Pentecostés. Reflexión de Luis Fernando Crespo 2026

Difundimos la reflexión de Pentecostés por Luis Fernando Crespo titulada “Reciban el Espíritu Santo”.

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PENTECOSTÉS[1]

“Reciban el Espíritu Santo”

Luis Fernando Crespo

No dejen de leer los Textos Bíblicos antes del Comentario

Lecturas: Hechos 2,1-11; 1Corintios 12, 3-7. 12-13; Juan 20,19-23

La Fiesta de Pentecostés celebra, de alguna manera, el inicio de la misión de la comunidad eclesial. La irrupción del Espíritu Santo en la asamblea de los discípulos y las discípulas, reunida en oración con María, la madre de Jesús (Hech. 1,14), da cumplimiento a la promesa reiterada de Jesús: el envío del Espíritu Santo para constituirlos como testigos y anunciadores del acontecimiento pascual: la muerte y la resurrección de “Jesús el Nazareno” (Hech. 2, 22).

El relato de Hechos 2,1-11, con la imagen del “viento impetuoso” y del “fuego”, quiere expresar la fuerza abrasadora del Espíritu Santo que irrumpe y transforma. La imagen del viento (ruaj en hebreo, pneuma en griego, spiritus en latín) es bien conocida en el lenguaje bíblico para expresar el aliento y la fuerza transformadora de la acción de Dios en las personas (Adán, los Jueces, los Profetas). Jesús mismo es presentado desde su concepción como “obra del Espíritu Santo” (Mt.1,19), en el bautismo “bajó sobre él el Espíritu Santo” (Lc.3,22), da inicio a su misión conducido “por la fuerza del Espíritu Santo” (Lc.4,14). Pablo habla del “Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos” (Rom.8,11). Respecto del “fuego” encontramos en el evangelio de Lucas –el mismo autor de Hechos– dos referencias sugerentes: Juan Bautista afirma de Jesús: “Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lc.3,16) y más tarde Jesús dice a la gente: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido!” (Lc.12,49). Este viento impetuoso y este fuego –el Espíritu Santo– impulsó y encendió en aquellos discípulos la decisión de salir y hablar a la gente que se había ido congregando.

“Se llenaron todos de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en diversas lenguas”. Pero lo verdaderamente sorprendente es que la gente, judíos y extranjeros venidos de todas partes, reconoce: “los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”. La presencia del Espíritu Santo no apunta tanto a que los cristianos hablen lenguas extrañas, que muchas veces resultan incomprensibles, sino a que se expresen de manera tal que puedan ser comprendidos por todos, en las propias lenguas y culturas, en las maneras de entender de la gente de cada tiempo y lugar. El hablar no se refiere sólo a las palabras del idioma, sino sobre todo a los gestos y actitudes, sencillos y cercanos, que hagan reconocibles hoy “las maravillas de Dios”, su amor gratuito y solícito, muy especial para con las personas que socialmente no cuentan y se sienten insignificantes y marginadas. Desde la experiencia de sufrimientos y de carencias de la gente que se siente olvidada y maltratada y, por otra parte, desde el creciente número de personas, especialmente entre los y las jóvenes, que expresan que lo de Dios ya no les dice nada significativo para sus vidas, ¿cómo proclamar “las maravillas de Dios” de manera que puedan ser entendidas “en su propia lengua”? Necesitamos un nuevo Pentecostés, una nueva ráfaga de “viento”/Espíritu, que nos haga testigos creíbles de una noticia “buena” y liberadora: Jesús de Nazaret y su revelación del Dios de la Vida, del amor y de la justicia.

El conjunto del libro de los “Hechos de los Apóstoles” va dando cuenta de los primeros pasos de la Iglesia, de las iglesias y comunidades, adaptándose no sin problemas a la diversidad de pueblos y de culturas que no provenían del judaísmo y tratando de mantener entre ellas unidad sin imponer uniformidad. La fidelidad al Espíritu no se traducía en atadura a viejas costumbres y tradiciones, sino en “parresía”, es decir audacia y creatividad para anunciar el evangelio como “buena nueva” en los pueblos y culturas a donde llegaban. Lo proponía bien el Papa Francisco en su Exhortación Evangelii Gaudium y lo recordaba constantemente en sus alocuciones.

Pentecostés es un momento oportuno para reflexionar cómo la Iglesia y cada una de nuestras comunidades acogen este impulso del Espíritu, y para revisar, acercándonos a la vida y necesidades de la gente, si descubren en nuestras palabras, acciones y celebraciones “las maravillas de Dios”. Dicho de otra manera, si en nuestra presencia y actuaciones la gente descubre la fuerza liberadora del evangelio de Jesucristo muerto y resucitado. Ese es el núcleo de lo que anunció Pedro y convenció “aquel día a unas 3000 personas” (Hech. 2,41)

La lectura de la Primera Carta a los Corintios 12,3-7.12-13 reconoce en la comunidad la “diversidad de carismas… de ministerios… y actuaciones”, que son obra y manifestación del mismo Espíritu “para provecho común”. Todos los carismas, ministerios y actuaciones son necesarios para la vida del cuerpo eclesial. Pablo anota dos precisiones de consecuencias muy importantes también en el presente: “los miembros del cuerpo que tenemos por más débiles son indispensables” (12,22), lo que nos hace pensar en el papel real de laicos y de mujeres en las tomas de decisiones en la Iglesia; y en la importancia de la “caridad”, el amor, como el carisma más excelente (13,12 y 13,13) que debe animar los ministerios y las actuaciones dentro de la Iglesia y al servicio de la humanidad. Es lo que está en juego cundo se habla de una Iglesia sinodal y “en salida”.

El evangelio de Juan 20,19-23 sitúa en el mismo domingo de la resurrección el don del Espíritu Santo, como soplo o aliento del mismo Jesús. Es el don del Resucitado, su manera de estar presente inspirando y alentando la vida de la comunidad de discípulos y su misión en el mundo, “perdonando” y salvando de lo que es pecado contra Dios, que fundamentalmente consiste en el egoísmo, la injusticia, el desprecio contra los seres humanos.

El significado del Espíritu se enriquece retomando en el evangelio de Juan las palabras de Jesús en la Cena de despedida. El Espíritu es prometido como “Paráclito” (14,16.26; 15,26; 16,7), el que acompaña, anima y aconseja, como “Espíritu de la Verdad” (14,17; 15,26;16,13), que “les recordará todo lo que yo les he dicho” (14,26) y “les guiará hasta la verdad completa” (16,13). Jesús no dijo, ni pudo decirlo todo. La historia sigue abierta. Cada tiempo tiene su desafío y su oportunidad. Nos corresponde tener los oídos abiertos para escuchar en cada circunstancia “lo que el Espíritu dice a las Iglesias”, como repite el Apocalipsis (ver Ap. 2,11). Es la actitud espiritual que el Concilio sugirió: escrutar e interpretar a la luz de la fe los signos de los tiempos para responder a sus exigencias. En Medellín y Aparecida se asumió el método del ver, juzgar y actuar para llegar a conclusiones pastorales que respondan con fidelidad a las situaciones históricas de América Latina. Esa misma confianza en el acompañamiento del Espíritu que Jesús nos dejó es la que sustenta en nuestras comunidades la práctica de la Revisión de Vida.

Se dice que en la actualidad vivimos un “cambio de época”, hablábamos de una “nueva normalidad” post-pandemia con nuevas sensibilidades, nuevas maneras de entender las relaciones entre las personas y pueblos, nuevas maneras de considerar nuestra relación con la naturaleza. Surgen nuevas preguntas y desafíos: ¿cómo ser personas, cristianas y cristianos, cómo construir Iglesia en esta nueva realidad?, ¿cómo ser testigos de Jesucristo y cómo hacer creíble su evangelio –¡buena nueva!– en esta nueva humanidad? Vuelve a ser la hora del Espíritu, necesitamos que él nos recuerde todo lo que Jesús hizo y dijo y nos lleve a la “verdad plena”, que no es repetición de lo que siempre se hizo y dijo, sino fidelidad inspiradora de novedad, de proyectos y de actitudes, de nuevo sentido de humanidad fraterna en la que se viva la compasión hacia los otros, la justicia para con los más débiles y la alegría de todas y todos. Todas esas actitudes constituyen expresiones de la presencia del Espíritu de Jesús.

Oremos con una vieja plegaria: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.

 

[1] Ciclo A

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