proyectos personales, en nuestro estilo de vida. La respuesta, por supuesto, va dirigida al mismo Señor, pero sin desentendernos de lo que debe significar para las personas de nuestro entorno. ¿Cómo decir hoy con el lenguaje de los gestos y de las palabras a nuestros contemporáneos, cómo decir en este tiempo de incertidumbres y de temores que para nosotros Jesús es el Cristo y el Hijo de Dios, el liberador, el que da sentido y aliento para amar y dar vida, el que confirma nuestra esperanza de que es posible vivir felices siendo -mujeres y varones- más humanos, viéndonos, respetándonos y queriéndonos más hermanos y hermanas? No dejen de encontrar un momento de oración personal en el que escuchen a Jesús haciéndoles su pregunta: “¿Quién dices tú que soy yo?”, ¿qué significo en tu vida?

En el evangelio de Mateo, Jesús aclara que la confesión de Pedro no es el fruto de un proceso personal humano, sino revelación de “mi Padre que está en los cielos”, en la línea de lo que ya había expresado en otra ocasión sobre la revelación a los pequeños y el conocimiento del Padre y del Hijo (Mt.11,25-27). En ese sentido hay que reconocer que la fe siempre es respuesta y acogida al llamado primero y gratuito del Señor, se consolida y crece en el seguimiento, como indica el mismo Jesús un poco más adelante (16,24), y que, si bien se realiza en la práctica cotidiana, reclama el imprescindible momento de la oración y contemplación. El mandato conclusivo del relato; “que no dijeran a nadie que él era el Cristo” no lo podemos emplear para justificar hoy nuestros silencios que no dan cuenta de nuestra fe en Jesús. Al final del evangelio de Mateo encontramos el encargo definitivo: “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes”, den testimonio y anuncien la Buena Nueva de Jesucristo.

No dejemos de leer y meditar el texto de la carta a los Romanos. Concluye una larga y angustiada reflexión sobre la situación del pueblo judío en la historia de la salvación y de la misericordia de Dios: “¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!”. Para los seres humanos Dios es ciertamente un misterio, pero un misterio de amor y de misericordia, en el que podemos confiar, aunque no podamos conocer y controlar sus designios. “Porque de él y por él y para él son todas las cosas. ¡A él la gloria por los siglos! Amén”. Lo que en su tiempo le preocupaba a Pablo respecto a la salvación de su pueblo judío, hoy nos lo planteamos respecto a la salvación de personas que dicen encontrar pleno sentido a su vida sin ninguna referencia a Dios y a su Cristo: Sí creemos que todas son alcanzadas por el amor y la misericordia de Dios. La explicación teológica –tan humana y necesaria– habrá que seguir buscándola, confiados, en el marco de los “insondables designios e inescrutables caminos” del amor y de la misericordia de Dios para todos los seres humanos.

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* Ciclo A

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